A la sombra del Hospicio

Mayo 27, 2008

Un reciente artículo de nuestro colega y amigo Enrique Fidel acerca de la historia del antiguo Hospicio madrileño de San Fernando y una característica foto de su celebérrima portada, colgada también recientemente en la galería de Flickr Lyceo Hispánico, y que por gentileza de su administrador Enrique Viola encabeza este artículo, nos han impulsado a escribir algo de lo mucho que significó para nuestra familia tan destacado edificio, uno de los que la mayoría de los turistas se suele «perder» debido a su ubicación algo distante del centro más monumental.

La familia de nuestra abuela materna, perteneciente a la burguesía acomodada, había vivido siempre, desde finales del siglo XIX, en los aledaños de los bulevares (plaza de Santa Bárbara, Caracas, Españoleto) cuando no en los mismos (Sagasta), en casa propia y con gran desahogo. La muerte de mi bisabuelo a los 45 años, acaecida en 1909, dejando a una mujer diez años más joven con cuatro hijas de entre 11 y 4 años y un hijo de días, supuso el principio, si no de la ruina, sí por lo menos de la decadencia. Y ésta se marcó con la mudanza de la familia, a los dos o tres años del óbito del padre, a un piso en alquiler en la calle del Espíritu Santo, al otro lado de esa línea de los bulevares que separaba, en cierta forma, el mundo de la alta burguesía con pufos aristocráticos de calles como Almagro y sus aledañas, de la pequeña burguesía y menestralía que poblaban las simpáticas y coloridas calles que se extienden al sur de Carranza, entre San Bernardo y Fuencarral. Esa casa de Espíritu Santo sería ya, durante todo el siglo XX, la residencia familiar.

También la familia de nuestro abuelo materno se mudó, suponemos que hacia los años veinte, de la plaza de Carlos Cambronero a un bonito piso de la calle Divino Pastor, por lo que unos y otros vivieron siempre, por así decirlo, a la sombra de la impresionante portada churrigueresca que tanto peligro corrió en tiempos de la Ilustración, cuando espíritus por otra parte dignos de toda consideración y aprecio, como el bueno de Antonio Ponz, declararon en nombre del neoclasicismo guerra sin cuartel a los promontorios pétreos o lígneos en los que se había explayado el barroco más desaforado en forma de retablos o de portadas como la del Hospicio, salvándose la nuestra de una destrucción en la que perecieron, por desgracia, muchas otras. Como bien dice Enrique Fidel en su artículo, sobrevivió más tarde la parte que conocemos del edificio gracias a su declaración como monumento nacional en 1919. Y —hecho no por menos conocido menos trascendente— volvió a salvarse en los primeros meses de la República gracias a la intervención de nuestro abuelo materno, el periodista y escritor republicano Luis Hernández Alfonso.

Como es sabido, durante los primeros días del nuevo régimen, grupos de incontrolados cometieron en Madrid toda clase de atentados contra el patrimonio artístico e histórico bajo el pretexto de borrar toda huella simbólica dejada por la no injustamente odiada Monarquía. Se derribaron estatuas como la de Felipe III en la Plaza Mayor, y el propio Miguel Maura narra en sus memorias cómo logró salvar, al pasar con su coche oficial por Alcalá para doblar por Velázquez, la soberbia efigie ecuestre de Espartero, a la que unos cuantos bárbaros, desconocedores por supuesto del talante liberal del que fue regente de España, tenían ya amarrada con cables y se disponían a derribar.

La casa de nuestro bisabuelo, el jurista levantino Luis Hernández Rico, en Divino Pastor, 9 duplicado (11 actual) era también la sede de la formación política por él fundada, el Partido Republicano Presidencialista de España y la redacción del órgano de las Juventudes de éste, El Presidencialista, dirigido precisamente por su hijo, Hernández Alfonso. La mayor parte de los afiliados de la modesta pero emprendedora formación eran estudiantes de la Universidad Central y abogados, periodistas y escritores, en su gran mayoría muy jóvenes.

