Arturo Soria y su Ciudad Lineal (y 3)
Pensamientos de Arturo Soria y Mata, contenidos en Arturo Soria y la Ciudad Lineal (Ediciones de la Revista de Occidente, Madrid 1968).
«Donde no puede vivir un árbol, como ocurre en la mayoría de las calles de Madrid, no deben vivir las personas» (pág. 281). «Donde no entra el sol tiene que entrar el médico, y […] donde no puede vivir un árbol no puede ni debe tampoco vivir un ser humano» (pág. 231). «Suponiendo que pudiéramos plantar árboles en todas las calles estrechas del Madrid actual, nadie dudará que vivirían muy pocos, faltos de luz y de aire, y, sin embargo, nos parece natural y corriente que allí vivan miles de seres humanos» (pág. 229). Contra estas condiciones de subsistencia, «la obrera a su vez protesta con un acto por demás sencillo, pero delicado, elocuentísimo. En el tejado de su buhardilla coloca un tiesto de olorosas clavellinas o de encendidos geranios. Aquella maceta es la protesta viva, perenne, de la naturaleza contra el arte desconocido u olvidado por los hombres. Allí repiten ecos misteriosos los acentos inspirados de Las Geórgicas de Virgilio» (págs. 190-191). Y de una sentada pone galanamente en su sitio, como suele decirse, a ayuntamientos arboricidas y burócratas como el de la Villa y Corte: «Antes de cortar un árbol no sería malo formar expediente. Así disfrutaríamos de su sombra algunos años» (pág. 163).
«En la Ciudad Lineal no se permite ocupar con edificios más de la quinta parte del terreno a fin de que el resto sea ocupado por árboles, huertas y jardines, convirtiendo los áridos alrededores de Madrid en sitios amenos y saludables» (pág. 264).
«Hora es ya de que todos consideren como un delito contra la higiene, que debiera estar incluido en el Código, y no en las Ordenanzas de policía urbana, la construcción de casas de más de tres pisos que no estén completamente aisladas y separadas de las vecinas por una masa de vegetación» (pág. 213).
«Con el Canal del Lozoya bien reconstruido y explotado, con los canales del Jarama y del Guadarrama, y con las vías de aguas que hay en Pozuelo, Villaverde, Canillas, Vicálvaro y Fuencarral, hay agua sobrada para una población de cuatro millones de habitantes» (Palabras pronunciadas el 14 de mayo de 1894, pág. 247). Sin comentarios, ahora que ya la hemos rebasado ampliamente.
«El patriotismo nos pide algo más que la resolución de dar la sangre por la patria a toda hora con la misma facilidad con que el grifo de una fuente da el agua que contiene» (pág. 236).
Califica su obra urbanística, además de democrática, de conservadora, «porque no hay conservador más conservador que el obrero que posee el suelo que pisa y la choza o casa que habita, aunque milite en los partidos más avanzados; porque una multitud de pequeños propietarios es la fuerza más incontrastable de una nación, como en Francia acontece…» (pág. 235).
En una ciudad que siguiera los patrones de la Lineal, «los edificios públicos y particulares serían unidades artísticas independientes, que lucirían sus cuatro o más fachadas, de mejor o peor gusto según el de los arquitectos que las trazaren; serían personalidades arquitectónicas completas, no edificios pegados unos a otros como los hermanos siameses, con fachadas únicas de diferente mano y de distinta altura, en horrible sucesión de diseños heterogéneos, sólo interrumpida a veces por otro espectáculo más antiartístico todavía: el de las fechadas planas de las medianerías» (pág. 232).
«Mis méritos literarios son tan escasos, que no pasan de haber introducido en le vocabulario contemporáneo las voces microbio, infundio, telefonear, telefónico y telefonista, y una acepción, en sentido pecaminoso-administrativo, de la palabra filtración» (pág. 212). ¿Habrá tomado nota la Real Academia de la Lengua? Pues nos parece que, pese a su sincera modestia, tales méritos superan, con creces, los de muchos moradores actuales de la docta institución.
