Somos conscientes de lo surrealista que resulta el humano deseo de programar las propias exequias, como si el finado tuviera el don de percibir lo que a su alrededor aconteciera y disfrutar de ello (o subirse por las paredes, según casos). Pero no tiemblen nuestros seres queridos: con tal de que envíen nuestra miserable carcasa a la Facultad de Medicina para experiencia de futuros galenos (¡no tanto por una decimonónica, positivista veneración de la Ciencia, que también, sino en gran parte por miedo insuperable a despertar de una muerte aparente en pleno horno crematorio!), quedan cumplidos y dispensados de toda otra fúnebre obligación para con nuestros tristes despojos.
Lo que sigue y seguirá, si así los dioses lo quieren, en éste y sucesivos artículos de la serie Música para nuestra despedida, cabe más bien concebirlo como un muestrario de melodías que la vida nos ha metido en el hondón del corazón y que nos gustaría que también nuestros seres queridos disfrutaran al recordarnos. Vamos, una suerte de testamento musical (pues música —es decir aire— será prácticamente lo único que podamos dejar) en el que, como en toda testamentaría, lo importante no es el testador, sino la herencia. Aunque igual habríamos podido titular, más sensibleramente, Música que nos hace inevitablemente llorar, o, más vulgarmente, Música que nos pone la carne de gallina.
Una última advertencia: el orden de aparición de las piezas no establece jerarquía alguna entre ellas. Las iremos consignando al compás de lo que la memoria y el azar, ayudados en su caso por Radio Clásica (nuestra radio de cabecera), nos vayan evocando.
Empezaremos por una pieza de Joaquín Turina. Se trata del primer movimiento de su Trío n.º 2, op. 76, en Si menor, para piano, violín y chelo, estrenado en 1933. Tras un brevísimo Lento de tres compases a modo de introducción, surge, en Allegro molto moderato, un tema arrollador, digno de un Franck o de un Brahms, que cantan las cuerdas y sucesivamente el piano. Le seguirán un Allegretto de clásica estampa española de la elegantísima marca de la casa y un Lento de evocador porte andaluz. El movimiento termina recuperando brevemente el Allegro molto moderato y el Allegretto iniciales.
De entre las dos versiones presentes hasta la fecha en YouTube, hemos optado por la siguiente, protagonizada en las cuerdas por Madalyn y Cicely Parnas (el nombre del pianista no aparece en los créditos). Aunque tal vez quepa reprocharles cierta velocidad, su versión nos parece bastante mejor que la del Pittsburgh Piano Trio, lenta hasta la extenuación.
Por nuestra parte, nos permitimos recomendar la versión, editada por el sello Ensayo, que el Trío de Madrid, formado por Joaquín Soriano, Pedro León y Pedro Corostola, grabó en 1982 en el Auditorio Manuel de Falla de Granada, adquirible en el sitio de la Editorial Tritó.






Abril 1, 2008 a las 10:40 pm
Una vez traté de hacer lo mismo una recopilación de canciones para mi funeral, me resulto super complejo, no es fácil ponerle el “soundtrack” a tu propio velorio, pero si es un buen ejercicio reflexivo.
Nos leemos.
Abril 2, 2008 a las 6:57 pm
Estimado Peregrino: Me alegra coincidir contigo en tan fúnebre pero consoladora actividad, que además de ser, como bien dices, un buen ejercicio reflexivo, supongo que será también, o lo pretenderá por lo menos, un compendio de la propia estética y emotividad.
Seguimos leyéndonos.
Abril 12, 2008 a las 11:39 pm
Ser conscientes de nuestra precariedad,a sumir con estoicismo nuestra partida es mucho más inteligente que creer que vivimos para no morir….
Felicidades por meditar y manifestar un “coco” al que normalmente tememos…decir acaso exorcice demonios, acaso los destierre…no se..son buenos intentos…
Abril 13, 2008 a las 6:53 am
Razón tienes en lo que dices. Y respecto a las felicitaciones, se agradecen mucho.
Un saludo muy cordial.