En uno de esos días convulsos, estando nuestro abuelo en la redacción del períodico, llegó noticia que algunos grupos de fanáticos se estaban congregando alrededor del Hospicio y de la cercana parroquia de los Santos Justo y Pástor, antigua iglesia del convento de las Maravillas, con la intención de prender fuego a ambos edificios. Junto con los correligionarios que estaban en ese momento en la redacción y sede del Partido, y mandando recado a otros que vivían en los aledaños, acudió rápido nuestro abuelo a uno y otro sitio, haciendo valer su probada ejecutoria republicana (no en vano había dado con sus huesos en la cárcel en varias ocasiones bajo la Dictadura, y la última sólo unos meses antes en la Modelo a raíz del intento de Jaca) para que los supuestos compañeros de ideales políticos depusieran su actitud. Parece ser que la elocuencia de Hernández Alfonso y el número de jóvenes presidencialistas dispuestos a defender los dos edificios amenazados acabaron por hacer mella en el ánimo exaltado de aquellos incendiarios, salvando así dos joyas de la arquitectura madrileña (además del San Diego de Zurbarán que aún hoy conserva la recoleta iglesia de la calle de la Palma).

Nos contaba nuestro abuelo un detalle del salvamento del Hospicio por parte de los presidencialistas. El que parecía ser el jefe de filas de los iconoclastas, para motivar su purificadora labor, le señaló los escudos, timbrados por real corona, que adornan cada uno de los balcones de la planta superior del Hospicio. Cuando Luis Hernández le hizo ver que se trataba (y así es, en efecto) de los escudos de las diferentes tierras y regiones que integran España, y comenzó a decirles a qué reino pertenecía cada uno, cundió el desánimo entre la turba incendiaria —rompeolas como Madrid de todas las Españas—, pues ¿cómo iba a tolerar cada uno que se quemara el escudo de su respectiva tierra?

Y así se salvó, una vez más, el Hospicio, y con él su primorosa y sorprendente portada, joya del barroco madrileño.


La perfección de las cosas

Febrero 27, 2008

Ya hemos tenido ocasión de citar en esta bitácora la prestigiosa revista valenciana «Estudios», de inspiración anarquista y naturista, a propósito de los tres artículos que en ella publicara en 1936 nuestro abuelo materno, el periodista, escritor y traductor Luis Hernández Alfonso.

La editorial Faximil ha tenido la espléndida iniciativa de poner al alcance de todos, en soporte digital, la colección completa de tan benemérita publicación entre los años 1928 y 1937, que puede adquirirse en la Librería de El Sueño Igualitario. Espléndidamente decorada por Renau (artista actualmente objeto, por cierto, de una completa exposición en el madrileño Cuartel del Conde-Duque) y Monleón, en sus páginas colaboró lo más granado y moderno del pensamiento higienista y humanista de la época alrededor de figuras como Abad de Santillán, Roberto Remartínez, Félix Martí o el médico rural Isaac Puente, inteligente e incansable divulgador de los preceptos sanitarios más avanzados, fusilado por los sublevados a poco de iniciarse la Guerra.

Excusado decir el interés con que estamos ojeando sus páginas y encontrando en cada número varios motivos de interés. En una de sus amenas Gacetillas, que llevan la firma de «Julio Barco» (el granadino Antonio García Birlán), correspondiente al número 67 (marzo de 1929), hemos encontrado, por ejemplo, una cita de Fray Luis de León que no conocíamos y que nos ha sorprendido gratamente:

Consiste la perfección de las cosas en que cada uno de nosotros sea un mundo perfecto, para que por esta manera, estando todos en mí y yo en todos los otros, y teniendo yo su ser de todos ellos y todos y cada uno de ellos el ser mío, se abrace y eslabone toda aquesta máquina del universo y se reduzca a unidad la muchedumbre de sus diferencias, y quedando no mezcladas se mezclen, y permaneciendo muchas no lo sean; y para que extendiéndose y como desplegándose delante los ojos la variedad y diversidad, venza y reine y ponga su silla la unidad sobre todo.

Habrá que pensar que, incluso fuera de la mística contemporánea propiamente dicha, unitiva por definición y necesidad, había en aquella Castilla, en el corazón y en la mente de maestros preclaros como Fray Luis, un barrunto siquiera de la realidad que doctrinas orientales como el budismo y el taoísmo ponen en el centro de su sistema de creencias.


