Junio de 2008

Junio 1, 2008

Castillo de la Mota - Medina del Campo

Dejando por un momento su interés por la naturaleza de su hermosa tierra castellana, Blanca Gallego nos propone para este mes de junio recién estrenado una mirada a uno de los monumentos más representativos de la misma: el célebre castillo de la Mota en Medina del Campo.

Que su belleza nos acompañe durante todo este mes.


A la sombra del Hospicio

Mayo 27, 2008

Un reciente artículo de nuestro colega y amigo Enrique Fidel acerca de la historia del antiguo Hospicio madrileño de San Fernando y una característica foto de su celebérrima portada, colgada también recientemente en la galería de Flickr Lyceo Hispánico, y que por gentileza de su administrador Enrique Viola encabeza este artículo, nos han impulsado a escribir algo de lo mucho que significó para nuestra familia tan destacado edificio, uno de los que la mayoría de los turistas se suele «perder» debido a su ubicación algo distante del centro más monumental.

La familia de nuestra abuela materna, perteneciente a la burguesía acomodada, había vivido siempre, desde finales del siglo XIX, en los aledaños de los bulevares (plaza de Santa Bárbara, Caracas, Españoleto) cuando no en los mismos (Sagasta), en casa propia y con gran desahogo. La muerte de mi bisabuelo a los 45 años, acaecida en 1909, dejando a una mujer diez años más joven con cuatro hijas de entre 11 y 4 años y un hijo de días, supuso el principio, si no de la ruina, sí por lo menos de la decadencia. Y ésta se marcó con la mudanza de la familia, a los dos o tres años del óbito del padre, a un piso en alquiler en la calle del Espíritu Santo, al otro lado de esa línea de los bulevares que separaba, en cierta forma, el mundo de la alta burguesía con pufos aristocráticos de calles como Almagro y sus aledañas, de la pequeña burguesía y menestralía que poblaban las simpáticas y coloridas calles que se extienden al sur de Carranza, entre San Bernardo y Fuencarral. Esa casa de Espíritu Santo sería ya, durante todo el siglo XX, la residencia familiar.

También la familia de nuestro abuelo materno se mudó, suponemos que hacia los años veinte, de la plaza de Carlos Cambronero a un bonito piso de la calle Divino Pastor, por lo que unos y otros vivieron siempre, por así decirlo, a la sombra de la impresionante portada churrigueresca que tanto peligro corrió en tiempos de la Ilustración, cuando espíritus por otra parte dignos de toda consideración y aprecio, como el bueno de Antonio Ponz, declararon en nombre del neoclasicismo guerra sin cuartel a los promontorios pétreos o lígneos en los que se había explayado el barroco más desaforado en forma de retablos o de portadas como la del Hospicio, salvándose la nuestra de una destrucción en la que perecieron, por desgracia, muchas otras. Como bien dice Enrique Fidel en su artículo, sobrevivió más tarde la parte que conocemos del edificio gracias a su declaración como monumento nacional en 1919. Y —hecho no por menos conocido menos trascendente— volvió a salvarse en los primeros meses de la República gracias a la intervención de nuestro abuelo materno, el periodista y escritor republicano Luis Hernández Alfonso.

Como es sabido, durante los primeros días del nuevo régimen, grupos de incontrolados cometieron en Madrid toda clase de atentados contra el patrimonio artístico e histórico bajo el pretexto de borrar toda huella simbólica dejada por la no injustamente odiada Monarquía. Se derribaron estatuas como la de Felipe III en la Plaza Mayor, y el propio Miguel Maura narra en sus memorias cómo logró salvar, al pasar con su coche oficial por Alcalá para doblar por Velázquez, la soberbia efigie ecuestre de Espartero, a la que unos cuantos bárbaros, desconocedores por supuesto del talante liberal del que fue regente de España, tenían ya amarrada con cables y se disponían a derribar.

La casa de nuestro bisabuelo, el jurista levantino Luis Hernández Rico, en Divino Pastor, 9 duplicado (11 actual) era también la sede de la formación política por él fundada, el Partido Republicano Presidencialista de España y la redacción del órgano de las Juventudes de éste, El Presidencialista, dirigido precisamente por su hijo, Hernández Alfonso. La mayor parte de los afiliados de la modesta pero emprendedora formación eran estudiantes de la Universidad Central y abogados, periodistas y escritores, en su gran mayoría muy jóvenes.

