Mi querida hija Hildegart

Abril 12, 2008

El drama del asesinato de Hildegart Rodríguez por mano de su madre siempre ha estado presente en la memoria de nuestra familia materna, toda vez que nuestro abuelo, el periodista, traductor y escritor Luis Hernández Alfonso conoció y trató muy de cerca a tan precoz publicista y se movió en el mismo círculo de sus actividades e intereses. Coincidieron, además, en la Editorial Morata, donde publicarían varias obras: una de las de Hernández Alfonso, Eugenesia y derecho a vivir (Madrid, 1933), entra de lleno en una de las temáticas preferidas de Hildegart, si bien discute y rebate muchas de sus tesis. Hace algo más de treinta años, cuando Fernando Fernán-Gómez preparaba su película Mi hija Hildegart, nuestro abuelo, que moriría poco después, en 1979, aportó datos y detalles a los guionistas: no en vano había sido una de las últimas personas en ver viva a la jovencísima activista. De ahí que, desde muy pequeños, el delirio de doña Aurora Rodríguez Carballeira y la trágica figura de su hija nos hayan resultado familiares.

En agosto de 2007, la escritora barcelonesa Carmen Domingo nos escribía para recabar información sobre Luis Hernández Alfonso para el libro que sobre Hildegart estaba preparando para la editorial Destino, y que acaba ahora de publicarse con el título de Mi querida hija Hildegart en la colección «Imago Mundi». Respondimos gustosos a su amable requerimiento y proporcionamos a la autora la información de que disponíamos, diciéndonos dispuestos también, si lo juzgaba necesario, a facilitarle el texto de la obra de Hernández Alfonso sobre temas eugenésicos, así como un entrevista de éste a Hildegart, aparecida el 20 de marzo de 1932 en la revista «Nuestro Tiempo» bajo el título Una charla con Hildegart Rodríguez, de inminente publicación en nuestra bitácora Los Hernández. Ahí acabó todo, en el sentido de que nuestra comunicante no volvió a contestarnos, dejándonos, como suele decirse, con la palabra en la boca.

Estos antecedentes explicarán bien el por qué una persona muy próxima, sabedora de los mismos, nos obsequiara con el libro de Carmen Domingo recién salido al mercado, así como la gran curiosidad con que nos pusimos a leerlo: curiosidad que fue dejando paso a la decepción y a la indignación a medida que nuestra lectura avanzaba. Digamos ante todo que si un mérito tiene Mi querida hija Hildegart es que su autora ha consultado las hemerotecas y reproducido documentos originales, si no propiamente inéditos sí de difícil localización. Ha dado mayor relieve a la figura y al punto de vista de la paranoica doña Aurora y con ello nos ha brindado acceso a los entresijos del espeluznante dúo y de la morbosa simbiosis que formaban madre e hija. Pero mucho mayor habría sido el mérito de la autora, y bastante más apreciable su labor y estimable su esfuerzo, si una larga serie de errores y descuidos no jalonara su obra, que acusa por un lado graves carencias en el rigor metodológico (incomprensibles en una escritora que cuenta con una nutrida serie de ensayos históricos de corte y tema feminista) y, de consuno, gran dejadez en la revisión y corrección del texto por parte de la editorial. Veamos seguidamente una serie de botones de muestra de ambos defectos.

Hildegart, nacida el 9 de diciembre de 1914 y asesinada por su madre el 9 de junio de 1933, tenía al fallecer exactamente 18 años y medio. Basta con hacer una sencillísima resta para concluirlo. Pues no: a lo largo del libro, según se le antoje a la autora, ora tendrá dieciocho (pág. 27), ora diecinueve: «Cuando se publicó el libro, en el año 1933, Hildegart Rodríguez Carballeira tan sólo tenía 19 años y le quedaban apenas unos meses de vida» (pág. 103).