Esta mano da la herida

Enero 21, 2008

Viene hoy a nuestras páginas un curioso cuadro de la última subasta de la casa madrileña Fernando Durán, de escuela española del siglo XVI, y que representa el Juicio Final. La escena está distribuida en tres planos horizontales, y destaca por su belleza la figura del arcángel Miguel que ocupa el centro de la composición, cuyo tratamiento nos recuerda modelos de Miguel Ángel.

El Juicio Final

A poco que se fije el curioso observador, notará unos versos escritos a lo largo del marco. Se trata de una redondilla alusiva que reza así:

Esta mano da la herida

con que del malo convierte

la vida en eterna muerte

y al bueno la muerte en vida.


Eran vírgenes

Enero 13, 2008

No es la primera vez que señalamos en estas páginas algún dislate en la asignación de asunto o título a una obra de arte de las que saca a subasta la renombrada casa madrileña Fernando Durán. Si en el primer caso los peritos de la misma acogieron positivamente nuestras aclaraciones en torno a un impreciso santo franciscano (véase El misterio del santo franciscano 1 y 2: tranquilícese el lector, que no se tratan de películas generadas por el fenómeno Da Vinci), al comunicarles nuestra respetuosísima opinión sobre la Amaltea por ellos titulada Maternidad con cabra (¡!) no se dignaron de contestarnos… Pero como no hay dos sin tres, en el reciente catálogo de la Gran Subasta de Navidad cometen otra pifia.

Se trata del cuadro catalogado con el lote 427, de escuela francesa del siglo XVII, y pomposamente titulado por el experto de turno con el rimbombante título de Alegoría de las Artes y de las Ciencias al servicio de la Religión, así, todo mayúsculo y sonoro. He aquí la por otra parte muy interesante pintura:

Alegor�a de las Artes y de las Ciencias al servicio de la Religión

A poco que el atento lector examine el cuadro, verá que algo no cuadra (con perdón por el involuntario retruécano a lo Muñoz Seca) en el apócrifo título. Las Artes que ocupan la mitad derecha de la composición no parecen estar precisamente pensando en servir a la Religión, supuestamente representada por la figura de Cristo que perfora las nubes.

Detalle de la parte derecha de la composición

Más bien parecen estar —si se nos permite la expresión harto coloquial— corriéndose una juerga macanuda, de resultas de la cual la señorita de la izquierda ya está massielizada, valga el participio, y la de la derecha, que parece (pese a ser de mano francesa) querer empezar a arrancarse por sevillanas con una copa en la mano (luego veremos de lo que se trata en realidad), comienza también a enseñar, con expresión tomada de La corte de Faraón, «muchas cosas / de cintura para arriba».

Si por un momento apartamos nuestra casta mirada de tan licencioso grupito y la ponemos con continente alivio en el virtuoso conjunto de la izquierda, notaremos que las cinco señoritas que lo componen, con inclusión de las dos que estaban abstraídas con el libro y el compás y de la otra que leía por su cuenta, llevan todas ellas en la mano derecha una lámpara encendida, con su correspondiente llamita.

V�rgenes prudentes

En cambio, de las juerguistas de la derecha, sólo dos elevan empuñan lámparas, por lo demás apagadas; tres de ellas ni siquiera las tienen (la que toca el laúd está justificada, pues no debe ser fácil tarea; la borracha, ídem del frasco; la que sostiene el librito de cantos supuestamente licenciosos no necesita desde luego las dos manos para sostenerlo, pero precisamente a sus pies vemos, caída, su correspondiente lámpara).

En fin, y para abreviar: se trata, como nuestros lectores ya habrán colegido, de una curiosa representación de la parábola de las diez vírgenes o de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias, narrada por Jesús en el Evangelio de Mateo (25, 1-13). Curiosa representación, eso sí, pues retrata a las vírgenes prudentes empleando provechosamente en el estudio el tiempo que dura la espera del esposo y las necias, por el contrario, perdiéndolo lastimosamente en francachelas. Pero nada de Ciencias (¡y menos aún de Artes, que salen bastante malparadas!) prestando servicio a la Religión.

Queda abierta la colecta para el envío a los expertos de tan famosa casa de una selección de libros del tipo Cómo mirar un cuadro y afines. Nosotros ponemos gustosos un euro. ¿Quién da más?


