Virgiliana

Por azares de la vida, nuestra afición a las letras griegas y romanas se forjó en tierras italianas. Por eso al retomar hoy, treinta años después, una lectura sosegada de las obras de Virgilio en la soberbia edición latina que Plessis y Lejay publicaron en 1928 en la famosa Librairie Hachette, nos ha sorprendido, en la completísima bibliografía que precede al texto de los poemas, hallar encabezado el apartado de ediciones completas de la obra virgiliana por una española, llevada a cabo por el jesuita J. L. de la Cerda, nacido en Toledo en 1560 y fallecido en 1643, y publicada completa (tras sus correspondientes ediciones parciales) en Madrid en 3 volúmenes in folio, en 1617. Nunca se distinguió sobremanera España en tareas filológicas relacionadas con la literatura clásica, por lo menos en comparación con la labor desarrollada en ese ámbito en otras tierras europeas, por lo que la noticia nos ha sorprendido muy favorablemente.

Nuestra primera reacción ha sido cotejar dicha información con la que nos ofrece Federico Carlos Sáinz de Robles en su Tomo III del Ensayo de un diccionario de la literatura (Aguilar, Madrid 1950) bajo el epígrafe del gran poeta romano. Y curiosamente, entre las 14 ediciones que él cita, desde la princeps romana de 1469 hasta la londinense de Valpy de 1819, no se encuentra la del docto jesuita toledano. Nos ha extrañado esta omisión en un estudioso como Sáinz de Robles, siempre tan atento a la cultura hispánica.

Curiosamente, además de la omisión referida, comete un desliz el compilador al citar el famoso dístico que Virgilio, según narra la tradición, dictó como propio epitafio:

“Mantua me genuit, Calabri rapuere, tenet nunc

Parthenope. Cecini pascua, rura, duces.”

Ahora bien: ese “Canté los pastos, los campos, los héroes” con el que concisamente se significan sus tres poemas imperecederos (Bucólicas, Geórgicas, Eneida) aparece en nuestro ejemplar (pág. 1581) transformado en “Canté los pastos, los campos, los bueyes (boves)“. Éstos, si la memoria no nos traiciona, ya los canta Virgilio junto con los rura en las Geórgicas, donde les corresponde. Verdad es que el Eneas que Virgilio nos pinta es caudillo sufrido, piadoso, esforzado… pero de ahí a bovificarlo, media el clásico (nunca mejor dicho) abismo.

 

~ por eldoctorhache en 12/10/2006.

2 comentarios to “Virgiliana”

  1. [...] El jardín cerrado. [...]

  2. [...] – Soler con frecuencia. Refiriéndose a la cercana Mantua, dice Títiro que a ella los pastores como él suelen llevar con frecuencia (saepe solemus, v. 21) los primales. Tanto en latín como en español, bajo una primera y superficial impresión, la sucesión de los dos conceptos “soler” y “frecuentemente” se antoja reiteración, tautología sólo excusable por razones poéticas. Sin embargo, una oportuna nota de la edición que utilizamos -edición que ya fue objeto, por cierto, de un artículo en nuestra bitácora- aclara con harta razón que “il n’y a pas pléonasme : une habitude peut être plus ou moins fréquente”. Y es cierto: hay costumbres más frecuentes que otras, o, dicho de otra manera: costumbre y frecuencia no son sinónimos. [...]

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