Si la dimensión temporal descoloca tanto a la autora, no hablemos de la espacial: en la página 50 nos enteramos de que, en 1914, ya embarazada, Aurora se instala en Madrid, «en un hotel ubicado en el barrio de la Prosperidad, en la calle Juanelo 3». Pues no: o es en el barrio de la Prosperidad o en la calle Juanelo, que está desde siempre pegada al Rastro y en la que no ha habido nunca hoteles. Que Carmen Domingo sea barcelonesa, lejos de eximirla de ello, más bien la obliga a documentarse en un mapa de Madrid antes de incurrir en semejante dislate. Con los sucesivos domicilios madrileños del singular y pedantesco tándem tampoco se maneja bien la autora, que en la siguiente página declara: «… ya en el año 1922, las dos mujeres [otro dislate: serían más bien la mujer y la niña] se alojaron en la calle Galileo 45, de la que no se movieron». Pues otro no rotundo: no es así. Y para darse cuenta de la contradicción basta con seguir leyendo: en la página 53 se afirma que entre 1924 y 1928 vivían en «Fernández de los Ríos 42». En la página 91 se transcribe una nota de Hildegart a un periodista en la que le cita «a ésta su casa, calle Galileo, 54, piso 5º». Y en la página 107 se habla de un nuevo domicilio en «Galileo, 51, 4º derecha», en el que se establecería la sede de la Liga Española para la Reforma Sexual. Para colmo de incongruencia, en una tarjeta de visita de Hildegart que se reproduce en las láminas que ilustran la obra, figura como dirección Galileo, 57. La contradicción interna entre la primera afirmación y los datos que el propio libro aporta es, pues, flagrante. Por cierto que, sobre el complejo tema de los sucesivos domicilios madrileños de las Rodríguez Carballeira, pueden consultarse con provecho los dos artículos que bajo el título Hildegart en Madrid ha publicado nuestro amigo y colega Enrique en su bitácora Urban Idade, de lectura obligada para todo amante de la historia arquitectónica y callejera de Madrid.

Habrá que recordar a Carmen Domingo (¡supuestamente «licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona», según consta en la solapa!), y a los contumaces y presuntos correctores de Destino, que en español debe utilizarse la conjunción copulativa e también ante palabras que empiezan por hi, como es el caso de Hildegart. Por eso es craso error el «Y Hildegart» de la página 66, que creemos haber visto también en alguna otra página del texto. Varias son, además, las impropiedades de términos en que incurre la autora: llama traducciones simultáneas a las realizadas por la misma persona que al escribir cita textos en otras lenguas (pág. 63); habla de la edición de una obra con dedicatoria a la Biblioteca Nacional, cuando se trata evidentemente de un ejemplar de la misma (pág. 68); escribe un pintoresco prevención del enfermo, en vez de la normal prevención de la enfermedad (pág. 80)…

Tampoco en historia internacional se muestra muy informada nuestra escribidora, si abre un capítulo diciendo: «La crisis económica mundial que siguió a la depresión de 1929 había tenido consecuencias preocupantes (el ascenso del fascismo en Italia o Alemania)..» (pág. 69). Nos permitimos recordarle que la Marcha sobre Roma con la que Mussolini tomó el poder en Italia tuvo lugar en 1922, siete años antes de lo que según Carmen Domingo sería su causa. Aunque tampoco es, como se suele decir, un hacha en historia nacional, lo que demuestra al declamar, con acento melodramático, que Hildegart «fue asesinada en Madrid, en aquel Madrid republicano en el que había nacido… » (pág. 103). Así que hubo una república en España (o por lo menos en Madrid) en el año 1914… ¡y Alfonso XIII sin enterarse!

Tiene también la filóloga rasgos de una obviedad tan cándida y perogrullesca que despierta ternura. Hablando de la Logia de Adopción Amor de Madrid, nos informa: «Sabemos que sus trabajos se desarrollaron en la capital entre 1931 y 1936 año [sic, sin la preceptiva coma] en que dejó de funcionar, casi con toda seguridad como consecuencia del estallido de la guerra» (pág. 105). Y otros rasgos de escritura que, haciéndola descender de sus alturas académicas, la identifican con el habla del pueblo llano del Rastro o de la Boquería, como cuando nos relata que «el padre de Aurora también estuvo metido en la masonería» (pág, 107). ¡Qué propiedad de términos en la pluma de una historiadora!