De la belleza hecha azulejo

Diciembre 28, 2007

Nuestro buen amigo Tono Giménez Ayora, gran conocedor y divulgador de las bellezas de Valencia y excelente fotógrafo de todo lo curioso y destacable que dicha ciudad encierra, ha logrado acceder a un espacio privado en el que se oculta un conjunto artístico e iconográfico de primera magnitud, que a nuestro humilde juicio bastaría por sí solo, de ser público, para justificar más de una visita a la Capital del Turia.

Se trata de un antiguo hospital para sacerdotes pobres, actual residencia sacerdotal, que se remonta al siglo XVII y que conserva la celda donde, según tradición, murió el dominico San Luis Beltrán, santo —dicho sea de paso— que nos resulta particularmente simpático no desde luego por las espeluznantes penitencias, terribles asperezas y peregrinos milagros que nos narran sus biografías, sino por llevar su nombre nuestro abuelo materno, el escritor y traductor Luis Hernández Alfonso (1901-1979), nacido en Buñol, localidad valenciana de la que el santo misionero es precisamente patrono.

El edificio encierra en sus diferentes ambientes un conjunto de azulejería —muy bien conservado, por cierto— de enorme importancia tanto desde el punto de vista ornamental como bajo el perfil histórico e iconográfico. Si bien parcialmente estudiado por algunos tratadistas del barroco valenciano, el carácter privado del edificio que lo alberga ha mantenido hasta ahora semejante patrimonio artístico al margen de la atención del grueso de los estudiosos y de la contemplación del buen aficionado a las bellas artes.

Invitamos, pues, a nuestros lectores a conocer algunas de sus bellezas gracias a las espléndidas fotos de Tono Giménez Ayora (que pueden ampliarse, gracias a los recursos de Flickr, hasta límites insospechados prácticamente sin merma de la calidad de la imagen). Por nuestra parte, y gracias a la amabilidad del autor, hemos consignado algún que otro comentario explicativo a determinadas imágenes, en un work in progress colaborativo que esperamos coseche el agrado de cuantos nos honran con su lectura. Para acceder al conjunto fotográfico, pueden seguir el hipervínculo: Residencia San Luis Beltrán.

No creemos exagerar (y el lector, en su caso, nos lo confirmará) al afirmar que nos hallamos ante uno de los más completos y mejor conservados conjuntos de azulejería subsistentes en España.


Camille Claudel

Noviembre 5, 2007

Camille Claudel, “Vertumno y Pomona”

Mañana martes se inaugura, en la madrileña Sala de Exposiciones de la Fundación Mapfre (Gral. Perón, 40), la exposición de esculturas de la tan genial como desventurada Camille Claudel (1864-1943), hermana de Paul Claudel, alumna, colaboradora y amante de Auguste Rodin. Al recibir hace unas semanas la correspondiente invitación, recordamos tener en nuestros anaqueles un libro —de esos que uno no sabe a ciencia cierta cuándo ni cómo anidaron en ellos— que narraba la historia de esa mujer valiente y genial. Se trata de Une femme, biografía de Camille Claudel escrita por Anne Delbée («Le Livre de Poche» 5959, Presses de la Renaissance, París 1983).

Anne Delbée, En este relato apasionado de la vida de una de las más grandes artistas de la modernidad, la autora se detiene en 1913, año en el que la escultora, abandonada por Rodin y sumida en una escalofriante espiral de miseria e inestabilidad psíquica, es internada en un manicomio del que no saldrá ya en sus restantes treinta años de existencia. Es, en efecto, en 1913 cuando Camille muere para el mundo. Pero cada capítulo de su vida, desde la infancia cómplice de sueños e ideales con su hermano Paul hasta su revelación como artista en los sucesivos Salones parisinos, es introducido por un breve pasaje de alguna de sus lucidísimas cartas escritas desde el manicomio de Montdevergnes.

