¡3 entradas de zarzuela 3!

•05/11/2009 • 2 comentarios

Un compromiso imprevisto nos va a impedir utilizar 3 entradas de patio (fila 2, butacas 5-7-9) que teníamos para «La Tabernera del Puerto» en la función del domingo 8 de noviembre a las 18 horas en el Teatro de la Zarzuela.

Dos de las entradas son de 40 € y una de 20 € por haberla sacado para una persona mayor de 65 años (creemos que puede utilizarla una persona más joven pagando la diferencia en el teatro).

Si alguien en Madrid estuviera interesado en adquirirlas y aprovecharlas, puede ponerse en contacto con nosotros hasta el viernes 6 a las 12 horas (correo electrónico: pabloherrero.hernandez@gmail.com – teléfono 657 888 003 de 9 a 14 horas y de 16 a 20).

Gracias por la atención y un cordial saludo.

Estudio biográfico de Pizarro

•04/11/2009 • Dejar un comentario

Luis Hernández Alfonso (1901-1979)

Hoy, 4 de noviembre de 2009, se cumple el trigésimo aniversario de la muerte del escritor, traductor y periodista Luis Hernández Alfonso (1901-1979). ¿Qué mejor manera de conmemorar tan significativa efeméride que publicando, por vez primera desde su aparición en 1928, una de sus primeras y galardonadas obras de investigación histórica? Es lo que hacemos en este día como homenaje a su obra y a su figura.

Portada libro Trujillo

En 1927, en la localidad extremeña de Trujillo, cuna de Francisco Pizarro, y para solemnizar la inauguración del monumento al conquistador —obra del escultor estadounidense Charles Rumsey, generosamente donada a la ciudad por la viuda de éste, la socióloga y activista Mary Harriman—, el Ayuntamiento de Trujillo convocaba un concurso literario dividido en dos secciones: prosa y poesía. El primero de los tres temas de los trabajos en prosa era un «estudio biográfico de Pizarro, desde su nacimiento hasta que concertó, con Almagro y Luque, la exploración y conquista del Perú. Dotes de Pizarro como guerrero y diplomático».

De entre los 21 trabajos presentados en el apartado de prosa, ganó el premio al primer tema —consistente en Diploma de Honor y 500 pesetas— un joven Luis Hernández Alfonso, que concurría al certamen bajo el lema: «Inca Silu». Su estudio —cuyo texto reproducimos en los enlaces de la parte inferior de la página— abarca las páginas 13-53 del lujoso volumen que, con ese motivo, publicó la corporación municipal de Trujillo en 1928.

Fue la figura de Pizarro un interés constante en la obra de Hernández Alfonso, quien andando el tiempo publicaría una biografía completa del gran conquistador extremeño (Pizarro, Ediciones G.P., Barcelona 1960, Colección «Quién fue…», n.º 64).

- A manera de prólogo
- Capítulo I.- Francisco Pizarro
- Capítulo II.- Los españoles y América
- Capítulo III.- Pizarro en América
- Capítulo IV.- Pizarro, guerrero
- Capítulo V.- Pizarro, diplomático
- Capítulo VI.- La obra de Francisco Pizarro
- Capítulo VII.- América española. Bibliografía.

Contraportada libro Trujillo_4

Prólogos de Luis Hernández Alfonso (6)

•20/10/2009 • Dejar un comentario

Historia de dos ciudades

Charles Dickens

Historia de dos ciudades

Ediciones Alonso – Madrid, 1969 (Biblioteca de Obras Famosas, n.º 20)

Versión al español de José P. del Castillo

Prólogo de Luis Hernández Alfonso.