Abundan en la obra erratas cómicas, como la del nombre de un teólogo perteneciente a la Liga para la Reforma Sexual que parece sacado de una astracanada contemporánea de Muñoz Seca: Torubinao Ripio (pág. 108), que tras mucho reír y no menos cavilar hemos identificado con Jaime Torrubiano Ripoll. Y erratas perseverantes: en todos los casos en que se cita al autor famoso test de las manchas (ése que en Italia nos metía tanto miedo cuando a él nos sometían en el bachillerato, pues todo lo que nos recordaba era claramente sexual y había que buscar rápidamente respuestas alternativas) se escribe erróneamente Roschach en vez de Rorscharch. Y erratas estúpidas que una revisión somera habría podido evitar, como que el abogado defensor de Aurora demostraba «un gran estado del asunto» en vez del evidente estudio (pág. 188), o «vertiente probada» en vez de privada (pág. 194). Esa misma falta de revisión hace que se repita en dos páginas consecutivas, prácticamente sin cambios, un mismo largo párrafo (págs. 187-188). En la bibliografía, al reseñar los artículos sobre Hildegart en la prensa de la época (entre los que falta, entre otros, precisamente el de Hernández Alfonso que señalamos en su día a la autora), no aparece el nombre de sus autores. En las notas hay citas en las que no se consigna la fuente (véase, por ejemplo, la nota 12 de la página 212, sobre Pepito Arriola). Y en el apartado de monografías y artículos se cita la obra eugenésica de Hernández Alfonso, o mejor dicho de «Hernández Alonso» (pág. 329). Con resultados así, se le pasa a uno la gana de documentar a los demás…

Y permítanos el benévolo y esforzado lector que hasta aquí nos haya seguido que le ahorremos la indicación de otros dislates parejos a los reseñados que atestan las páginas de Mi querida hija Hildegart para dejarle un buen sabor de boca con la siguiente conclusión con que la autora remata (con perdón del término, tan alusivo aquí), en la página 136, la parte de su obra dedicada a la vida de Hildegart con una afirmación que pretende ser solemne, existencial, dramática y abismal, y que se queda en humorada:

Según todos los testimonios, hasta ese 9 de junio de 1933, la vida de madre e hija no se había separado ni un instante. Sin embargo, la mañana del 9 de junio, Aurora le disparó cuatro tiros a Hildegart. A partir de ese momento se separarán para siempre.

¡Toma, pues claro!


No todo era mutismo

Abril 4, 2008

«No todo era mutismo. No todas las voces de la España vencida enmudecieron. Yo, y muchos como yo, escuchamos estas voces que alentaron nuestro espíritu crítico-combativo. Puede decirse que desaparecieron los libros, las publicaciones; pero no las voces, no la labor clandestina, voces que estaban ética y revolucionariamente vivas y, por esto mismo, condenadas al exilio interior. Yo, quizá porque me daba más a la calle que a las bibliotecas, no comparto, por lo menos en los términos que suele llevarse, la apabullante sobrevaloración de las voces del exilio exterior sobre las del exilio interior. Porque no todo ha sido silencio. No se trata de medir cuál ha sido más valiosa, si la voz de fuera o la de dentro; se trata simplemente de matizar y rechazar la acusación de falta de continuidad en el proceso cultural. Los cuarenta años de postguerra tienen su voz; al margen de su poca o mucha importancia, son cuarenta años que no se resignaron a perder la continuidad, lo que costó no sólo el entrañable esfuerzo de algunos, sino la muerte de muchos en los distintos aspectos de la represión».

Lauro Olmo, Coloquio sobre el exilio, «Historia 16», año II, n.º 19, noviembre de 1977 (citado en: Valentina Fernández Vargas, La resistencia interior en la España de Franco, «Biblioteca de Estudios Críticos - Sección de Historia» n.º 8, Ediciones Istmo, Madrid 1981, pág. 11).


Abril

Abril 3, 2008

Colores (Abril 2008)

Titulada Colores, la foto con la que nuestra amiga Blanca Gallego ha querido distinguir este esplendoroso mes de abril, republicano y primaveral por estas latitudes, nos ha traído a la memoria, por una asociación sonoro-visual, la antigua canción de excursión: «De colores, de colores se visten los campos en la primavera…».