Anne Delbée, que ya había llevado al teatro la vida de Camille, muestra una penetración fuera de lo común en los más íntimos repliegues psíquicos de su biografiada. Hay párrafos que condensan admirablemente sentimientos, inclinaciones y actitudes, como el siguiente, en el que se pone en evidencia el opuesto papel que madre y padre desempeñarían en la formación del carácter moral de la escultora:

Camille detesta a esas mujeres que no dicen nunca lo que les gusta o disgusta. Víctimas eternas, se sacrifican para siempre. Como han refrenado su alegría, no pueden dejar de sufrir. Tal es la barrera que han erigido ante el placer, que ni un plato ni una flor pueden despertar en ellas la más mínima complacencia. Todo lo que existe tiene forma de cruz. En el hondón del corazón, Camille agradece al señor Rodin que le haya transmitido el gusto del placer. Aunque lo habría encontrado sola… Ya desde pequeña se había jurado a sí misma llevar cada vez más lejos su búsqueda. Y es que existe un egoísmo que es una forma de salud. La reflexión que un día le hizo su padre se le ha quedado grabada en su memoria infantil: «Camille, di a los demás qué es lo que te gusta. El sacrificio puede alienar a cualquiera. Que los demás sepan lo que deseas realmente. No hay nada peor que el hecho de que alguien se sacrifique por ti. Un sacrificio no es un regalo para nadie. Es una forma intolerable de chantaje (págs. 223-224; traducción propia).

La biografía incluye, en un anexo, algunos pasajes de un artículo del crítico Mathias Morhardt, publicado en marzo de 1898 en el «Mercure de France». En él se recoge con concisión y exactitud esa idea de movimiento que acaso constituya la aportación principal y fundamental de Camille Claudel a las artes figurativas modernas:

Y es que si una pierna en reposo y una pierna que camina son dos cosas distintas, ¡cuánto más viva y verdadera resultará esta última! No cabe duda de que el movimiento deforma. Recurriendo a una comparación de la propia señorita Camille Claudel, entre una rueda que gira velozmente y una rueda inmóvil existe una diferencia esencial: la inmóvil es redonda, y sus radios están igualmente distantes unos de otros; la rueda que gira velozmente ya no es redonda, y carece de radios. Es como si el movimiento se hubiera comido —valga la expresión— la anatomía, el esqueleto mismo de la rueda. Análogamente, el movimiento alarga o encoge el cuerpo humano, cambia sus proporciones y, por consiguiente, descompone su equilibrio. De ahí el craso error de observación que supone considerar la anatomía de un cuerpo en movimiento como si estuviera en reposo… (pág. 516; traducción propia).

 


De un mural, un friso y un telón

Octubre 3, 2007

La amenaza que actualmente se cierne sobre teatros y otros espacios culturales de Madrid, y que será objeto mañana de una manifestación ante el Ministerio irónicamente denominado (a la par que sus correspondientes organismos homólogos de la Comunidad y del Ayuntamiento) de Cultura, también tiene otros aspectos menores que corren el peligro de quedar ocultos ante la magnitud del desafuero que supone la destrucción total de unos o la dedicación de otros a actividades descaradamente comerciales.

Al volver, la semana pasada, al Teatro Bellas Artes, la joya de la corona de ese gran animal teatral que fue José Tamayo, echamos de menos con desagradable sorpresa el espléndido, enorme mural de Vicente Viudes (1916-1984) que acogía al espectador con sus bonitas y ensoñadoras escenas y figuras de matriz italiana: toda una alegoría del teatro pintada, en justa coherencia, a modo de precioso decorado. Una suerte de panel negro, del que cuelgan tan numerosos como innecesarios carteles de propaganda de la obra que se representa (¡Mercurio en el templo de Apolo!), ocupa por completo el lugar de la estupenda pintura, que esperamos de todo corazón no haya sido retirada o, peor aún, eliminada. Aunque no hemos encontrado reproducciones del mural, que estará sin embargo en la memoria de todo espectador del Bellas Artes, insertamos abajo, para dar una idea de la belleza de la obra pictórica y escenográfica del recordado pintor murciano, uno de sus decorados, realizado en 1950 para la puesta en escena de El mágico prodigioso, de Calderón.

Vicente Viudes. Escenograf�a para “El mágico prodigioso” de Calderón (1950)

Pero no habían de acabar ahí nuestras cuitas, aquella noche. Al bajar a tomar asiento en nuestra localidad, advertimos que también el bonito friso con figuras y máscaras de la Comedia del Arte italiana que decoraba el ambigú, obra también de Vicente Viudes, se hallaba tapado y casi irreconocible bajo una especie de ridículos visillos.