CHARLES DICKENS

El autor de esta gran novela —y de tantas otras que fueron, son y serán traducidas a todos los idiomas— nació en Landport, barrio de Portsmouth, en 1812. Pertenecía a una familia tan modesta, que no pudo procurarle una esmerada educación. Aprendió, sí, a leer y escribir a duras penas, pues su instrucción se vio obstaculizada por diversos motivos, principalmente por su falta de salud —era un muchacho débil y enfermizo— y por la mala situación económica de su padre, el cual, después de contraer muchas deudas, que le obligaron a cambiar varias veces de residencia, acabó siendo encarcelado por sus acreedores, ya que por entonces en Inglaterra imperaba el absurdo y monstruoso derecho de los acreedores a someter a prisión a sus deudores.

Esta monstruosidad, cuyo dolor hubo de sentir Carlos Dickens en 1824, es decir, cuando, a sus doce años de edad, vio ingresar a su desdichado padre en la cárcel de Marshanea, le inspiraría más tarde uno de sus más emotivos y vigorosos relatos, La pequeña Dorrit (Little Dorrit), en el que se pinta con una veracidad impresionante la ignominiosa justicia de que eran víctimas los infortunados que cometían el «delito» de no poder pagar sus débitos, aunque fuesen perfectas personas y honrados ciudadanos. También en otra de sus mejores obras, Papeles póstumos del Club Pickwick, insiste en el tema, tan dolorosamente incrustado en sus recuerdos. Por cierto —y ello resulta altamente consolador—, que las descripciones de Dickens sobre el asunto influyeron tan decisivamente en la opinión pública, que, pese a la tradicional resistencia británica a las innovaciones, se abolió en Inglaterra definitivamente la ominosa «prisión por deudas».

Volviendo a los años juveniles del autor, diremos que, preso su padre y desmantelado el hogar, cuyos enseres hubieron de ser vendidos para no carecer de lo indispensable, su madre, con admirable entereza y poniendo a contribución la inteligencia, el amor materno y la no escasa instrucción que poseía, abrió un modestísimo colegio en Londres, ganándose así, con gran sacrificio, el pan de cada día y enseñando a su hijo asiduamente.

Carlos hubo de desempeñar los más humildes oficios para contribuir con míseras retribuciones al sustento de la familia. Más tarde reflejaría retazos de tan amarga experiencia en algunas de sus obras maestras, tales como las tituladas Oliverio Twist y Tiempos difíciles.

Pero como, según reza el adagio, «no hay mal que cien años dure» («ni cuerpo que lo resista», añaden los burlones), una herencia inesperada vino a salvar del completo naufragio a la familia. Carlos pudo entonces ingresar en un colegio donde estudió con ahínco; tanto que, en poco tiempo, merced a su desmedida afición a la lectura y a su enorme capacidad de asimilación, se halló en condiciones de desarrollar sus aptitudes intelectuales, ocupando empleos más remuneradores. Fue amanuense de un procurador de los Tribunales y, a la par, aumentó su cultura «devorando» cuantos libros hallaba a su alcance.

A la edad de dieciocho años consiguió abrirse camino, no sin esfuerzo, en el periodismo; se le admitieron reseñas y artículos en diversas publicaciones y acabó obteniendo plaza de redactor, sucesivamente, en varios grandes órganos periodísticos londinenses. En ellos, además de crónicas, artículos y críticas, publicó sus primeras producciones novelísticas, que fueron bien acogidas por los lectores.

Alentado por ese éxito comenzó a dar a la imprenta novelas que pronto le procuraron fama y bienestar económico. Su ya citada Papeles póstumos del Club Pickwick (1836-1837) constituyó su consagración literaria. El público inglés, sin distinción de clases ni de cultura, saboreó tan excelente pintura del ambiente británico, y la figura de Pickwick, calificado a menudo como un Quijote moderno… y anglosajón, se hizo popular.

A partir de entonces su pluma no descansó un momento. Se hallaba en pleno auge de sus facultades y los lectores esperaban ansiosamente los nuevos frutos de su fecunda imaginación. Correspondiendo a ese inusitado interés, escribió incesantemente. Su mencionada novela Oliverio Twist (que se ha publicado en versión española con el subtítulo de El hijo de la parroquia y que ha sido reiteradamente llevada al cine) obtuvo un éxito rotundo y muy merecido, ya que el pequeño protagonista era el fiel reflejo de las inocentes víctimas de un sistema «protector» que dejaba mucho por desear. El libro resultó ampliamente remunerador para Dickens.

