La convivencia
«Los hombres tienden siempre a estimar sobremanera sus ideas, sus creencias, sus apetitos y sus temores y a desestimar en la misma medida los del prójimo. La tendencia más primordial y más tenaz del corazón y de la mente consiste en imponer lo que es nuestro a costa de lo que nos es ajeno; quien piensa que la sociedad tiene que hallarse regida de un modo, quiere que sea así y los demás se allanen a su pensamiento; el que cree en un Dios con éstos o los otros atributos, que impone ésta o las otras formas de comportamiento humano, pretende imponérselo a los demás, no tanto para que los demás se salven como para salvarse él mismo. Si cada cual se dejase llevar de estos sentimientos primarios y otros más oscuros, no habría convivencia real ni imaginable y andaríamos por la tierra huyendo los unos de los otros o sometidos los débiles a los más fuertes, con la obligación de asentir y guardar silencio».
Emiliano Aguado
La República, último disfraz de la Restauración
Editora Nacional, Madrid 1972, pág. 96









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