Ya en la recoleta sala, llegó el colofón en forma de puntilla: el bonito escudo que a sí mismo se dio ese noble caballero del teatro que fue José Tamayo, con su lema «Sobre todo, el corazón», y que descollaba en medio del telón, ha sido eliminado. A modo de raquítica compensación, en una esquina del foyer se han colgado una ridícula placa, alguna fotografía y una pequeña reproducción del emblema que se ha quitado de donde precisamente lo quiso colocar el fundador del Teatro Bellas Artes: en ese simbólico telón detrás del cual estuvo luchando y creando belleza durante más de cincuenta años.

Según leemos en un artículo de hace dos años, firmado por Antonio Lucas para el diario «El Mundo», éste es tan sólo el último acto de una operación de destrucción sistemática del grandioso legado de Tamayo por parte de sus herederos y de sus sucesores al frente de tan emblemático espacio teatral.

Bien sabido es que la ingratitud y la envidia son males radicados de antiguo en el solar hispano, y esta última aún más arraigada en ciertos ambientes que se precian de culturales. No es fácil perdonar, ni siquiera después de muerto, a quien fue el alma del mejor teatro que se representó en España durante más de medio siglo. Gracias a él conoció España el mejor teatro de la vanguardia europea y mundial. Con él pudimos ver representadas por fin con dignidad y belleza hasta entonces inéditas las obras de nuestro incomparable acervo clásico. Por mediación suya y de sus irrepetibles Antologías de la Zarzuela, un género en estado agónico resucitó contra todo pronóstico y conquistó nuevos públicos. Difícil, casi imposible tarea, la de encontrar, entre las gentes del teatro (actores, directores, técnicos, autor, escenógrafos…) de la segunda mitad del siglo XX en España, alguien que no haya colaborado o se haya curtido en el oficio con él. O, sencillamente, que no lo haya admirado (a este respecto, nos permitimos señalar, a quien se acerque por vez primera a la figura de José Tamayo, una entrevista —genial, como cosa suya— que le hizo Francisco Umbral, cuyo título es harto significativo: El teatro o José Tamayo. Ni más ni menos).

Esto es cuanto desde este humilde foto queríamos denunciar, asociándonos a la noble pugna de tantas entidades y personas por salvar un patrimonio del que por dejación, ignorancia o intereses más o menos ocultos o patentes —pero siempre mezquinos— se nos quiere despojar.


Arte caligráfico

Septiembre 25, 2007

Fue Mi Fu (1051-1107) uno de los más renombrados calígrafos de la China de su época, la de la dinastía Sung.

Ahora, en la Red, es posible visitar una fantástica exposición sobre este artista, sus obras y su tiempo, organizada por el Museo del Palacio Nacional de Taipei.

Recomendamos vivamente su visita a todos nuestros lectores, que a buen seguro no saldrán defraudados de ella. Diríase que la exposición casi alcanza, gracias a su cuidada y elegante tecnología, realmente estética, la altura de las espléndidas obras que muestra. Ver para creer: The Calligraphic World of Mi Fu’s Art.


Un artista taoísta

Julio 9, 2007

No es que se defina abiertamente así el británico Andy Goldsworthy, que próximamente colocará una de sus instalaciones en el Palacio del Cristal del madrileño Parque del Retiro, pero todo su quehacer en medio de la naturaleza y con materiales tomados de ella parece abonar nuestra definición.

Goldsworthy «se va a los bosques», y con materiales que éstos le brindan construye en ellos obras efímeras en las que los propios elementos van actuando libremente hasta reintegrar la propia creación a ese entorno del que había partido. Las fotografía, y sólo en este soporte queda fijada su obra, abandonada desde el mismo instante de su creación a la lógica interna de la materia que la compone y a la de los agentes externos que van modificándola.

(Nada que ver, por lo tanto, con ciertos artistas españoles que mueren soñando con horadar montañas o que viven embadurnando de pintura árboles o rocas ante el rendido homenaje de la crítica y de las masas, igualmente necias —en este país tan enemigo de la naturaleza y de lo natural— en su atónita y estática admiración ante semejantes retablos de Maese Pedro).

