Porfiar, pero no apostar

Junio 5, 2008

Partida de cartas

«Porfiar, pero no apostar». Así rezaba una de las reglas áureas que regían en nuestra familia. Con excepción de los sacrosantos Gordo y Niño de la lotería y, por parte de un tío abuelo, la quiniela semanal —por él jugada con abnegación y criterio científico durante decenas de años sin éxito, excepto la única vez que se le ocurrió darla a rellenar a dos de sus hermanas, ayunísimas de fútbol y que la rellenaron con criterios devoto-turísticos un tanto peculiares («Albacete-Zaragoza, ¡oh, la Pilarica!, pues un 2, seguro que gana», «Málaga-Deportivo de Huelva, ¡uf, dónde va a parar, con lo bonita que es Málaga!, un 1…») y que ganó así una modesta suma—; decíamos que, excepto en estos casos, en casa estaba proscrito jugar dinero ni nada que fuera más allá de unos guisantes o garbanzos secos que se sacaban de su saquito cada vez que se jugaba a la familiar tómbola, o, más modernamente ya, del dinero de pega del Monopoly.

Un verano, a principios de los años setenta y teniendo yo 11 o 12 años, pasé unos días de vacaciones, junto con mis padres y hermana, en un bonito hotel con piscina que acababa de inaugurarse cerca de Santa Cristina de Aro, en un paraje espléndido, de monte sembrado de pinos (andando el tiempo comprendería que habían sido más los pinos que tuvieron que talar para construir el hotel que los que quedaron vivos para deleite del visitante, acordándome con ello de la agudeza de un ilustre ingeniero agrónomo al que, también andando el tiempo, conocería en mi vida profesional, y que sentenciaba cada vez que veía el cartel de una urbanización: «¿El Encinar de los Reyes? No lo dude, señor Herrero: ¡Eso significa que se han cargado un encinar! ¿Que el Robledal de la Jara? ¡Pues han acabado con los robles… y con la jara!»).

En aquel hotel, cuyo nombre no recuerdo pero que sería fácil de identificar (aunque hoy seguramente esté rodeado de otras construcciones y no señero como en aquel entonces), nos encontrábamos tan bien que en muy contadas ocasiones bajábamos a Playa de Aro, y menos a la ídem de la turística población gerundense, excepto alguna tarde para cenar algo en los variopintos restaurantes que la jalonaban. Nos hicimos amigos del director y de su esposa, que con sus dos niñas hacía en el hotel la misma vida que cualquier huésped. Eran catalanes, o por lo menos lo era la mujer, que en catalán hablaba con sus hijas, y fue quizá la primera vez que oí hablar la hermosa lengua de Verdaguer y Maragall (y de la persona a la que más quiero).

Por las tardes, después del almuerzo en el acogedor comedor del establecimiento, mis padres solían subir con mi hermana a descansar un rato. Hasta hacía muy pocos años, un servidor también se había visto obligado, volens nolens, a participar en el sagrado rito familiar de la siesta (muy a su pesar entonces; hoy, que casi nunca puedo hacerla, no diría lo mismo), pero aquel verano, en consideración de mi edad, se me dio ya generosa licencia para no subir a la habitación, siempre y cuando no se me ocurriera bañarme (¡la sagrada digestión y sus tres larguísimas horas, otro dogma familiar!) ni, por supuesto, salir del hotel. Entretenía por lo tanto aquella hora u hora y media de ocio personal en los amplios y luminosos salones del hotel, jugando con una baraja al único solitario que sabía y que sé, el archifamoso de Napoleón, que me había enseñado, junto con la brisca y algún juego más, una tía abuela por parte materna, la tía Filomena, único miembro conocido de nuestra estirpe aficionado a la baraja.

Una tarde, mientras estaba enfrascado en resolver el aparente punto muerto al que había llegado en mi solitario, se me acercó una señora anciana pequeñita, muy bien vestida y de aspecto adorable, con la que nos habíamos cruzado y saludado alguna vez al entrar o salir del comedor. Era cubana (de las que abandonaron la isla cuando lo de Fidel, me dije unos años después), y con su cautivador ceceo me preguntó si me gustaba jugar a las cartas. Respondí que sí, y preguntado sobre cuál era mi juego preferido, repuse que la brisca. Propúsome entonces que jugáramos y que, para hacer el juego más emocionante, apostáramos una peseta en cada mano. Mis padres me daban algo de calderilla para mis pequeños gastos vacacionales, por lo que acepté encantado, imagino que sobre todo por verme tratado por una persona mayor, que habría podido ser mi abuela, en un plano de paridad, como un adulto, vamos.