En uno de esos días convulsos, estando nuestro abuelo en la redacción del períodico, llegó noticia que algunos grupos de fanáticos se estaban congregando alrededor del Hospicio y de la cercana parroquia de los Santos Justo y Pástor, antigua iglesia del convento de las Maravillas, con la intención de prender fuego a ambos edificios. Junto con los correligionarios que estaban en ese momento en la redacción y sede del Partido, y mandando recado a otros que vivían en los aledaños, acudió rápido nuestro abuelo a uno y otro sitio, haciendo valer su probada ejecutoria republicana (no en vano había dado con sus huesos en la cárcel en varias ocasiones bajo la Dictadura, y la última sólo unos meses antes en la Modelo a raíz del intento de Jaca) para que los supuestos compañeros de ideales políticos depusieran su actitud. Parece ser que la elocuencia de Hernández Alfonso y el número de jóvenes presidencialistas dispuestos a defender los dos edificios amenazados acabaron por hacer mella en el ánimo exaltado de aquellos incendiarios, salvando así dos joyas de la arquitectura madrileña (además del San Diego de Zurbarán que aún hoy conserva la recoleta iglesia de la calle de la Palma).

Nos contaba nuestro abuelo un detalle del salvamento del Hospicio por parte de los presidencialistas. El que parecía ser el jefe de filas de los iconoclastas, para motivar su purificadora labor, le señaló los escudos, timbrados por real corona, que adornan cada uno de los balcones de la planta superior del Hospicio. Cuando Luis Hernández le hizo ver que se trataba (y así es, en efecto) de los escudos de las diferentes tierras y regiones que integran España, y comenzó a decirles a qué reino pertenecía cada uno, cundió el desánimo entre la turba incendiaria —rompeolas como Madrid de todas las Españas—, pues ¿cómo iba a tolerar cada uno que se quemara el escudo de su respectiva tierra?

Y así se salvó, una vez más, el Hospicio, y con él su primorosa y sorprendente portada, joya del barroco madrileño.


La música vuelve a su palacio

Mayo 23, 2008

Palacio de la Música

Por una vez, y sin que sirva de precedente, nos llega una buena noticia relacionada con el patrimonio artístico y cultural de este sufrido Madrid. Conjurando temores harto justificados de una venta de la actual sala cinematográfica a unos grandes almacenes, temores de los que nos hicimos eco en su día en estas mismas páginas, la Fundación Cajamadrid ha comprado, según noticia de estos días, el hermoso edificio de Zuazo para que vuelva a cumplir su misión original de sala de conciertos.

Ahora hará falta una gestión inteligente, junto con una programación atractiva, para que los madrileños volvamos a acudir a la Gran Vía a escuchar buena música, servida por los mejores directores y solistas, como fue habitual hasta bien entrados los años cincuenta. La Fundación compradora, cuya labor cultural la hace benemérita, posee en principio todos los recursos económicos y humanos necesarios para que se haga realidad esta vuelta del emblemático edificio situado en el ecuador de la Gran Vía a su función original.

El primer paso ya está dado. Y los gatos enamorados de la buena música y de la buena arquitectura estamos de enhorabuena. ¡Ahí es nada, volver a escuchar a Brahms, a Falla o a Chaikovsky en plena Gran Vía, cuando ya pensábamos que la única música que podríamos escuchar en la antaño prestigiosa arteria, hoy reducida en gran parte de su recorrido a hábitat de pícaros y hampones, era la enlatada de ñoños musicales de tres al cuarto!


De la belleza hecha azulejo

Diciembre 28, 2007

Nuestro buen amigo Tono Giménez Ayora, gran conocedor y divulgador de las bellezas de Valencia y excelente fotógrafo de todo lo curioso y destacable que dicha ciudad encierra, ha logrado acceder a un espacio privado en el que se oculta un conjunto artístico e iconográfico de primera magnitud, que a nuestro humilde juicio bastaría por sí solo, de ser público, para justificar más de una visita a la Capital del Turia.