¡Gracias también por este recuerdo, Blanca!


Blindandoa

Marzo 31, 2008

Mapa del pa�s de OzEn la sección Café con… de «El País» de hoy, el industrial italiano Ernesto Bertarelli, patrón del Alinghi, el barco ganador de la reciente Copa de América, preguntado sobre el porqué del nombre de su embarcación, rememora con una sonrisa (y en su respuesta y sonrisa se palpa el natural pudor que a casi todos nos asalta al hablar de nuestras vivencias infantiles): «Es una historia muy íntima y que se remonta a mi infancia. Alinghi era una palabra que inventamos con mi hermana para referirnos a un amigo invisible».

Ello nos ha llevado a rememorar, a nuestra vez, nuestros primeros años de vida, cuando, con nuestra hermana, tres años menor que nosotros, dimos en inventarnos no ya un amigo invisible, sino un país imaginario: Blindandoa. Inútil sería —imaginamos— toda investigación acerca del porqué del nombre en sí. Tal vez la terminación en oa nos sugiriera un país exótico, y por lo que respecta a la raíz de su nombre algún psicoanalista fácilmente insistiría en el concepto y acción de blindar, por mucho que ni nuestra hermana ni nosotros conociéramos en aquella época el significado de este verbo…

Lo cierto y real es que Blindandoa fue, durante unos años, nuestro país y mundo ideal. Trazábamos mapas de él, que lo hacían extrañamente semejante al de la provincia de Soria —tierra en la que pasábamos nuestras vacaciones—, que figuraba en un precioso atlas de la editorial Aguilar, regalo de nuestro abuelo materno. Y precisamente en las inmediaciones de Soria, en una piscina recoleta, campestre, silvestre y hasta rupestre cercana a El Monjío, guardada por un anciano pastor de porte y tez numantina y cuyas aguas heladas procedían de una cascada, pasábamos los dos gran parte del aburrido tiempo destinado a la preceptiva digestión anterior al baño (¡dogma familiar donde los hubiera!) arreglando y componiendo nuestra utópica nación. Hasta un juguete consistente en un completo supermercado lleno de frutas, barras de pan, conservas y botellas de leche se convertía, por arte de birlibirloque, en el principal negocio de la capital de Blindandoa, los precios de cuyos artículos fijábamos día tras día con arreglo a Dios sabe qué criterios…

¡País de Blindandoa! A estas alturas de nuestras vidas y respectivos patrimonios, dudo seriamente de que podamos algún día bautizar un barco con tu nombre. Pero quedarás siempre, en el poso del recuerdo de estos dos hermanos, como el mundo feliz en el que vivieron lo mejor de sus primeros años.

(El artículo citado puede leerse aquí: Alinghi fue el amigo invisible de mi infancia. El mapa del imaginario país de Oz que ilustra estas líneas procede de la bitácora Strange Maps).


¡Concretemos!

Marzo 30, 2008

Hace precisamente 80 años, en el número de marzo de 1928 de «El Presidencialista», órgano de la juventud republicana presidencialista de España, nuestro abuelo materno Luis Hernández Alfonso, director de dicha publicación, firmaba un artículo en el que propugnaba una definición de la estructura de la República por la que él y tantos españoles luchaban bajo la dictadura de Primo de Rivera y mostraba su desacuerdo —y el del Partido Republicano Presidencialista de España— con cuantos creían que bastaba con invocar el fetiche de una República indefinida para resolver los males de España. Creemos que el tiempo le daría, por desgracia, la razón, pues en gran parte el cambio de régimen de 1931 tuvo mucho de nominal y simbólico, y la oligarquía que medró a la sombra de la Monarquía cambió pronto y sin demasiado esfuerzo la corona real por el gorro frigio con tal de mantener e incrementar sus beneficios e intereses.

El texto completo del artículo, aquí: ¡Concretemos!


