Mi querida hija Hildegart
Abril 12, 2008
El drama del asesinato de Hildegart Rodríguez por mano de su madre siempre ha estado presente en la memoria de nuestra familia materna, toda vez que nuestro abuelo, el periodista, traductor y escritor Luis Hernández Alfonso conoció y trató muy de cerca a tan precoz publicista y se movió en el mismo círculo de sus actividades e intereses. Coincidieron, además, en la Editorial Morata, donde publicarían varias obras: una de las de Hernández Alfonso, Eugenesia y derecho a vivir (Madrid, 1933), entra de lleno en una de las temáticas preferidas de Hildegart, si bien discute y rebate muchas de sus tesis. Hace algo más de treinta años, cuando Fernando Fernán-Gómez preparaba su película Mi hija Hildegart, nuestro abuelo, que moriría poco después, en 1979, aportó datos y detalles a los guionistas: no en vano había sido una de las últimas personas en ver viva a la jovencísima activista. De ahí que, desde muy pequeños, el delirio de doña Aurora Rodríguez Carballeira y la trágica figura de su hija nos hayan resultado familiares.
En agosto de 2007, la escritora barcelonesa Carmen Domingo nos escribía para recabar información sobre Luis Hernández Alfonso para el libro que sobre Hildegart estaba preparando para la editorial Destino, y que acaba ahora de publicarse con el título de Mi querida hija Hildegart en la colección «Imago Mundi». Respondimos gustosos a su amable requerimiento y proporcionamos a la autora la información de que disponíamos, diciéndonos dispuestos también, si lo juzgaba necesario, a facilitarle el texto de la obra de Hernández Alfonso sobre temas eugenésicos, así como un entrevista de éste a Hildegart, aparecida el 20 de marzo de 1932 en la revista «Nuestro Tiempo» bajo el título Una charla con Hildegart Rodríguez, de inminente publicación en nuestra bitácora Los Hernández. Ahí acabó todo, en el sentido de que nuestra comunicante no volvió a contestarnos, dejándonos, como suele decirse, con la palabra en la boca.
Estos antecedentes explicarán bien el por qué una persona muy próxima, sabedora de los mismos, nos obsequiara con el libro de Carmen Domingo recién salido al mercado, así como la gran curiosidad con que nos pusimos a leerlo: curiosidad que fue dejando paso a la decepción y a la indignación a medida que nuestra lectura avanzaba. Digamos ante todo que si un mérito tiene Mi querida hija Hildegart es que su autora ha consultado las hemerotecas y reproducido documentos originales, si no propiamente inéditos sí de difícil localización. Ha dado mayor relieve a la figura y al punto de vista de la paranoica doña Aurora y con ello nos ha brindado acceso a los entresijos del espeluznante dúo y de la morbosa simbiosis que formaban madre e hija. Pero mucho mayor habría sido el mérito de la autora, y bastante más apreciable su labor y estimable su esfuerzo, si una larga serie de errores y descuidos no jalonara su obra, que acusa por un lado graves carencias en el rigor metodológico (incomprensibles en una escritora que cuenta con una nutrida serie de ensayos históricos de corte y tema feminista) y, de consuno, gran dejadez en la revisión y corrección del texto por parte de la editorial. Veamos seguidamente una serie de botones de muestra de ambos defectos.
Hildegart, nacida el 9 de diciembre de 1914 y asesinada por su madre el 9 de junio de 1933, tenía al fallecer exactamente 18 años y medio. Basta con hacer una sencillísima resta para concluirlo. Pues no: a lo largo del libro, según se le antoje a la autora, ora tendrá dieciocho (pág. 27), ora diecinueve: «Cuando se publicó el libro, en el año 1933, Hildegart Rodríguez Carballeira tan sólo tenía 19 años y le quedaban apenas unos meses de vida» (pág. 103).