Se trata de un antiguo hospital para sacerdotes pobres, actual residencia sacerdotal, que se remonta al siglo XVII y que conserva la celda donde, según tradición, murió el dominico San Luis Beltrán, santo —dicho sea de paso— que nos resulta particularmente simpático no desde luego por las espeluznantes penitencias, terribles asperezas y peregrinos milagros que nos narran sus biografías, sino por llevar su nombre nuestro abuelo materno, el escritor y traductor Luis Hernández Alfonso (1901-1979), nacido en Buñol, localidad valenciana de la que el santo misionero es precisamente patrono.

El edificio encierra en sus diferentes ambientes un conjunto de azulejería —muy bien conservado, por cierto— de enorme importancia tanto desde el punto de vista ornamental como bajo el perfil histórico e iconográfico. Si bien parcialmente estudiado por algunos tratadistas del barroco valenciano, el carácter privado del edificio que lo alberga ha mantenido hasta ahora semejante patrimonio artístico al margen de la atención del grueso de los estudiosos y de la contemplación del buen aficionado a las bellas artes.

Invitamos, pues, a nuestros lectores a conocer algunas de sus bellezas gracias a las espléndidas fotos de Tono Giménez Ayora (que pueden ampliarse, gracias a los recursos de Flickr, hasta límites insospechados prácticamente sin merma de la calidad de la imagen). Por nuestra parte, y gracias a la amabilidad del autor, hemos consignado algún que otro comentario explicativo a determinadas imágenes, en un work in progress colaborativo que esperamos coseche el agrado de cuantos nos honran con su lectura. Para acceder al conjunto fotográfico, pueden seguir el hipervínculo: Residencia San Luis Beltrán.

No creemos exagerar (y el lector, en su caso, nos lo confirmará) al afirmar que nos hallamos ante uno de los más completos y mejor conservados conjuntos de azulejería subsistentes en España.


Escolio gráfico sobre la antigua Ceca de Madrid

Diciembre 7, 2007

En su magnífica bitácora titulada Urban Idades, nuestro amigo Enrique nos ilustra con amenidad y precisión parejas sobre el pasado y el presente urbanístico y arquitectónico de este Madrid de nuestros pecados (o, por mejor decir, de los pecados de nuestros sucesivos ayuntamientos y munícipes). De sus más recientes artículos, invitamos hoy a nuestros lectores interesados por temas madrileños a no perderse los dos dedicados a la antigua Casa de la Moneda de Madrid, ubicada en la calle de Segovia, y a sus avatares, tan ligados a la construcción del primer Viaducto que cruzaba dicha vía. Son sus respectivos títulos Arquitecturas perdidas VI: el Viaducto, la «Casa del Pastor» y otras casas y Antigua Casa de la Moneda de Madrid (2ª parte).

Como pequeña contribución a la labor investigadora de nuestro colega, nos permitimos aportar la documentación gráfica que constituye el plano correspondiente a la manzana nº 139, ocupada por la Casa de la Moneda, tomado de la Planimetría General de Madrid levantada a mediados del siglo XVIII con fines principalmente recaudatorios relacionados con la regalía de aposento, y que constituye un documento de inapreciable interés por muchos conceptos (es posible ampliar la imagen pulsando el cursor sobre ella).

Manzana nº 139 - Planimetr�a General de Madrid

La finca marcada con el nº 3 corresponde a la Casa de la Moneda, con fachada a la calle de Segovia, y ocuparía más tarde el nº 23 en la nueva numeración por calles que sustituyó en el siglo XIX a la antigua por manzanas. Sus medidas, expresadas aquí en pies, se corresponden con gran aproximación a las que se citan en metros en el Boletín de ventas de bienes nacionales de 1883 que cita nuestro compañero: «Una casa en esta Corte y su calle de Segovia, señalada por el núm. 23 moderno, 3 antiguo de la manzana 139, conocida por la antigua Casa de Moneda y, procedente del Estado. Su línea de fachada a la calle de Segovia mide 48 metros y 80 centímetros, situada al Norte; la medianería de la derecha se compone de dos líneas que miden, la primera 12 metros y 50 centímetros, y la segunda 37 metros y 20 centímetros, formando entre sí un pequeño quebranto, situada al poniente, y linda con un solar cercado del Estado, y señalado con el núm. 25 de la calle de Segovia; la medianería de la izquierda 42 metros y 10 centímetros, situada al Oriente, y linda con la cuesta de los Caños Viejos, hoy jardinillos plantados por el Excmo. Ayuntamiento debajo del viaducto que atraviesa la calle de Segovia, y el testero que cierra el sitio se compone de tres líneas que miden, la primera 18 metros, la segunda, 22 metros y 80 centímetros y, la tercera, dos metros, situada al Sur y, linda con el terreno denominado la Montaña».