Éste no renunció por ello al periodismo: además de colaborar en los diarios existentes, fundó otro, titulado «Master Humphrey’s Clock», en el que semanalmente publicaba un cuento. La popularidad de su firma aumentaba de día en día, trasponiendo las fronteras y dándole una fama internacional.

Merece especial mención, por sus singulares características, el viaje que en 1842 hizo a los Estados Unidos, nación en la que todavía existía con extremado rigor la esclavitud de los negros. Allí se le recibió, justo es decirlo, con los máximos honores. Disgustado, empero, por las vejaciones infligidas a los esclavos y las costumbres «farisaicas» de los norteamericanos, no enjuició muy favorablemente a quella nación en sus Notas, publicadas a su regreso. Bien es verdad que luego, en su celebérrima novela Martin Chuzzlewit, hizo un acto de desagravio reconociendo en buena parte su excesiva censura anterior.

Tuvo, no obstante, graves sinsabores. Su magnífico relato Cántico de Navidad (A Christmas Carol), una de las más delicadas y hermosas obras que se hayan escrito jamás, fue causa de dificultades con sus avaros editores, que, a juicio del escritor —y acaso no sin fundamento—, trataban de explotar en su exclusivo beneficio el talento del novelista.

Harto de discusiones y litigios, deseoso de serenar su espíritu, realizó un viaje a Italia y Suiza. A su regreso (1849) dio a la estampa otra prodigiosa muestra de su talento: David Copperfield, novela que, con justo título, es considerada como una de las mejores publicadas en idioma inglés.

Diversas pesadumbres cayeron sobre el autor: fallecimiento de seres queridos (padre, hermana y una hija), discusiones y pleitos con editores codiciosos y también la fatiga consiguiente a tan agobiante labor minaron su salud. Se separó de su esposa (Catherine Hogarth), con la que había contraído matrimonio en 1836, y de la que tuvo varios hijos, que se dividieron entre ambos cónyuges.

Sin embargo, Dickens no cejó en sus actividades. Deseoso de comunicarse con «su público», inició una serie de conferencias —que se desarrollaron, en etapas diversas, desde 1858 a 1870— en Inglaterra e incluso en los Estados Unidos (1867-1868), donde le pagaron con gran esplendidez.

De la inmensa popularidad de Charles Dickens puede dar idea el hecho de haberse fundado en 1902 una «Sociedad Dickens», dedicada a divulgar y propagar la obra del celebérrimo autor.

Éste falleció, a consecuencia de un derrame cerebral, en Londres —Gadshill Place—, el 9 de junio de 1870.

Sería harto prolijo mencionar aquí todas las producciones literarias del gran escritor inglés. Mencionaremos algunas de las no citadas más arriba, como El grillo del hogar, Dombey e hijo, Grandes esperanzas, El viajante no comercial, Las campanas, El almacén de antigüedades, Nicolás Nickleby, Barnaby Rudge, Cuadros de Italia, Nuestro amigo común, Cuentos de Navidad

La novela que hoy ofrecemos a nuestros lectores, Historia de dos ciudades (ordinariamente dividida en dos partes: El hilo de oro y El eco de la tormenta), apareció por vez primera el año 1859 y ha sido traducida a todos los idiomas muchas veces.

Se trata de una obra perfectamente ambientada… y muchas veces objeto de más o menos afortunadas imitaciones (sin que haya de descartarse de ellas al gran Alejandro Dumas ni al autor de La pimpinela escarlata), que mantiene un vivísimo interés y que refleja a la perfección lo que fue la Revolución francesa, con todos su horrores y toda su grandiosidad.

