Jaiku de la vida nueva

Octubre 20, 2007

 

¡La vida nueva!

Bautizo antiguos sitios

con tu presencia.

 

 

Madrid, 20 de octubre de 2007


Bucólicas II

Noviembre 26, 2006

- Tabúes. Era tabú, por lo menos en colegios religiosos y en ediciones escolares, esta segunda égloga por aquello que desde el primer verso enuncia la voz del narrador y que es el tema de toda la composición: la ardiente atracción que sobre el pastor Coridón ejerce el hermoso esclavo Alexis: Formosum pastor Corydon ardebat Alexim (v. 1). Y pocos versos antes del final será el propio Coridón quien confiese la naturaleza y los efectos de su atracción: Me tamen urit amor (”Y a mí el amor me abrasa”, mejor que el prosaico quema de Riber, v. 67).

- Escena estival. En esta bucólica, ambientada en Sicilia, los rigores del estío mediterráneo sustituyen a las nieblas mantuanas de la primera. Hermosísima, diríamos casi fotográfica, la descripción del campo a mediodía mediante tres imágenes encadenadas: Nunc etiam pecudes umbras et frigora captant, / nunc virides etiam occultant spineta lacertos, / Thestylis et rapido fessis messoribus aestu / allia serpyllumque herbas contundit olentes (”Busca ahora el ganado la sombra y la frescura; ocultan los lagartos verdes ahora las cambroneras, y la criada Téstilis, en la violencia del calor, para los cansados segadores, maja cebolla, y sérpol, y fragantes hierbas”, vv. 8-11). A ellas se añade una cuarta imagen, evocada por la queja del defraudado amante: At me cum raucis, tua dum vestigia lustro, / sole sub ardenti resonant arbusta cicadis (”Y, en cambio, para mí, cuando voy a la zaga de tus huellas, bajo el sol quemante ardiente [¡qué manía la de Riber de quemarlo todo!] resuena en los arbustos la ronca canción de las cigarras”, vv. 12-13).

- Trahit sua quemque voluptas. Este hemistiquio pasó en proverbio: “A cada cual arrastra su contento” (v. 65). Tras haber ilustrado con ejemplos esta condición universal recurriendo a imágenes habituales de su vida de pastor (”la torva leona persigue al lobo; el lobo persigue la cabrilla y la lúbrica -corregimos el timorato ligera de Riber- cabrilla persigue el cantueso en flor”, vv. 63-64), Coridón confiesa de manera explícita hacia qué objeto lo arrastra su placer, hablando de sí en tercera persona: Te Corydon, o Alexi! (”Y Coridón va en pos de ti, oh Alexis”, v. 64). Y concluye elevando inductivamente las observaciones y la experiencia propia a principio universal y filosófica sentencia.


Los lobos en invierno

Octubre 25, 2006

Ante la demanda de algunos lectores (y sin embargo amigos) como @ y omanero que han leído nuestro artículo titulado Un par de reflexiones sobre la vida a dos y desean acceder al texto completo del artículo de Rosa Montero que en él extractábamos, publicado en “El País Semanal” del 15 de enero de este año, copiamos seguidamente el mismo, que en verdad, como suele decirse, no tiene desperdicio. Y de paso nos lo releeremos nosotros también, pues hoy nos sentimos particularmente necesitados de hacerlo:

“Acabo de leer El simple arte de escribir, de Raymond Chandler (Emecé), un libro fascinante pese a no ser más que la recopilación de un puñado de sus cartas personales. Chandler era un neurótico, un misántropo que vivió una existencia desarraigada y rara. En 1924 se casó con Cissy. Él tenía 36 años, ella 53. Pero Raymond probablemente no supiera por entonces que su flamante esposa le llevaba diecisiete años, porque Cissy había alterado sus documentos y se había quitado una década. Con Cissy al lado, Chandler prosiguió su vida errática y llena de altibajos: en 1932, por ejemplo, el escritor perdió su empleo en una compañía petrolera por alcoholismo. Para 1946, sin embargo, se había hecho rico trabajando en Hollywood y su personaje, el detective Phillip Marlowe, era famoso en todo el mundo.

Pero la fama y el dinero, como dicen los cuentos ejemplares, no siempre proporcionan la felicidad. En diciembre de 1954 falleció Cissy, a los 84 años, tras una larga y cruel decadencia física. Las cartas que se refieren a su muerte son lo más conmovedor de este libro espléndido: “Ella fue todo lo que usted dice y más. Fue el latido de mi corazón durante treinta años. Fue la música oída apenas en el borde del sonido. Mi gran pesar, ahora inútil, es no haber escrito nunca nada realmente digno de su atención, ningún libro que pudiera dedicarle. Lo planeé. Lo pensé. Pero nunca lo escribí”, le dice, por ejemplo, al director literario de The Sunday Times, en respuesta a un mensaje suyo de pésame.

Y a su editor británico le escribe: “Durante treinta años, diez meses y dos días fue la luz de mi vida, mi única ambición. Todo lo demás que hice fue para alimentar el fuego en el que ella pudiera calentarse las manos. Es todo lo que puedo decir”. Dos meses más tarde, Chandler intentó suicidarse. A partir de entonces malvivió en una espiral de alcohol y depresión, residiendo en tristes cuartos de hotel y arrastrando una vida miserable hasta su muerte en 1959.