Lo mismo cabe observar respecto a la otra finca del Estado puesta a la venta con la misma ocasión, correspondiente al nº 2 de la manzana y al nº 25 de la calle: «Un solar procedente del Estado, sito en esta Corte y su calle de Segovia, núm. 25, que tiene su fachada a la expresada calle, en una línea recta que mide nueve metros 32 centímetros, situada al Norte; la línea de la derecha mide 38 metros 85 centímetros, situada a Poniente, y linda con la casa núm. 27 de la misma calle, propia de D. Vicente Rodríguez y hermanos, la línea de la izquierda, situada a Oriente, linda con la casa señalada con el núm. 23 de dicha calle, propiedad del Estado, titulada Casa antigua de la Moneda; se compone de dos líneas, que miden la primera, a partir de la fachada, 14 metros 79 centímetros, y la segunda de 23 metros y 89 centímetro; el testero que cierra el sitio mide nueve metros 80 centímetros, situado al Sur, y linda con el terreno denominado la Montaña; las expresadas líneas forman un polígono que, medido geométricamente, comprende una superficie de 361 metros 97 centímetros, equivalentes a 4.662 pies y 30 décimos de otro; este solar se halla cerrado por las dos medianerías de las casas colindantes derecha e izquierda; la fachada por donde tiene su entrada por unas puertas cocheras, tiene un muro de cerramiento de fábrica de ladrillo con un zócalo de dos hiladas de piedra berroqueña, y en el testero otro muro de cerramiento de cascote con algunos puntos de ladrillo».


La arquitectura que escucha al paisaje

Noviembre 10, 2007

Magma Arte & Congresos. Autor: Felipe Artengo, Fernando Menis, José Mar�a Pastrana

Ánimos da, frente a la desazón que nos produce la obra estandarizada de tanto arquitecto estrella y endiosado al sueldo de administraciones tan cursis como ignorantes, saber de la labor de otros profesionales de la Arquitectura realmente preocupados por vincular cada realización con el lugar y el entorno de su emplazamiento. Es el caso de los arquitectos canarios Felipe Artengo y José María R. Pastrana, cuya obra ha merecido un interesante artículo-entrevista de Anatxu Zabalbeascoa en el suplemento cultural Babelia de «El País» de hoy.

Entresacamos algunos pensamientos de estos dos arquitectos:

Nuestra arquitectura responde al paisaje [...] [Un lugar] no es sólo la ubicación física. Un lugar es todo lo que hay en él. Contiene memoria, un clima, una topografía. Por eso de ahí surge todo el proyecto. Físicamente, a veces la arquitectura se camufla en un lugar. Otras lo potencia.

De nuestra arquitectura dicen que es matérica, tectónica o brutalista. Pero nadie dice lo que en verdad sucede, y es que responde al contexto. Y los contextos varían. Por eso no se puede hacer lo mismo en un contexto urbano que en plena naturaleza.

El Estudio AMP por ellos fundado trabaja preferentemente con materiales como la madera, la piedra y el hormigón, que «envejecen bien porque cambian». El uso en particular del hormigón texturado les permite conseguir que un material industrial parezca autóctono, «porque lo manipulamos para que se haga con el sitio. Empleamos el árido de la excavación para darle color o texturas».

Una atractiva concepción de la arquitectura, la de Artengo y Pastrana, que nos recuerda, por su respeto al entorno, la de otro artista como Andy Goldsworthy, cuya última instalación ya puede contemplarse (y vivirse) en el Palacio de Cristal del madrileño Parque del Retiro.

Para acceder al artículo completo sobre Artengo y Pastrana: La arquitectura que escucha al paisaje.


