De un mural, un friso y un telón

La amenaza que actualmente se cierne sobre teatros y otros espacios culturales de Madrid, y que será objeto mañana de una manifestación ante el Ministerio irónicamente denominado (a la par que sus correspondientes organismos homólogos de la Comunidad y del Ayuntamiento) de Cultura, también tiene otros aspectos menores que corren el peligro de quedar ocultos ante la magnitud del desafuero que supone la destrucción total de unos o la dedicación de otros a actividades descaradamente comerciales.

Al volver, la semana pasada, al Teatro Bellas Artes, la joya de la corona de ese gran animal teatral que fue José Tamayo, echamos de menos con desagradable sorpresa el espléndido, enorme mural de Vicente Viudes (1916-1984) que acogía al espectador con sus bonitas y ensoñadoras escenas y figuras de matriz italiana: toda una alegoría del teatro pintada, en justa coherencia, a modo de precioso decorado. Una suerte de panel negro, del que cuelgan tan numerosos como innecesarios carteles de propaganda de la obra que se representa (¡Mercurio en el templo de Apolo!), ocupa por completo el lugar de la estupenda pintura, que esperamos de todo corazón no haya sido retirada o, peor aún, eliminada. Aunque no hemos encontrado reproducciones del mural, que estará sin embargo en la memoria de todo espectador del Bellas Artes, insertamos abajo, para dar una idea de la belleza de la obra pictórica y escenográfica del recordado pintor murciano, uno de sus decorados, realizado en 1950 para la puesta en escena de El mágico prodigioso, de Calderón.

Vicente Viudes. Escenograf�a para “El mágico prodigioso” de Calderón (1950)

Pero no habían de acabar ahí nuestras cuitas, aquella noche. Al bajar a tomar asiento en nuestra localidad, advertimos que también el bonito friso con figuras y máscaras de la Comedia del Arte italiana que decoraba el ambigú, obra también de Vicente Viudes, se hallaba tapado y casi irreconocible bajo una especie de ridículos visillos.

Ya en la recoleta sala, llegó el colofón en forma de puntilla: el bonito escudo que a sí mismo se dio ese noble caballero del teatro que fue José Tamayo, con su lema «Sobre todo, el corazón», y que descollaba en medio del telón, ha sido eliminado. A modo de raquítica compensación, en una esquina del foyer se han colgado una ridícula placa, alguna fotografía y una pequeña reproducción del emblema que se ha quitado de donde precisamente lo quiso colocar el fundador del Teatro Bellas Artes: en ese simbólico telón detrás del cual estuvo luchando y creando belleza durante más de cincuenta años.

Según leemos en un artículo de hace dos años, firmado por Antonio Lucas para el diario «El Mundo», éste es tan sólo el último acto de una operación de destrucción sistemática del grandioso legado de Tamayo por parte de sus herederos y de sus sucesores al frente de tan emblemático espacio teatral.

Bien sabido es que la ingratitud y la envidia son males radicados de antiguo en el solar hispano, y esta última aún más arraigada en ciertos ambientes que se precian de culturales. No es fácil perdonar, ni siquiera después de muerto, a quien fue el alma del mejor teatro que se representó en España durante más de medio siglo. Gracias a él conoció España el mejor teatro de la vanguardia europea y mundial. Con él pudimos ver representadas por fin con dignidad y belleza hasta entonces inéditas las obras de nuestro incomparable acervo clásico. Por mediación suya y de sus irrepetibles Antologías de la Zarzuela, un género en estado agónico resucitó contra todo pronóstico y conquistó nuevos públicos. Difícil, casi imposible tarea, la de encontrar, entre las gentes del teatro (actores, directores, técnicos, autor, escenógrafos…) de la segunda mitad del siglo XX en España, alguien que no haya colaborado o se haya curtido en el oficio con él. O, sencillamente, que no lo haya admirado (a este respecto, nos permitimos señalar, a quien se acerque por vez primera a la figura de José Tamayo, una entrevista —genial, como cosa suya— que le hizo Francisco Umbral, cuyo título es harto significativo: El teatro o José Tamayo. Ni más ni menos).

Esto es cuanto desde este humilde foto queríamos denunciar, asociándonos a la noble pugna de tantas entidades y personas por salvar un patrimonio del que por dejación, ignorancia o intereses más o menos ocultos o patentes —pero siempre mezquinos— se nos quiere despojar.

~ por eldoctorhache en 03/10/2007.

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