A la sombra del Hospicio

Un reciente artículo de nuestro colega y amigo Enrique Fidel acerca de la historia del antiguo Hospicio madrileño de San Fernando y una característica foto de su celebérrima portada, colgada también recientemente en la galería de Flickr Lyceo Hispánico, y que por gentileza de su administrador Enrique Viola encabeza este artículo, nos han impulsado a escribir algo de lo mucho que significó para nuestra familia tan destacado edificio, uno de los que la mayoría de los turistas se suele «perder» debido a su ubicación algo distante del centro más monumental.

La familia de nuestra abuela materna, perteneciente a la burguesía acomodada, había vivido siempre, desde finales del siglo XIX, en los aledaños de los bulevares (plaza de Santa Bárbara, Caracas, Españoleto) cuando no en los mismos (Sagasta), en casa propia y con gran desahogo. La muerte de mi bisabuelo a los 45 años, acaecida en 1909, dejando a una mujer diez años más joven con cuatro hijas de entre 11 y 4 años y un hijo de días, supuso el principio, si no de la ruina, sí por lo menos de la decadencia. Y ésta se marcó con la mudanza de la familia, a los dos o tres años del óbito del padre, a un piso en alquiler en la calle del Espíritu Santo, al otro lado de esa línea de los bulevares que separaba, en cierta forma, el mundo de la alta burguesía con pufos aristocráticos de calles como Almagro y sus aledañas, de la pequeña burguesía y menestralía que poblaban las simpáticas y coloridas calles que se extienden al sur de Carranza, entre San Bernardo y Fuencarral. Esa casa de Espíritu Santo sería ya, durante todo el siglo XX, la residencia familiar.

También la familia de nuestro abuelo materno se mudó, suponemos que hacia los años veinte, de la plaza de Carlos Cambronero a un bonito piso de la calle Divino Pastor, por lo que unos y otros vivieron siempre, por así decirlo, a la sombra de la impresionante portada churrigueresca que tanto peligro corrió en tiempos de la Ilustración, cuando espíritus por otra parte dignos de toda consideración y aprecio, como el bueno de Antonio Ponz, declararon en nombre del neoclasicismo guerra sin cuartel a los promontorios pétreos o lígneos en los que se había explayado el barroco más desaforado en forma de retablos o de portadas como la del Hospicio, salvándose la nuestra de una destrucción en la que perecieron, por desgracia, muchas otras. Como bien dice Enrique Fidel en su artículo, sobrevivió más tarde la parte que conocemos del edificio gracias a su declaración como monumento nacional en 1919. Y —hecho no por menos conocido menos trascendente— volvió a salvarse en los primeros meses de la República gracias a la intervención de nuestro abuelo materno, el periodista y escritor republicano Luis Hernández Alfonso.

Como es sabido, durante los primeros días del nuevo régimen, grupos de incontrolados cometieron en Madrid toda clase de atentados contra el patrimonio artístico e histórico bajo el pretexto de borrar toda huella simbólica dejada por la no injustamente odiada Monarquía. Se derribaron estatuas como la de Felipe III en la Plaza Mayor, y el propio Miguel Maura narra en sus memorias cómo logró salvar, al pasar con su coche oficial por Alcalá para doblar por Velázquez, la soberbia efigie ecuestre de Espartero, a la que unos cuantos bárbaros, desconocedores por supuesto del talante liberal del que fue regente de España, tenían ya amarrada con cables y se disponían a derribar.

La casa de nuestro bisabuelo, el jurista levantino Luis Hernández Rico, en Divino Pastor, 9 duplicado (11 actual) era también la sede de la formación política por él fundada, el Partido Republicano Presidencialista de España y la redacción del órgano de las Juventudes de éste, El Presidencialista, dirigido precisamente por su hijo, Hernández Alfonso. La mayor parte de los afiliados de la modesta pero emprendedora formación eran estudiantes de la Universidad Central y abogados, periodistas y escritores, en su gran mayoría muy jóvenes.