El modelo Lerner y el modelo Calatrava

Octubre 30, 2007

En una interesante entrevista que publicaba ayer «El País», el arquitecto y urbanista brasileño Jaime Lerner da algunas pistas, a nuestro juicio muy acertadas, sobre lo que tiene y no tiene que ser una ciudad del siglo XXI. Extraemos algunos párrafos con los que nos encontramos particularmente de acuerdo:

- Las grandes obras viarias, autopistas o túneles son la manera más rápida de cambiar un punto de congestión por otro.

- [El turismo] sólo es bueno si lo es para los habitantes de la ciudad. Y un parque temático es lo peor que les puede pasar. Más vale la gracia de la imperfección que la perfección sin gracia. Las divisiones temáticas desintegran la ciudad [...] No se puede dividir una ciudad en apartados de vivienda, ocio, trabajo…

Si la primera observación le viene como anillo al dedo al Madrid de Álvarez del Manzano y de Gallardón (no se resuelve el problema del tránsito rodado en una ciudad como Madrid fomentando el uso del vehículo privado, sino desanimándolo y penalizándolo), la segunda parece pensada ex profeso para la Barcelona actual, con sus munícipes empeñados en convertirla en la millor botiga del món y en un decorado modernista al servicio de Su Majestad el Turista.

Respecto al tema candente de los arquitectos estrella, dice Lerner algo tan razonable y sensato como esto:

- Estamos orgullosos de nuestras estrellas, pero lo que necesitamos es una constelación de arquitectos preocupados por sus ciudades. Se puede hacer buena arquitectura pensando en la gente, y no sólo en el propio ego. Se hacen demasiados museos. Y el mejor es la ciudad.

Son noticia precisamente de estos días las demandas judiciales a Calatrava por defectos en varias de sus faraónicas obras. Las mismas administraciones públicas que en su día hicieron gala del más torpe papanatismo encargando a la estrella obras de relumbrón sin exigirle el más mínimo requisito técnico, promocionándose a sí mismas y a su correspondiente partido con el dinero de todos, claman hoy al cielo y se declaran indignadas al comprobar que tan celebradas pasarelas, auditorios y demás hitos tenían los pies de barro. En el pecado llevan la penitencia, nos veríamos tentados de decir, si no fuera porque los sufridos ciudadanos acabamos pagando uno y otro.

El texto completo de la entrevista a Lerner, aquí.


De un mural, un friso y un telón

Octubre 3, 2007

La amenaza que actualmente se cierne sobre teatros y otros espacios culturales de Madrid, y que será objeto mañana de una manifestación ante el Ministerio irónicamente denominado (a la par que sus correspondientes organismos homólogos de la Comunidad y del Ayuntamiento) de Cultura, también tiene otros aspectos menores que corren el peligro de quedar ocultos ante la magnitud del desafuero que supone la destrucción total de unos o la dedicación de otros a actividades descaradamente comerciales.

Al volver, la semana pasada, al Teatro Bellas Artes, la joya de la corona de ese gran animal teatral que fue José Tamayo, echamos de menos con desagradable sorpresa el espléndido, enorme mural de Vicente Viudes (1916-1984) que acogía al espectador con sus bonitas y ensoñadoras escenas y figuras de matriz italiana: toda una alegoría del teatro pintada, en justa coherencia, a modo de precioso decorado. Una suerte de panel negro, del que cuelgan tan numerosos como innecesarios carteles de propaganda de la obra que se representa (¡Mercurio en el templo de Apolo!), ocupa por completo el lugar de la estupenda pintura, que esperamos de todo corazón no haya sido retirada o, peor aún, eliminada. Aunque no hemos encontrado reproducciones del mural, que estará sin embargo en la memoria de todo espectador del Bellas Artes, insertamos abajo, para dar una idea de la belleza de la obra pictórica y escenográfica del recordado pintor murciano, uno de sus decorados, realizado en 1950 para la puesta en escena de El mágico prodigioso, de Calderón.

Vicente Viudes. Escenograf�a para “El mágico prodigioso” de Calderón (1950)

Pero no habían de acabar ahí nuestras cuitas, aquella noche. Al bajar a tomar asiento en nuestra localidad, advertimos que también el bonito friso con figuras y máscaras de la Comedia del Arte italiana que decoraba el ambigú, obra también de Vicente Viudes, se hallaba tapado y casi irreconocible bajo una especie de ridículos visillos.