Música para nuestra despedida (1)

Marzo 27, 2008

Somos conscientes de lo surrealista que resulta el humano deseo de programar las propias exequias, como si el finado tuviera el don de percibir lo que a su alrededor aconteciera y disfrutar de ello (o subirse por las paredes, según casos). Pero no tiemblen nuestros seres queridos: con tal de que envíen nuestra miserable carcasa a la Facultad de Medicina para experiencia de futuros galenos (¡no tanto por una decimonónica, positivista veneración de la Ciencia, que también, sino en gran parte por miedo insuperable a despertar de una muerte aparente en pleno horno crematorio!), quedan cumplidos y dispensados de toda otra fúnebre obligación para con nuestros tristes despojos.

Lo que sigue y seguirá, si así los dioses lo quieren, en éste y sucesivos artículos de la serie Música para nuestra despedida, cabe más bien concebirlo como un muestrario de melodías que la vida nos ha metido en el hondón del corazón y que nos gustaría que también nuestros seres queridos disfrutaran al recordarnos. Vamos, una suerte de testamento musical (pues música —es decir aire— será prácticamente lo único que podamos dejar) en el que, como en toda testamentaría, lo importante no es el testador, sino la herencia. Aunque igual habríamos podido titular, más sensibleramente, Música que nos hace inevitablemente llorar, o, más vulgarmente, Música que nos pone la carne de gallina.

Una última advertencia: el orden de aparición de las piezas no establece jerarquía alguna entre ellas. Las iremos consignando al compás de lo que la memoria y el azar, ayudados en su caso por Radio Clásica (nuestra radio de cabecera), nos vayan evocando.

Empezaremos por una pieza de Joaquín Turina. Se trata del primer movimiento de su Trío n.º 2, op. 76, en Si menor, para piano, violín y chelo, estrenado en 1933. Tras un brevísimo Lento de tres compases a modo de introducción, surge, en Allegro molto moderato, un tema arrollador, digno de un Franck o de un Brahms, que cantan las cuerdas y sucesivamente el piano. Le seguirán un Allegretto de clásica estampa española de la elegantísima marca de la casa y un Lento de evocador porte andaluz. El movimiento termina recuperando brevemente el Allegro molto moderato y el Allegretto iniciales.

De entre las dos versiones presentes hasta la fecha en YouTube, hemos optado por la siguiente, protagonizada en las cuerdas por Madalyn y Cicely Parnas (el nombre del pianista no aparece en los créditos). Aunque tal vez quepa reprocharles cierta velocidad, su versión nos parece bastante mejor que la del Pittsburgh Piano Trio, lenta hasta la extenuación.

Por nuestra parte, nos permitimos recomendar la versión, editada por el sello Ensayo, que el Trío de Madrid, formado por Joaquín Soriano, Pedro León y Pedro Corostola, grabó en 1982 en el Auditorio Manuel de Falla de Granada, adquirible en el sitio de la Editorial Tritó.


Así no es Madrid… en el cine

Marzo 23, 2008

As� es Madrid… en el cineComo se suele decir, el Ayuntamiento de esta desventurada ciudad se ha lucido con su recién clausurada exposición pomposamente titulada Así es Madrid… en el cine. O por lo menos con el catálogo de la misma, que persona muy querida ha puesto en nuestras manos, sabedora del interés que la temática despierta en nosotros y de nuestra proverbial pereza a visitar físicamente cualquier exposición por digna de aprecio que nos parezca.

A parte de las demasiado frecuentes erratas en los textos (¡el firmado por Concha Velasco habla de la escobera principal de los Jerónimos!), que acusan una revisión deficiente o más bien nula, hay unas cuantas localizaciones de escenas que constituyen errores garrafales, imperdonables en una exposición oficial que pretende levantar acta de la fructífera relación existente entre la más moderna de las artes y la Villa y Corte.

Pasaremos por alto las denominaciones vagas, del tipo «alrededores del Rastro», que denuncian el escaso o nulo esfuerzo hecho por los comisarios de la exposición (Antonio García-Rayo, Javier Domingo, Eduardo Alaminos) con vistas a situar muchas de las tomas expuestas. En la página 34, Rafael Rivelles en Murió hace quince años (1954) está en la calle Felipe V (al fondo se ve claramente el monumento a Felipe IV de la Plaza de Oriente), más que en unos difusos «alrededores del Palacio Real». En la página 66, correspondiente a El regalo de Reyes, de 1918, la escena superior (localizada por los curadores, en lo que constituye todo un alarde de precisión, «en el viejo Madrid») está rodada en la calle de Don Pedro, cuyo palacio del Infantado se distingue en primer término izquierda; vía pública que, por cierto, serviría de marco, más de cuarenta años después, para la sublime Mi calle de Edgar Neville.