Wall (Andy Goldsworthy)

Dice el artista en una entrevista que obra en nuestro poder:

Lo que intento hacer no es forzar, sino más bien permitir que las fuerzas existentes fluyan hacia la obra. Así que si llueve o hay viento, uso el viento, uso la lluvia, en lugar de tratar de oponer resistencia a estos elementos. Intento trabajar con ellos y ver los problemas como, en realidad, lo más interesante del trabajo. A veces, precisamente lo que ha sido un problema al hacer la obra, resulta ser lo más interesante. Y no debo combatirlo, debo trabajar con ello. Pero inevitablemente hay momentos en los que parece que estoy intentando forzar, y esos momentos son errores. Puedo ser muy perseverante —tengo que serlo para crear las obras—, pero la línea que separa la imposición de la perseverancia es muy fina. Y a veces simplemente no funciona como yo tenía pensado.


Maternidad con cabra

Mayo 19, 2007

No es la primera vez que traemos a colación en nuestra bitácora los espléndidos catálogos de la madrileña casa de subastas Fernando Durán. Si los ricos pueden ojear sus páginas pensando seriamente en pujar por un cuadro del siglo XVIII, un aparador alfonsino o un mantón de Manila de finales del XIX, los que sólo atesoramos el amor a la belleza de lo antiguo encontramos en ellas gran motivo para pasar una agradable velada asistiendo a semejante heterogéneo desfile de objetos con historia.

Pero en este valle de lágrimas toda alegría ha de tener su cruz: y lo ha sido para nosotros el encontrar presentada y descrita la primorosa escultura de mármol que hermosea esta tarde nuestro austero jardín de la siguiente guisa:

Maternidad con cabra. Escultura de mármol tallada en la que se representa a una mujer semidesnuda con un niño en brazos y dando de comer a una cabra.

La descripción es, como demuestra la imagen, correcta. Lo que da pena es que el experto encargado de la ficha en cuestión en casa de tanta solera como la de Durán no haya reparado en que su peculiar Maternidad con cabra (que más bien se nos antoja pintoresco título de cuadro abstracto sesentero) representa, sin lugar alguno a dudas, a Zeus (el niño), en brazos de la ninfa (Amaltea según algunos autores) que lo acogió para proteger al infante de la furia alimentaria de su padre Cronos, con la cabra (a la que otros asignan el nombre de la ninfa) que lo amamantó y, según observamos a los pies de la ninfa, el cuerno de la abundancia, que Zeus ofreció a las ninfas del monte Ida en señal de agradecimiento. Por lo tanto, sugerimos que el grupo podría presentarse más propiamente como Zeus y Amaltea.

Cómo fácilmente comprenderá el amigo lector, lo que verdaderamente motiva nuestro pesar no es esta omisión concreta, por muy soprendente que resulte en el contexto, sino lo que la misma significa en términos de preparación cultural del personal experto en temas artísticos en España. Se cosecha ahora el fruto de decenios de abandono de la enseñanza de las Humanidades. Y aunque luego, en la Universidad, se supone que el futuro experto adquirirá todo un bagaje de saberes técnicos sobre su materia, lo cierto es que saldrá por regla general de las aulas con tan graves carencias de orden cultural que le imposibilitarán algo tan primario y esencial como identificar correctamente el asunto de una obra sometida a su estudio, cuidado o atención profesionales.

Es lo mismo que ya sucede con otra mitología: la judeocristiana, de la que rebosan nuestras iglesias y catedrales y que si ayer hablaba en sus figuras y atributos, como diría San Juan de la Cruz, «con sola su figura» al más analfabeto de los rústicos, hoy, en esta era de aparente democratización de la cultura y globalización de la información, va volviéndose cada vez más muda para el teóricamente más preparado de sus admiradores.

Si esta tendencia continúa, siguiendo el surco trazado por el experto de la Maternidad con cabra, pronto nos veremos invadidos por descripciones del tipo: Figuras masculina y femenina con niño, buey y asno, Señora rolliza abrazada a un cisne, Escena de soldados descuartizando niños o Interior con paloma revoloteando sobre figuras con pequeñas llamas en sus cabezas. Y si no, al tiempo.