Ya en la recoleta sala, llegó el colofón en forma de puntilla: el bonito escudo que a sí mismo se dio ese noble caballero del teatro que fue José Tamayo, con su lema «Sobre todo, el corazón», y que descollaba en medio del telón, ha sido eliminado. A modo de raquítica compensación, en una esquina del foyer se han colgado una ridícula placa, alguna fotografía y una pequeña reproducción del emblema que se ha quitado de donde precisamente lo quiso colocar el fundador del Teatro Bellas Artes: en ese simbólico telón detrás del cual estuvo luchando y creando belleza durante más de cincuenta años.

Según leemos en un artículo de hace dos años, firmado por Antonio Lucas para el diario «El Mundo», éste es tan sólo el último acto de una operación de destrucción sistemática del grandioso legado de Tamayo por parte de sus herederos y de sus sucesores al frente de tan emblemático espacio teatral.

Bien sabido es que la ingratitud y la envidia son males radicados de antiguo en el solar hispano, y esta última aún más arraigada en ciertos ambientes que se precian de culturales. No es fácil perdonar, ni siquiera después de muerto, a quien fue el alma del mejor teatro que se representó en España durante más de medio siglo. Gracias a él conoció España el mejor teatro de la vanguardia europea y mundial. Con él pudimos ver representadas por fin con dignidad y belleza hasta entonces inéditas las obras de nuestro incomparable acervo clásico. Por mediación suya y de sus irrepetibles Antologías de la Zarzuela, un género en estado agónico resucitó contra todo pronóstico y conquistó nuevos públicos. Difícil, casi imposible tarea, la de encontrar, entre las gentes del teatro (actores, directores, técnicos, autor, escenógrafos…) de la segunda mitad del siglo XX en España, alguien que no haya colaborado o se haya curtido en el oficio con él. O, sencillamente, que no lo haya admirado (a este respecto, nos permitimos señalar, a quien se acerque por vez primera a la figura de José Tamayo, una entrevista —genial, como cosa suya— que le hizo Francisco Umbral, cuyo título es harto significativo: El teatro o José Tamayo. Ni más ni menos).

Esto es cuanto desde este humilde foto queríamos denunciar, asociándonos a la noble pugna de tantas entidades y personas por salvar un patrimonio del que por dejación, ignorancia o intereses más o menos ocultos o patentes —pero siempre mezquinos— se nos quiere despojar.


El Mausoleo de Blasco Ibáñez en Valencia

Julio 22, 2007

Ha vuelto a cobrar actualidad la necesidad de dar al gran novelista don Vicente Blasco Ibáñez una sepultura digna de su grandeza en su hermosa ciudad. La Guerra Civil acabó —a la par que con tantas otras cosas— también con el proyecto firmado con ese fin, en 1933, por el Arquitecto Mayor del Ayuntamiento de Valencia, Javier Goerlich-Lleó, a quien ya hemos recordado en estas páginas a propósito de su ya desaparecido Mercado de Flores en la antigua Plaza de Castelar.

Las imágenes de la animación proceden de la obra Arquitectura contemporánea en España. El arquitecto Javier Goerlich-Lleó, prologada por Daniel Martínez y publicada por las Ediciones de Arquitectura y Urbanización EDARBA en Madrid (1934?).


El proyecto primitivo de la Institución Libre de Enseñanza

Julio 1, 2007

Al valorar la labor arquitectónica escolar emprendida en España en los últimos años de la dictadura primorriverista y durante la por desgracia breve Segunda República, no conviene olvidar que los primeros edificios escolares realmente concebidos con la vista puesta en asegurar unas condiciones óptimas de higiene y aprovechamiento pedagógico para los alumnos fueron impulsados por la por tantas razones benemérita Institución Libre de Enseñanza, y señaladamente por su fundador, don Francisco Giner de los Ríos.