Las páginas 126-127 nos traen una doble sorpresa. En la primera, la escena de La Revoltosa (1963), localizada según el catálogo en «calles junto a la iglesia de San Andrés», lo está precisamente en la de los Mancebos: no hay más que ver la cúpula de la capilla de San Isidro de la mencionada iglesia para saberlo. Otro tanto dígase de la foto correspondiente a Se necesita chico, del mismo año y en la siguiente página: el auto deportivo en el que viajan Lina Canalejas y Javier Cebrián, lejos de transitar por una imprecisa y nebulosa «periferia madrileña» (¡sólo faltaba que fuera valenciana o berlinesa!), lo hace por la calle Ramón y Cajal, a la altura de la colonia de hotelitos de Primo de Rivera; para más vergüenza de los habilísimos localizadores, destaca a la derecha el campanario de la espantosa parroquia edificada después de la Guerra en esa zona en el consabido y patriótico estilo seudoescurialense.

Centrémonos, en cambio, en tres disparates solemnes. En la página 156, la escena de La estanquera de Vallecas de Eloy de la Iglesia (1987) con la policía acorralando a los manifestantes ante el estanco de la protagonista, se dice localizada, perogrullescamente, en Vallecas, cuando nosotros mismos, con estos ojos que se tragará la tierra, la vimos rodar en la plaza de San Ildefonso, entre la calle Fuencarral y la Corredera Alta de San Pablo.

El segundo despropósito mayúsculo lo cometen los inefables autores del catálogo al localizar la escena de la almodovariana Laberinto de pasiones (1982), que reproducimos, en una supuesta «zona de Serrano». No hay tal, señores: es la calle San Millán, con el quiosco de prensa que hace esquina con la plaza de Cascorro, frente al actual banco de Santander, antiguo café cantante, por cierto. No por nada hemos comprado allí el diario a diario durante los años en que vivimos en la cercana calle de Rodas. Seguro que más de una marquesa se ha santiguado al ver de pronto encumbrados los barrios bajos al aristocrático nivel del barrio de Salamanca.

Laberinto de pasiones

Pero los perpetradores de este cúmulo de errores e imprecisiones hecho catálogo no se detienen aquí, y en la página 144 cometen el mayor desliz que cabía esperar: en Cambio de sexo (1977) de Vicente Aranda, la jovencísima Victoria Abril estaría, según nuestros expertos en cine madrileño, sentada en la casticísima «zona de Las Vistillas». Pero, ¡ay de nosotros!, al contemplar la foto se nos cayeron los palos del sombrajo, que dijo el clásico: ¿no es acaso, la que en el fondo se divisa, una de las escalinatas de Montjuich, con la entrada a uno uno de los pabellones de la magna exposición barcelonesa de 1929?

Cambio de sexo

Temblamos sólo al pensar qué sería de los autores de un catálogo titulado Así es Barcelona… en el cine si hubieran localizado una escena rodada en las Vistillas como filmada en el parque Güell o en la Font del Gat: ¿público ludibrio en las páginas de Avui? ¿proscripción de por vida de toda colaboración con la Generalitat? ¿destierro a los Monegros? Aquí no, nada de eso. Aquí, los supuestos expertos, a vivir del cuento y a cobrar del bote; las autoridades, a sacar catálogo y hacerse la foto en plan cultureta, que diría nuestro buen amigo Inthesity; los administrados, a maravillarse ante el empaque cultural de sus munícipes, y aquí paz, y después gloria. Y es que Así es Madrid, en efecto… Para que luego digan.


¡Estudiantes!

Marzo 17, 2008

¡Estudiantes!

Comprar libros viejos es lo que tiene: que al placer que en sí éstos aportan le acompaña de vez en cuando algún motivo adicional de grata sorpresa.

