No es frecuente encontrar, entre las numerosísimas obras que Muñoz Seca escribió, una comedia dramática. El último pecado, publicada en 1921 en el nº 624 de la colección “Los Contemporáneos”, dirigida por Augusto Martínez Olmedilla, constituye en este sentido una excepción. Y, aunque la obra rinde tributo -como no podía ser menos- a cierto sentimentalismo aún muy de la época, su lectura nos ha dejado una agradable sensación.
Ambientada entre la buena sociedad madrileña que busca refugio a los calores estivales de la Villa y Corte en el aristocrático entorno de San Sebastián, El último pecado trata de una madre de oscuro pasado que llega a sacrificarlo todo, incluso el gran amor que le tributa su propio hijo, por amor a éste.
El texto está salpicado de pensamientos felices y atinados:
- Hay venturas que parece inverosímiles. Sucede con la felicidad lo que sucede con la desgracia; cuando es muy grande, ¡muy grande!, no acaba uno de convencerse de que es cierta. (Luis, I Acto).
- A dos almas tan unidas como las nuestras no les basta con amarse entre sí; tienen que amar también a cuanto les rodea. (María, I Acto).
- Si el cumplimiento del deber, cuando el deber impone un sacrificio, no nos reportase una alegría íntima, a veces muy grande, no sé lo que sería de nosotros; y ésa, ésa es la alegría de Luis; no es fingida, es verdadera; pero es alegría que brota de un dolor. (Luisa, II Acto).
El encuentro entre Luisa -la madre- y María, la prometida de su hijo Luis, que cierra el Acto I, creemos no desmerecería en un maestro en psicología femenina en campo teatral como el propio Jacinto Benavente. Dos mujeres que no se conocían van entretejiendo un diálogo del que va aflorando con toda naturalidad, en una y en otra, toda una gama de sentimientos bellamente expresados en los que no se sabe qué admirar más, si la naturalidad con que surgen o la delicadeza con que se expresan.
Con todo, y como obra del rey del teatro cómico español de la época, no podían faltar tipos y situaciones de carácter marcadamente gracioso, como el Monsiú Palé administrador del lujoso hotel del I Acto (un andaluz que por gajes del oficio hace francés a su modo todo lo que toca, empezando por su nombre, Casimiro Palacio y Oláiz, que transforma en Presque-regarde Palé y Olé), el jardinero malagueño del II Acto o Almansa, sablista a su pesar al que de puro tímido se le trabucan las palabras cuando se ve obligado a pedir dinero, lo que le da pie al autor para insertar alguno de sus célebres juegos de palabras:
- ALM. (A Conchita, muy azorado) Celebro muchísimo que esté usted aquí, porque de ese modo puedo matar dos tiros de una pedrada…
- CAY. (¡Arrea!)
- ALM. Al revés, dos pedradas de un tiro.
- CAY. (¡Atiza!)
- ALM. Es decir, bueno, ya ustedes me entienden: dos tiros de un pájaro…
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- ALM. (Sudando el quilo) Nada; que a resultas de la última galerna, pues… eso es, hubo aquí…, ahí…, allí, en Motrico, muchas desgracias, ¿sabe usted? Muchas desgracias. Naufragaron cuatro trianeras.
- CON. ¿Trianeras?
- ALM. Sí, señora; cuatro trianeras de Motrico…
Por último, y terminando ya nuestro comentario a esta obra, apuntaremos una expresión que nos era desconocida. Es sabido que el teatro de Muñoz Seca, como el de varios autores de su época, es rico en expresiones muy de la época o de la tierra de los personajes. En El último pecado, uno de éstos, llamado Zambrano, “señorito marchoso, bullanguero y sinvergüenza” como reza la correspondiente acotación del Acto III, le dice a Luisa, antigua estrella del cuplé, queriendo halagarla:
- ZAM. Me gustaría que le quitara usted los muñecos a Carlota la Trianera. Se ha creído esa niña que no hay más artista que ella.
Curiosa expresión, cuyo significado resulta transparente (no así, para nosotros su origen), pero que nunca habíamos oído ni leído hasta ahora.