De Giner vamos coleccionando, conforme las encontramos en el mercado de los libros de viejo, la edición de las Obras Completas publicada en Madrid en los años veinte. Y en uno de los últimos volúmenes que han llegado a nuestros anaqueles, concretamente el XVII, primero de los tomos dedicados a Ensayos menores sobre educación y enseñanza, nos ha sorprendido gratamente hallar el plano y el alzado del primer edificio que la Institución proyectó en 1881, con la mediación profesional del arquitecto Carlos Velasco Peinado, en el solar de la Castellana en el que después surgiría el actual Centro Superior de Estudios de la Defensa (CESEDEN), antiguo Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, obra de Ricardo Velázquez Bosco (1887-1898).

Entresacamos de la amplia y detallada memoria algunas de las características que más ilustran el afán de los institucionistas en lograr un edificio que respondiera en su ubicación, estructura y distribución a los más avanzados estándares higiénicos y pedagógicos a la sazón vigentes a escala mundial:

Forma general.— Se ha adoptado la disposición lineal, que, a excepción de la de pabellones aislados (la cual exigiría una superficie muy superior a la de que por ahora podemos disponer), es la que se reconoce universalmente como más favorable a la higiene y al mejor desempeño de todos los servicios. La planta consta de una galería central de 78,66 metros de largo por 5 de ancho, y de locales a uno y otro lado para las diversas funciones a que ha de responder el edificio. A fin de obtener una iluminación y ventilación abundantes para esta galería, no sólo se le han dado las dimensiones indicadas, sino que se halla abierta sobre el jardín, en la fachada O., y en una línea de 40 metros, o sea algo más de la mitad de su extensión. La disposición general de la planta es la de un rectángulo bastante prolongado, con cinco pabellones salientes en la fachada anterior, tres en la posterior y uno en el centro de cada una de las laterales. Estos cuerpos, que rompen la monotonía de las grandes líneas de ambas fachadas principales, obedecen, ante todo, a la necesidad de distribuir e instalar los diferentes servicios de la Institución en las mejores condiciones de comodidad, luz, ventilación y aislamiento (pág. 6).

Orientación y emplazamiento.— Comparando la disposición adoptada con la forma y dimensiones del terreno, se comprenderá la razón de haber emplazado el eje longitudinal del edificio en sentido del eje del solar. A fin de aproximarse, además, en lo posible a la mejor orientación, tanto a causa de la luz como de la temperatura, y huir de la peor, que es la del SO., se ha dispuesto paralelamente al Paseo de la Castellana [...] Por último, con objeto de aprovechar el mayor espacio libre para el Campo de juego, se ha acercado el edificio al Paseo hasta una distancia mínima de 7 metros [...] Si se tiene en cuenta que la altura máxima usual de los edificios en Madrid no excede de 20 metros, la Institución distará de los que puedan levantarse por tres de sus lados mucho más del doble de dicha altura (que es el mínimum que se recomienda) [...] La necesidad de acercar el edificio al Paseo, para formar detrás el Campo de juego, y la figura general del terreno, han hecho absolutamente imposible guardar la distancia respecto de las construcciones que pudieran alzarse en la calle de Bretón [de los Herreros], de las cuales no distará tal vez más de 32 metros. Pero si se atiende a que la única clase situada en este lado tiene luz y aire sobrados por otro frente, puede asegurarse que aquellas construcciones, aun supuesto que se elevasen a los 20 metros, no causarían el menor daño (págs. 7-8).

Los principios que rigen la educación en todos los grados según la Institución (comunicación directa del maestro con sus discípulos; enseñanza cíclica en los diferentes grados; acción educadora continuada a lo largo del día; contacto del alumno con la naturaleza; fomento de su atención directa y de su alegría en el trabajo, etc…) influyen directamente en la morfología y estructura del edificio:

Así, pues, cada sección forma una pequeña escuela, que tiene todo lo necesario para realizar su vida con independencia de las restantes.— Consta de una clase de 40 a 77 metros cuadrados; un comedor, con un armario para cada alumno, donde tiene su abrigo, libros, juguetes, etc. (sistema superior al de los vestuarios usuales); una pieza de aseo de 7,28 metros cuadrados, con seis lavabos y cuatro urinarios, cada uno de 1,12 metros, y dos retretes inodoros de 2,80 metros, todos con absoluta independencia [...] Se evita de este modo la aglomeración de grandes masas, que hacen imposible todo carácter educativo en la enseñanza. Las secciones abandonan su local tan sólo para aquellos ejercicios que por alguna especial razón no pueden tener lugar en todas las clases, como el canto, ciertos trabajos gimnásticos, de dibujo y de taller, manipulaciones químicas, prácticas de botánica y de cultivo (pág. 13).