En uno de esos días convulsos, estando nuestro abuelo en la redacción del períodico, llegó noticia que algunos grupos de fanáticos se estaban congregando alrededor del Hospicio y de la cercana parroquia de los Santos Justo y Pástor, antigua iglesia del convento de las Maravillas, con la intención de prender fuego a ambos edificios. Junto con los correligionarios que estaban en ese momento en la redacción y sede del Partido, y mandando recado a otros que vivían en los aledaños, acudió rápido nuestro abuelo a uno y otro sitio, haciendo valer su probada ejecutoria republicana (no en vano había dado con sus huesos en la cárcel en varias ocasiones bajo la Dictadura, y la última sólo unos meses antes en la Modelo a raíz del intento de Jaca) para que los supuestos compañeros de ideales políticos depusieran su actitud. Parece ser que la elocuencia de Hernández Alfonso y el número de jóvenes presidencialistas dispuestos a defender los dos edificios amenazados acabaron por hacer mella en el ánimo exaltado de aquellos incendiarios, salvando así dos joyas de la arquitectura madrileña (además del San Diego de Zurbarán que aún hoy conserva la recoleta iglesia de la calle de la Palma).

Nos contaba nuestro abuelo un detalle del salvamento del Hospicio por parte de los presidencialistas. El que parecía ser el jefe de filas de los iconoclastas, para motivar su purificadora labor, le señaló los escudos, timbrados por real corona, que adornan cada uno de los balcones de la planta superior del Hospicio. Cuando Luis Hernández le hizo ver que se trataba (y así es, en efecto) de los escudos de las diferentes tierras y regiones que integran España, y comenzó a decirles a qué reino pertenecía cada uno, cundió el desánimo entre la turba incendiaria —rompeolas como Madrid de todas las Españas—, pues ¿cómo iba a tolerar cada uno que se quemara el escudo de su respectiva tierra?

Y así se salvó, una vez más, el Hospicio, y con él su primorosa y sorprendente portada, joya del barroco madrileño.

9 comentarios para “A la sombra del Hospicio”

  1. inthesity Dice:

    Me encanta cuando cuentas esta historias de la vida de Madrid. Cada vez que pienso en todo lo que ha desaparecido y no sólo en aquellos años sino en tiempos mucho más recientes me entra la depresión ¿porqué no han quedado hombres como tu abuelo materno en los despachos de urbanismo?

  2. Angel Olavide Dice:

    Una historia de heroes civiles tan desconocida como ejemplar. Cada vez que pase por Fuencarral seguro que me vendrán esas escenas tan bien relatadas por ti a la memoria.

  3. Enrique Fidel Dice:

    Bonita historia y muy bien contada. De nuevo, felicidades. Y gracias por la cita.
    Saludos.

  4. eldoctorhache Dice:

    Inthe: Muchas gracias por tu opinión. Y a tu pregunta creo que, en España, nunca han sobrado personas como mi abuelo en los despachos de urbanismo, que han sido (y son: a los hechos madrileños me remito) más bien cuevas de ladrones y templos de corrupción.

    Ángel: Yo no puedo pasar por allí sin fijarme en los escudos, que, hábilmente ayudados y con su miaja de suerte, salvaron, en su pequeñez, todo el edificio y su maravillosa portada.

    Enrique: Gracias a ti por tu estima y felicitación. Por mi parte, espero con impaciencia lo de la maqueta. Si en algo puedo ayudar, ya sabes dónde estoy.

    Un saludo muy cordial y agradecido a los tres.

  5. Enrique Viola Dice:

    Una historia emocionante y ejemplar, y muy bien hilada, porque la historia de ese edificio (y los de media España) no se pueden comprender sin episodios como la oleada antibarroca de la Ilustración o la Desamortización,

    Pedro de Ribera y otros representantes del barroco madrileño dieciochesco debieran ser rehabilitados y mejor conocidos, pues su estilo barroco castizo es propiamente un estilo nacional y popular, religioso pero no clerical, y -por encima de todo- festivo y alegre. Tal vez el episodio más sorpredente de la vida de Gaudi es su deseo de realizar una iglesia barroca en Madrid.

  6. Enrique Viola Dice:

    Una historia muy emocionante y muy bien contada. Es bueno remontarse hasta los orígenes, hacia esos ‘ilustrados’ que derribaron o lijaron soberbios acantilados de desafuero barroco. Un reconocimiento hacia esos republicanos cívicos que recibieron tortas por todos los lados (y que en mi purita opinión personal fueron los grandes perdedores de la guerra) y hacia esos arquitectos del barroco castizo madrileño, un estilo que, por encima de todo, es festivo y alegre.