Si la dimensión temporal descoloca tanto a la autora, no hablemos de la espacial: en la página 50 nos enteramos de que, en 1914, ya embarazada, Aurora se instala en Madrid, «en un hotel ubicado en el barrio de la Prosperidad, en la calle Juanelo 3». Pues no: o es en el barrio de la Prosperidad o en la calle Juanelo, que está desde siempre pegada al Rastro y en la que no ha habido nunca hoteles. Que Carmen Domingo sea barcelonesa, lejos de eximirla de ello, más bien la obliga a documentarse en un mapa de Madrid antes de incurrir en semejante dislate. Con los sucesivos domicilios madrileños del singular y pedantesco tándem tampoco se maneja bien la autora, que en la siguiente página declara: «… ya en el año 1922, las dos mujeres [otro dislate: serían más bien la mujer y la niña] se alojaron en la calle Galileo 45, de la que no se movieron». Pues otro no rotundo: no es así. Y para darse cuenta de la contradicción basta con seguir leyendo: en la página 53 se afirma que entre 1924 y 1928 vivían en «Fernández de los Ríos 42». En la página 91 se transcribe una nota de Hildegart a un periodista en la que le cita «a ésta su casa, calle Galileo, 54, piso 5º». Y en la página 107 se habla de un nuevo domicilio en «Galileo, 51, 4º derecha», en el que se establecería la sede de la Liga Española para la Reforma Sexual. Para colmo de incongruencia, en una tarjeta de visita de Hildegart que se reproduce en las láminas que ilustran la obra, figura como dirección Galileo, 57. La contradicción interna entre la primera afirmación y los datos que el propio libro aporta es, pues, flagrante. Por cierto que, sobre el complejo tema de los sucesivos domicilios madrileños de las Rodríguez Carballeira, pueden consultarse con provecho los dos artículos que bajo el título Hildegart en Madrid ha publicado nuestro amigo y colega Enrique en su bitácora Urban Idade, de lectura obligada para todo amante de la historia arquitectónica y callejera de Madrid.
Habrá que recordar a Carmen Domingo (¡supuestamente «licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona», según consta en la solapa!), y a los contumaces y presuntos correctores de Destino, que en español debe utilizarse la conjunción copulativa e también ante palabras que empiezan por hi, como es el caso de Hildegart. Por eso es craso error el «Y Hildegart» de la página 66, que creemos haber visto también en alguna otra página del texto. Varias son, además, las impropiedades de términos en que incurre la autora: llama traducciones simultáneas a las realizadas por la misma persona que al escribir cita textos en otras lenguas (pág. 63); habla de la edición de una obra con dedicatoria a la Biblioteca Nacional, cuando se trata evidentemente de un ejemplar de la misma (pág. 68); escribe un pintoresco prevención del enfermo, en vez de la normal prevención de la enfermedad (pág. 80)…
Tampoco en historia internacional se muestra muy informada nuestra escribidora, si abre un capítulo diciendo: «La crisis económica mundial que siguió a la depresión de 1929 había tenido consecuencias preocupantes (el ascenso del fascismo en Italia o Alemania)..» (pág. 69). Nos permitimos recordarle que la Marcha sobre Roma con la que Mussolini tomó el poder en Italia tuvo lugar en 1922, siete años antes de lo que según Carmen Domingo sería su causa. Aunque tampoco es, como se suele decir, un hacha en historia nacional, lo que demuestra al declamar, con acento melodramático, que Hildegart «fue asesinada en Madrid, en aquel Madrid republicano en el que había nacido… » (pág. 103). Así que hubo una república en España (o por lo menos en Madrid) en el año 1914… ¡y Alfonso XIII sin enterarse!
Tiene también la filóloga rasgos de una obviedad tan cándida y perogrullesca que despierta ternura. Hablando de la Logia de Adopción Amor de Madrid, nos informa: «Sabemos que sus trabajos se desarrollaron en la capital entre 1931 y 1936 año [sic, sin la preceptiva coma] en que dejó de funcionar, casi con toda seguridad como consecuencia del estallido de la guerra» (pág. 105). Y otros rasgos de escritura que, haciéndola descender de sus alturas académicas, la identifican con el habla del pueblo llano del Rastro o de la Boquería, como cuando nos relata que «el padre de Aurora también estuvo metido en la masonería» (pág, 107). ¡Qué propiedad de términos en la pluma de una historiadora!