El proyecto detalla la cubicación por alumno resultante, de 10,256 metros cúbicos para alumnos de 5 a 12 años y de 17,011 para los de 13 a 16 años, «superior a casi todo lo que se encuentra en el Extranjero».

Las aulas, de forma rectangular poco prolongada para permitir la división de los alumnos en grupos de trabajo independiente, responden a las siguientes características:

Las paredes serán lisas, cubiertas de una sustancia que absorba la menor cantidad posible de gases y miasmas, y pueda lavarse con facilidad, tal como la pintura al óleo o el estuco, que en nuestro clima seco no ofrece inconvenientes; pintadas de una media tinta, en que descanse la vista, y sin adorno ni material de enseñanza expuesto en ellas, para que no disperse la atención del niño, sobrexcite su sistema nervioso y embote al par, con el hábito, su interés hacia aquellos objetos. Un zócalo de madera de 1,50 metros de altura da vuelta a la clase. Todos los ángulos serán redondeados, para la mejor renovación del aire y para que la limpieza sea más perfecta. El techo debe ser liso y plano, porque las bóvedas acumulan las miasmas.

El piso, de madera, estará sentado sobre una capa de yeso tosco y granzas, para disminuir el principal inconveniente que pudiera ofrecer, que es el ruido, y debidamente preparado para evitar en lo posible el polvo y las manchas (pág. 17).

Respecto a la iluminación, tras registrar la diferencia de opiniones de los higienistas sobre si ha de ser unilateral o bilateral y la escasez de dictámenes que recomienden la cenital, y luego de jerarquizar las luces procedentes de los diferentes puntos cardinales (de más a menos preferible: la Norte, la Este y la Sur, quedando la Oeste «proscrita unánimemente y en absoluto, sobre todo en climas como el nuestro»), se establece:

Las clases de la Institución, que, a causa del emplazamiento general y necesario del edificio, no podían tener por completo luz N., tienen, sin embargo, todas luz ENE., aumentada bilateralmente en dos de ellas con luz N., y en otras dos, con la del Mediodía, procurando huir de la de Poniente, orientación abrasadora en Madrid durante mucha parte del año, y no presentando hueco alguno al SO., que es el viento reinante de lluvias.

La luz, ocioso casi es advertirlo, entrará en las clases por la izquierda del alumno.

La superficie de iluminación es la tercera parte, próximamente, de la superficie total de la clase [...] Las vidrieras tienen 5,70 metros de altura por 4 de ancho; armadas con bastidores de hierro y divididas en cuatro partes en el sentido de su ancho, y en dos en el de la altura. Las dos partes inmediatas a los muros son fijas, y las dos del centro abren sobre las anteriores. La parte alta es movible, pudiendo girar hacia dentro sobre su línea inferior en un ángulo de 22º, a fin de procurar una regular ventilación superior. El antepecho de las ventanas por la parte interior, en las clases de la planta baja, es de 0,70 metros, para que el alumno (contra lo que muchos recomiendan) vea desde su asiento el cielo y el campo. Aunque por precaución se ha elevado a 0,90 metros la altura del antepecho en las ventanas de las clases del piso principal, todavía es bastante para no impedirles aquel goce.

Por último, las dimensiones de las clases permiten que todos los alumnos se coloquen para el trabajo dentro de una distancia igual a la altura de la ventana, como se recomienda en todas partes (págs. 18-19).

Lamentablemente, como tantos otros proyectos avanzados en España, este primero de un edificio escolar conforme a los principios de la Institución Libre de Enseñanza no prosperó. Los trabajos de construcción, comenzados el 2 de mayo de 1882, pronto quedaron detenidos por falta de fondos. Años después, siguiendo muy de cerca el proyecto primitivo, Velázquez Bosco construiría el original edificio que ha llegado a nuestros días como sede del CESEDÉN. Un Centro Superior de Estudios de Defensa que en su página web parece alardear de perpetuar en sus locales, como institución docente, si no el legado institucionista, cierta continuidad en la actividad docente. ¡Como si no hubiera clases y clases!