Hace unos días nos llegó, enviado por uno de nuestros proveedores de libros de lance, un volumen de recetas de los años 40/50 de G. Bernard de Ferrer, concretamente el dedicado a El arroz y el bacalao, y que forma parte de la «Biblioteca del Ama de Casa» que publicaba la barcelonesa Editorial Molino.

Pues bien: de entre sus páginas, cuidadosamente doblada en cuatro y tostada por el tiempo, pero primorosamente legible, se deslizó esta hoja de propaganda carlista estudiantil, fechada en febrero de 1959 e impresa, según reza el pie, por la Tipografía Tradicionalista de Valencia.

Más que contrario, nada más ajeno a nuestra tendencia política que el ultramontanismo carlista; con todo, el documento en cuestión no deja de ser un testimonio de antifranquismo y acreedor, como tal, a nuestro personal aprecio. Por eso nos permitimos transcribir su texto, deliciosamente anacrónico (¡faltaban sólo 9 años para 1968!): Leer el resto de esta entrada »


Marzo

Marzo 7, 2008

Marzo de 2008

Lo bello, como todo lo bueno, nunca llega tarde. Debido a acumulación de trabajo, sólo hoy, cuando ya han pasado siete días del mes de marzo, arriba a nuestra página, gracias a la amabilidad de nuestra buena amiga Blanca Gallego, la impresionante mole del castillo de Íscar, poderoso vigía que, como el cercano de Coca, se antoja imponente atalaya de piedra entre los pinares que tapizan esas hermosas tierras castellanas.


Los machitos

Febrero 29, 2008

En España están en todas partes, como una plaga. De toda extracción social, profesión y procedencia. Desde el gañán manchego reconvertido en «paleta» hasta el ejecutivo de Chamartín con título del ICADE. Solos no valen nada; sólo viven en manada, y hasta para copular han de ir en tropel al pretencioso meublé o al esperpéntico burdel de carretera.

Los reconoceréis por sus vozarrones, por sus tacos e interjecciones, por sus tripas cerveceras. Por sus motos arrolladoras, sus todoterrenos invasores, sus casas de mal gusto, sus negocios sucios y sus desventuradas mujeres, objetos todos (y estas últimas más objeto aún que los anteriores) que el machito exhíbe como ideal prolongación de su miembro, siempre desmesurado en sus también ideales ponderaciones. Sólo saben hablar, o mejor dicho berrear, de hazañas de fútbol, de cilindradas de motores y de atributos de mujeres (que para ellos vienen a ser como la cilindrada de éstas).

Vomitan insultos contra los inmigrantes, los mismos que tienen que aguantar sus impertinencias detrás de las barras de los bares, cuando no reírles las gracias. Pero, llegado el caso (¡el de machito es un cargo que entraña no pocas obligaciones!), no le hacen ascos a la rumana del puticlub o a la negrita de la calle de la Ballesta.

Sólo se alimentan de carne: la metafórica del honor de los que no forman parte de su tribu (divididos, según sexo, en putas y maricones) y la literal del chuletón de buey. Diríase que la sangre tiene para ellos un atractivo especial. Ni podría hacérseles mejor regalo que una de esas denigrantes matanzas, ampliamente publicitadas, donde el rito ancestral del sacrificio de un cerdo se transforma en motivo de espectáculo y jolgorio para machitos urbanos en busca de emociones nuevas. Doquiera que en España se maltrate y torture a un pobre animal, allí veréis una nube de machitos. Abandonando perros, alanceando toros, decapitando gallos, ahorcando galgos y haciendo cacerías de inofensivos gatos son auténticos maestros. Y luego nos sorprende que de semejantes semilleros salgan los especímenes que matan a su pareja.

Otra característica tiene el machito de estas tierras: bajo su elegante traje de Armani o su vaquero y camiseta de Alcampo, a poco que rebusquéis, siempre sacará el machito, como el pavo real su cola, un admíniculo racial: la pulserita con los colores patrios, el llavero con el busto de su Caudillo o el celular con el insufrible soniquete de la Marcha Real.

Por eso, entre otras cosas, a muchos nos da vergüenza este país y pertenecer a él.