Los caracteres se hallan fijados con maestría; la trama no cesa ni por un momento de subyugar. Y no puede dejar de encontrarse en cada episodio de la narración, a más del cautivador estilo narrativo, la enorme sensibilidad del magno autor de tantas obras maestras.

firmalha.jpg

Madrid y junio, 1969.

«Yo quisiera, Consuelito»

•09/10/2009 • Dejar un comentario

Yo quisiera

Poesía de Luis Hernández Alfonso dedicada a su hija Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003) y fechada en la Prisión Provincial de Granada el 5 de mayo de 1942. Su manuscrito se conserva en el archivo familiar.

Yo quisiera, Consuelito,

contarte un cuento bonito;

pero, como no lo sé,

te diré

que eres tú, mi princesita

morenita,

la muñeca más bonita

que en el mundo contemplé.

Tienes gracia y alegría

y es tu charla algarabía

deliciosa de escuchar;

que al hablar

me recuerdas los sencillos

pajarillos

que entre jaras y tomillos

nos regalan su cantar.

Canta y ríe, princesita,

con tu clara voz que imita

el rumor de un manantial.

Celestial

es su acento que, inocente,

suavemente,

tiene un eco permanente

de campanas de cristal.

firmalha.jpg

P. Provincial = 5 mayo 1942 = Granada

Retrato de pupila con tutor

•05/09/2009 • 4 comentarios

Filomena Cárdenas con tutor

En este retrato, hallado recientemente en el archivo familiar, figura nuestra bisabuela —madre de nuestra abuela materna— María del Prado Filomena Cárdenas Núñez de Arenas, más conocida por su segundo nombre de Filomena, nacida en 1874 en Almagro. Era hija de un veterinario militar, D. Inocencio Cárdenas Donoso, nacido en Valenzuela de Calatrava y que llegó a ser primer ayudante del general Prim. De ahí la simpatía con que siempre gozó en nuestra familia la tristemente malograda dinastía saboyana.

Tras morir joven la madre de nuestra bisabuela, el tatarabuelo volvió a casarse… con el ama de llaves, como en un folletín de la época. De ella (de la ex ama, no de la época) tendría otra hija. Poco duró también el segundo matrimonio, pues el tatarabuelo se volvió loco (caso no demasiado raro en la familia) y acabó sus días en el manicomio de Ciempozuelos. Muy joven, pasó pues a vivir nuestra bisabuela a Madrid, en casa de una tía suya, la tía María Ignacia, que fue para ella una verdadera madre. El atildado y maduro señor de la foto es el tutor que cuidaba de los intereses y de la educación de Filomena, D. Francisco Gómez.

La foto fue realizada en el estudio Almayso (Almayso Fotógrafo – Ampliaciones, reproducciones y fototipia – Teléfono 3.079), ubicado en el número 29 de la madrileña calle de Amaniel. Aunque no está fechada, suponemos que data de los años 1890-1895. El reverso del retrato lleva sendas dedicatorias de tutor y pupila a la tía María Ignacia:

Filomena Cárdenas con su tutor_retro

Y un mundo que es ya polvo…

•30/07/2009 • 2 comentarios

Caspar David Friedrich, «El claustro del cementerio en la nieve» (1817-1819) (destruido en 1945)

Caspar David Friedrich, «El claustro del cementerio en la nieve» (1817-1819) (destruido en 1945)

Al rayo de la luna, que gira solitaria

del infinito espacio por la región azul,

yo elevo a los que fueron mi lánguida plegaria,

y rompe de sus tumbas la losa funeraria

el canto que suspira, gimiendo, mi laúd.

Y un mundo que es ya polvo se eleva en torno mío

y un pueblo que es ya sombra me sigue por doquier,

y del presente seco, descolorido, frío,

los soñolientos ojos aparto con hastío

buscando la grandeza del olvidado ayer.