Bien, supongo que esto es el amor. El verdadero amor. ¿Y en qué consiste? En algo muy raro, muy indefinible, muy indecible… En esa música apenas oída en el borde del sonido. Desde luego no parece tener nada que ver con la tópica interpretación de la palabra amor: pasiones desatadas, sexo furioso, embelesado disfrute de la compañía del amado. En el resto de las cartas de Chandler, y el libro recoge textos desde los años treinta, Cissy apenas aparece (salvo al final, cuando enferma) y se diría que el escritor es un hombre bastante ensimismado. Tras la muerte de su esposa, en cambio, Chandler ofrece un retrato de su matrimonio tan romántico, perfecto e hiperbólico que uno no puede creérselo de ningún modo. En cuanto a esa frase que antes he citado, “mi gran pesar es no haber escrito nunca nada realmente digno de su atención”, ¿no resulta incluso un poco ominosa, si se piensa bien? ¿Tal vez ella le ninguneó de alguna manera, quizá le hizo sentir que su obra no tenía la suficiente altura literaria?

Esto no es más que una hipótesis probablemente descabellada, pero estoy segura de que, en esos treinta años de convivencia, Raymond y Cissy no estuvieron comiendo perdices durante todo el tiempo. Seguro que se enfadaron, que discutieron, que se hirieron. Quizá incluso se enamoraron de otros, y probablemente hubo momentos en los que se odiaron. La vida es así. La convivencia es así. Una larga travesía llena de accidentes. Tal vez sea precisamente esa travesía lo que termine uniendo a las personas. Es la construcción de un pasado común, de una vida a dos. Es el recuerdo de los instantes dulces, pero también, y quizá sobre todo, la superación de los malos momentos. Cuando, tras la muerte de Cissy, Chandler describe su matrimonio como algo perfecto, quizá esté dando una de las claves del éxito sentimental: uno sigue amando si insiste en amar, si decide seguir queriendo al otro, si persevera en ello pese a todo. Es algo muy obvio, pero con frecuencia lo olvidamos.

Las razones por las que perdura una pareja siempre son un enigma. Cada cual hace lo que puede con su vida emocional, y por lo general podemos poco. Creo que puedo entender el amor de Chandler, basado, como el de todos, en la extrema necesidad. Entiendo el aislamiento del escritor, su incapacidad para relacionarse con los demás, su desarraigo. Y esa vida a veces infernal, pero, cuando menos, vivida en compañía. Como lobos que entrecruzan su aliento en el cubil y que se calientan mutuamente en la helada soledad de un largo invierno”.


Amatoria

Agosto 10, 2006

 

AMATORIA

(Jaikai)

 

A  J. P. M.

 

Llego y te has ido.

Tan sólo tu abanico,

brisa de lirios.

 

 

En el ventalle

han cifrado misterios

tus manos de ángel.

 

 

Ola y orilla:

irremediablemente,

vidas unidas.

 

 

Otro ideograma:

tu nombre con mi nombre,

pájaro en rama.

 

 

Luna en mi estanque…

Lejana te creía

¡y estás delante!

 

 

Mi aire en tu nuca.

Te encoges y estremeces,

¡pero te gusta!

 

 

Hay tantos besos…

Murmullo en la enramada

los que más quiero.

 

 

¡Y sólo tuyos!

Mis labios y tu boca,

bueyes y yugo.

 

 

 

Pablo Herrero Hernández
Madrid, 28 de mayo de 2004

 

 

 

 


Obras de Muñoz Seca (1)

Agosto 6, 2006

No es frecuente encontrar, entre las numerosísimas obras que Muñoz Seca escribió, una comedia dramática. El último pecado, publicada en 1921 en el nº 624 de la colección “Los Contemporáneos”, dirigida por Augusto Martínez Olmedilla, constituye en este sentido una excepción. Y, aunque la obra rinde tributo -como no podía ser menos- a cierto sentimentalismo aún muy de la época, su lectura nos ha dejado una agradable sensación. Leer el resto de esta entrada »


Un par de reflexiones sobre la vida a dos

Enero 19, 2006

Muy acertada Rosa Montero, en El País Semanal del pasado día 15 de enero, en su artículo sobre la vida en pareja de Raymond Chandler y Cissy. “No estuvieron comiendo perdices todo el tiempo. Seguro que se enfadaron, que discutieron, que se hirieron. Quizá incluso se enamoraron de otros, y probablemente hubo momentos en los que se odiaron [...]. La convivencia es así. Una larga travesía llena de accidentes. Tal vez sea precisamente esa travesía la que termine uniendo a las personas. Es la construcción de un pasado común, de una vida a dos. Es el recuerdo de los instantes dulces, pero también, y quizá sobre todo, la superación de los malos momentos [...]. Uno sigue amando si insiste en amar, si decide seguir queriendo al otro, si persevera en ello pese a todo…”.

Gran verdad, especialmente esta última reflexión, que ciñe y vincula algo aparentemente tan involuntario como el amor a la decisión, a la determinación: a la voluntad, en definitiva. Y esto no puede menos de traernos a la mente una analogía con la actitud que los grandes espíritus religiosos de todas las tradiciones, épocas y latitudes han llevado a la práctica y enseñado en relación con otra realidad también pretendidamente involuntaria y “etérea” como la fe. Enseñan ellos que querer creer ya es querer, y algo análogo debe suceder -aventuramos- con el amor.

Insistir en amar, decidir seguir amando, perseverar en el amor. ¡Es tanto lo que depende de nosotros! “Y esa vida a veces infernal, pero, cuando menos, vivida en compañía. Como lobos que entrecruzan su aliento en el cubil y que se calientan mutuamente en la helada soledad de un largo invierno”.