Los siguientes, humorísticos parrafos, valdrían —creemos— para cualquier corporación municipal madrileña pasada, presente y venidera. Escribe don Arturo en 1883 sobre el dudoso privilegio que cabía en suerte a Madrid de ser la segunda población más mortífera o insana del mundo después de Niza (cuyos datos estaban falseados por el gran número de enfermos de pecho que acudían a la ciudad mediterránea). Y dice: «De suerte que, dejando aparte la ciudad de los tísicos y de las violetas, Madrid ocupa el primer puesto. Puede, pues, asegurarse que nuestro Ayuntamiento es el más notable entre todos los del universo, y que su digno presidente don José Abascal viene a ser oficialmente la cabeza, cúspide, punta y remate de la civilización moderna, bajo el punto de vista fúnebre considerada. Tenga esto en cuenta quien quisiere hablar con propiedad, y diga Matadero, en vez de Ayuntamiento, si al de Madrid se refiere, y matarife primero, por alcalde presidente; y si aspira a ser alcalde, o por lo menos consejal, repita en su programa electoral la elocuente arrenga del capitán Margarit: “Capitán de los muertos quiero ser», pues bien mirado, madrileño vale tanto como difunto efectivo o próximo aspirante a muerto o meritorio de cadáver. Las glorias de Otumba y de Lepanto, del 2 de mayo, de Pavía y San Quintín, son cosa baladí al lado de las preeminencias y honores de ultratumba que la fuerza del sino reserva en la plenitud de los tiempos para el pueblo de Madrid. Porque o no hay justicia en el valle de Josafat, o en la reunión preparatoria del juicio final la presidencia interina ha de corresponder por derecho propio y mérito inconcuso a un alcalde madrileño…» (pág. 195).
Y sobre los problemas de la canalización subterránea, he aquí expresado lo que todos en algún momento hemos pensado, naturalmente los que no somos accionistas de empresas de obras: «Una zanja, una sola, contendría los tubos necesarios a la satisfacción de varias necesidades: uno para el gas, otro para el agua, otro para el vapor destinado a la calefacción en habitaciones y cocinas, un tubo neumático para recibir cartas y paquetes sin auxilio del cartero, un hilo eléctrico para relacionarse con la autoridad más próxima, un hilo telefónico para hablar con todo el mundo, un cable eléctrico para el transporte de la fuerza motriz y para la producción de luz. Los hilos y tubos pueden colocarse al descubierto para faciliar su instalación y las reparaciones, o, cuando más, recubiertos con una delgada capa de tierra» (pág. 193).
«La higiene no es más que la limpieza elevada al cubo» (pág. 188).
«Téngase en cuenta que es una ilusión esto de creer que andamos de balde por las calles. El Ayuntamiento nos cobra las piedras de la vía pública de muchas maneras, y muy caras…» (pág. 168).
«La línea recta, dueña y señora de un plano en todos sus detalles, es la perfección, la comodidad, la riqueza, la salud, la instrucción, la república, en fin, como forma de gobierno» (pág. 164).
Terminamos aquí, por ahora, con esta profesión de fe geométrica y cívica, esta breve antología de textos del creador de la Ciudad Lineal.






Octubre 21, 2007 a las 8:24 pm
Lei en su dia tus entradas sobre Arturo Soria. Creo que se los recomendé a Federico K Soria, pero él es poco dado a esto de Internet. Tiene pendiente venir por casa a recoger unas cosas y a ver si le coloco delante del ordenador. De todas formas se lo recuerdo por email para que sepa que tiene pendiente repasar tus comentarios sobre su abuelo.
Un abrazo Pablo
Octubre 21, 2007 a las 11:00 pm
Sería para mí un gran honor que un descendiente del gran Arturo Soria leyera mis pobres reflexiones sobre la labor de su benéfico antepasado. Y gracias a ti por tu aprecio y amistad, Ángel.
Un abrazo.