Abundan en la obra erratas cómicas, como la del nombre de un teólogo perteneciente a la Liga para la Reforma Sexual que parece sacado de una astracanada contemporánea de Muñoz Seca: Torubinao Ripio (pág. 108), que tras mucho reír y no menos cavilar hemos identificado con Jaime Torrubiano Ripoll. Y erratas perseverantes: en todos los casos en que se cita al autor famoso test de las manchas (ése que en Italia nos metía tanto miedo cuando a él nos sometían en el bachillerato, pues todo lo que nos recordaba era claramente sexual y había que buscar rápidamente respuestas alternativas) se escribe erróneamente Roschach en vez de Rorscharch. Y erratas estúpidas que una revisión somera habría podido evitar, como que el abogado defensor de Aurora demostraba «un gran estado del asunto» en vez del evidente estudio (pág. 188), o «vertiente probada» en vez de privada (pág. 194). Esa misma falta de revisión hace que se repita en dos páginas consecutivas, prácticamente sin cambios, un mismo largo párrafo (págs. 187-188). En la bibliografía, al reseñar los artículos sobre Hildegart en la prensa de la época (entre los que falta, entre otros, precisamente el de Hernández Alfonso que señalamos en su día a la autora), no aparece el nombre de sus autores. En las notas hay citas en las que no se consigna la fuente (véase, por ejemplo, la nota 12 de la página 212, sobre Pepito Arriola). Y en el apartado de monografías y artículos se cita la obra eugenésica de Hernández Alfonso, o mejor dicho de «Hernández Alonso» (pág. 329). Con resultados así, se le pasa a uno la gana de documentar a los demás…
Y permítanos el benévolo y esforzado lector que hasta aquí nos haya seguido que le ahorremos la indicación de otros dislates parejos a los reseñados que atestan las páginas de Mi querida hija Hildegart para dejarle un buen sabor de boca con la siguiente conclusión con que la autora remata (con perdón del término, tan alusivo aquí), en la página 136, la parte de su obra dedicada a la vida de Hildegart con una afirmación que pretende ser solemne, existencial, dramática y abismal, y que se queda en humorada:
Según todos los testimonios, hasta ese 9 de junio de 1933, la vida de madre e hija no se había separado ni un instante. Sin embargo, la mañana del 9 de junio, Aurora le disparó cuatro tiros a Hildegart. A partir de ese momento se separarán para siempre.
¡Toma, pues claro!
Publicado por eldoctorhache

En la sección Café con… de «El País» de hoy, el industrial italiano Ernesto Bertarelli, patrón del Alinghi, el barco ganador de la reciente Copa de América, preguntado sobre el porqué del nombre de su embarcación, rememora con una sonrisa (y en su respuesta y sonrisa se palpa el natural pudor que a casi todos nos asalta al hablar de nuestras vivencias infantiles): «Es una historia muy íntima y que se remonta a mi infancia. Alinghi era una palabra que inventamos con mi hermana para referirnos a un amigo invisible».
Somos conscientes de lo surrealista que resulta el humano deseo de programar las propias exequias, como si el finado tuviera el don de percibir lo que a su alrededor aconteciera y disfrutar de ello (o subirse por las paredes, según casos). Pero no tiemblen nuestros seres queridos: con tal de que envíen nuestra miserable carcasa a la Facultad de Medicina para experiencia de futuros galenos (¡no tanto por una decimonónica, positivista veneración de la Ciencia, que también, sino en gran parte por miedo insuperable a despertar de una muerte aparente en pleno horno crematorio!), quedan cumplidos y dispensados de toda otra fúnebre obligación para con nuestros tristes despojos.
Por nuestra parte, nos permitimos recomendar la versión, editada por el sello Ensayo, que el Trío de Madrid, formado por Joaquín Soriano, Pedro León y Pedro Corostola, grabó en 1982 en el Auditorio Manuel de Falla de Granada, adquirible en el sitio de la 