Manuel Fernández y González

(citado por Enrique Chicote en Las señoritas de «Pan-pringao», Instituto Editorial Reus, Madrid 1953, pág. 281)

Dos romances de guerra

•05/06/2009 • Dejar un comentario

Cartel de Parrilla para la Junta Delegada de Defensa de Madrid - Delegación de Propaganda y Prensa (1937)

Cartel de Parrilla para la Junta Delegada de Defensa de Madrid - Delegación de Propaganda y Prensa (1937)

A la actividad poética de nuestro abuelo, el escritor y periodista republicano Luis Hernández Alfonso (1901-1979), pertenecen con toda seguridad dos romances publicados originalmente en el Romancero General de la Guerra de España (Ediciones Españolas, Madrid-Valencia 1937) e incluidos en la reciente antología de la hispanista canadiense Maryse Bertrand de Muñoz titulada Romances populares y anónimos de la Guerra de España (Calambur, Madrid 2006).

Firmados con sus iniciales «L. H. A.», que habitualmente empleaba como alternativa a su firma entera o a seudónimos como «El Doctor Hache» o LHAISUL, llevan el sello inconfundible de su genuina inspiración poética, labrada en moldes clásicos y fiel al mismo tiempo, en la forma poética concreta del romance —una de sus preferidas—, a la mejor musa popular castellana. Son como dos gritos que el poeta —que también lucha, y no sólo con la pluma— lanza a un soldado y a un campesino en medio de la contienda. Éstos son sus títulos y sus respectivos textos: Soldado, carne del pueblo y Ven, hermano campesino.

El bonito cartel alusivo procede de la colección de carteles de la Guerra Civil de la página amiga El Canto del Búho.

De bienes y tristezas

•18/05/2009 • 7 comentarios

—Quien tiene hijos, se complace con sus hijos; quien tiene ganado, se complace con su ganado. Las propiedades son la complacencia del hombre; sin propiedades, la complacencia no existe— dijo un devata.

—Quien tiene hijos, se entristece por los hijos, quien tiene ganado, se entristece por el ganado. Las propiedades son las tristezas del hombre; sin propiedades, la tristeza no existe— respondió el Buda.

Siddharta Gautama

Defensa del idioma (9)

•16/05/2009 • Dejar un comentario

Con la incorporación de las últimas cuatro letras (U, V, Y y Z), ya puede consultarse en la red en su integridad el Glosario de voces en desuso, primera parte de la obra inédita de Luis Hernández Alfonso que lleva por título Defensa del idioma.

La mayor de todas las felicidades

•26/04/2009 • Dejar un comentario

Ferdinand Hodler, «Primavera» (1901)

Ferdinand Hodler, «Primavera» (1901)

«La felicitat, però, no solament existeix a la terra, sinó que sovint es troben estones que en són plenes, com d’un mineral rar; només cal saber cercar-lo. La majoria dels homes són fets de tal faisó, i els encarregats de conduirlos els menen tan malament, en forma tan inhumana, que, d’aquell tresor, se’n perden cada dia quantitats enormes. L’home hi passa a frec, i fins de vegades el trepitja, però ni el veu. I és que la felicitat no consisteix pas en quelcom que algún pugui donar-nos, sinó en una troballa que nosaltres mateixos hem de saber fer, individualment, solitàriament, sense que hi valgui l’ajuda d’altri. És un tresor interior, ocult al fons de cadascú, no una mina que cal anar cercant enfora. Per això mai no hi ha agut, ni hi haurà, felicitats col.lectives, com les que eternament prometen a la humanitat que les va somniant els explotadors i els il.lusos: hi ha tan sols paròdies y al.lucinacions multitudinàries. La felicitat autèntica és sempre personal i intransferible, com les més altes valors humanes; i la més gran de totes les felicitats, la més profunda, és la de l’amor assolit, la de dos egoistes solitaris que la descobreixen i realitzen fonent-se en un de sol. És, per dir-ho d’un cop, un equilibri perfecte, per bé que inestable, damunt el present pur, sense el més lleu aliatge de passat o d’avenir».

Gaziel
Tots el camins duen a Roma – Memóries
(II part, XVII capítol)