    Habría que investigar esa última estima de Gaudí por el barroco, su deseo de construir en Madrid una iglesia en ese estilo.

  7. eldoctorhache Dice:

    Gracias por tu aprecio, Enrique, y muy contento de verte por aquí. Conste que esos ilustrados españoles, en lo demás, me merecen el mayor de los respetos y una gran admiración. Hicieron mucho e idearon aún más para poner a un país atrasado y dominado por la superstición y la ignorancia en línea con los tiempos. Y, muy al contrario que sus homónimos franceses, a los que por otra parte admiraron, supieron adaptar sabiamente los postulados de las Luces al alma hispánica, conjugándolos con un catolicismo nunca renegado pero con un acusado carácter social, hasta el punto que más de un obispo formó entre sus rangos.
    Lo de los republicanos que como tales perdieron doblemente la guerra, recibiendo tortas de ambos lados, es otra verdad como un templo. A mi abuelo le cupo el no envidiable honor, pero sí admirable, de formar parte de tan sufrida categoría, precisamente por su hombría de bien.
    Desconocía el anhelo madrileño de Gaudí por construir una iglesia en Madrid. Tendré que investigarlo, pues aunque no me atraen en demasía su obra y aún menos su figura (sin dejar por eso de reconocer su grandeza, importancia y genialidad, que son cosas distintas), ese detalle que mencionas me llena de curiosidad, que tal vez podrías contribuir a satisfacer, si no es mucho pedir.
    Gracias por tu aportación y un saludo muy cordial.

  8. Enrique Viola Dice:

    De Gaudí y el barroco una vez leí que cuando le enseñaban la catedral de Manresa sus guías ponían toda la atención en los retablos góticos mientras pasaban de largo ante los barrocos. El arquitecto hacía todo lo contrario.
    No me acuerdo de que libro era, pero en ese mismo pasaje se le hacía decir a Don Antonio (o Antoni me da lo mismo) que nunca le encargarían una iglesia en Madrid, pero que si lo hicieran no la haría gótica sino barroca.
    En el famoso Ars Hispaniae, en el tomo del barroco, su autor, Kubler, pone de vuelta y media el estilo, pero no deja de reconocer que el arco parabolico art-nouveau aparece en el Transparente de la catedral de Toledo o que el ventanal central del Obradoiro anticipa soluciones del siglo XIX.
    De nuestra guerra civil habría que clarificar el papel de esas familias como la de tu abuelo que trajeron la república a España y que el 19 de Julio ya habían perdido la guerra. Un grupo de gente, mucha de ellas adinerada y de buena familia, que igual votaba a la CEDA o a Melquiades Álvarz, pero que esperaba más del cambio del régimen.

  9. eldoctorhache Dice:

    Gracias por la aclaración, Enrique, y la ampliación de información. De que Gaudí amara el Barroco, no cabe duda, y tampoco de que éste sea el estilo que mejor define a Madrid, que posee un buen número de edificios, principalmente religiosos, pertenecientes a ese estilo y que albergan a su vez gran número de retablos, tallas y pinturas de esa misma escuela.

    Con Kubler, a quien le reconozco inmensa competencia en materia artística, no puedo coincidir, sin embargo, no sólo, como es natural, en su desprecio del Barroco, sino también en su interpretación del arco del Transparente de la catedral de Toledo como adelanto del Art Nouveau: ¿no será más bien los arquitectos de este último estilo los que se inspiran en hallazgos del Barroco como el portentoso de Tomé? La misma admiración de Gaudí por este estilo permite pensarlo.

    Coincido contigo en pleno, aunque mi abuelo, como hombre de izquierdas que fue, jamás habría votado a una formación como la CEDA. Pero sí que esperaba, como tantos otros a los que te refieres, mucho más del cambio de régimen que lo que efectivamente llegó. Y sus artículos, que voy colgando en la bitácora de Los Hernández conforme los voy encontrando en las hemerotecas, lo confirman.

    Gracias por tu comentario, tan rico en motivos de reflexión.

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