Tras unas cuantas manos, la anciana señora se despidió para ir a descansar y me preguntó si al día siguiente querría seguir jugando. Naturalmente, le conteste que sí. Y así seguimos varios días, en un rincón del salón, jugándonos ella y yo nuestros duritos a la brisca con alterna fortuna. Por supuesto, me abstuve de comentar nada a mis padres sobre cómo pasaba parte del pomeriggio en ocupación que barruntaba considerarían non sancta.

Pero una tarde aciaga, ya fuera porque la dulce abuelita antillana, enfrascada en el juego, se retrasara en subir a su habitación, ya fuera porque mis padres y hermana bajaran antes de lo acostumbrado de las suyas, ante los ojos horrorizados de mis progenitores se desplegó la imagen de su hijo con las cartas en la mano y un montoncito de pesetas (sólo debieron de faltar un puro y un whisky para completar tan truculenta escena), entregado al juego con una desconocida, feliz y ajeno a todo lo que le rodeaba.

Ni que decir tiene que mi madre, que, frente a mi padre, algo más contemporizador, siempre tomaba la iniciativa en operaciones punitivas, en pocos segundos que se me hicieron siglos acabó con la «timba» (así la definió armando el consabido escándalo) que la señora y yo «nos habíamos montado», afeándole a ella su conducta y dándome a mí, a parte de un sermón cuyas desagradables sesiones se prolongarían durante varios días, dos o tres bofetadas especialidad de la casa («cruzar la cara», era la plástica y acertada expresión): vamos, para entendernos, de las que te seguían escociendo durante horas.

Huelga decir que ahí, en tierras catalanas y a principios de los años setenta, acabó para mí para in æternum cualquier tentación de jugar o apostar dinero, con la única excepción de mil pesetas que jugué con un amigo en un bingo hace ya casi veinte años. La lección no por severa estuvo menos acertada, o por lo menos eso creo. Pero guardo, eso sí, un recuerdo especial de aquella abuelita cubana, tal vez el primer adulto que me trató como tal.


¿Garantías?

Febrero 11, 2008

Cuando ya el último gobierno de Alfonso XIII daba sus postreras bocanadas, escribió nuestro abuelo materno Luis Hernández Alfonso uno de sus artículos en la revista barcelonesa de inspiración republicana «La Calle», dirigida por el ilustre periodista catalán Juan Guixé. Significativamente titulado ¿Garantías?, en él denunciaba con datos y testimonios irrefutables el atropello en la práctica, por parte del efímero gobierno del almirante Aznar, de esas libertades públicas que, teóricamente, habían sido restauradas por la tambaleante Monarquía tras la caída de Primo de Rivera. Los azares de la Prensa periódica hicieron que el artículo apareciera el 17 de abril de 1931, recién instaurado el nuevo régimen. Puede leerse en el siguiente vínculo: ¿Garantías?


Por los ojos de Raquel Meller

Febrero 10, 2008

Raquel MellerEn la madrileña sala Tribueñe sigue cosechando un merecido éxito la fantasía musical Por los ojos de Raquel Meller, con la que el autor teatral y director Hugo Pérez rinde homenaje a la que fue una auténtica leyenda del cuplé y de la canción española.

Con un reparto de seis actores-cantantes, encabezado genialmente por la completísima Maribel Per, que logra sin aparente esfuerzo no ya «bordar» el personaje, sino hacerlo revivir en la voz, en la actitud y hasta en el físico, vemos pasar ante nuestros ojos, jalonada por sus más emblemáticas creaciones, la parábola vital de la gran cancionista aragonesa. Que nadie espere, ahora bien, una obra dramática propiamente dicha: Hugo Pérez ha soslayado intencionadamente (¿tal vez en demasía?) algunas encrucijadas biográficas de carácter dramático como la de la nunca aclarada responsabilidad del marido de la cupletista, el escritor y periodista Gómez Carrillo, en la entrega de la infeliz Mata-Hari a las autoridades francesas. Hechos históricos tan importantes como el advenimiento de la Segunda República o la Guerra Civil reciben un trato elegantemente simbólico, incluso alegórico. Pero los ojos de Raquel y sus canciones parecen atravesar indemnes por todos esos avatares: y es que no a humo de pajas ha definido la obra su autor y director como fantasía musical, un rótulo que parece tomado (y no es casualidad en un enamorado del acervo musical español como Hugo Pérez) de aquellas geniales obras del género chico madrileño de finales de siglo, apodadas con pareja imaginación por sus castizos autores como pasillos veraniegos, fantasías cómico-lírico-bailables, y así sucesivamente.

Los seis actores, eficazmente dirigidos en lo musical y acompañados al piano por el maestro Mikhail Studyonov, hacen verdaderos prodigios al secundar la apretadísima sucesión de cuadros de canto, de baile o de actuación teatral con sus correspondientes y rapidísimas transiciones y cambios de escena y de vestuario, en un buen hacer y con un lujo que ya quisieran para sí compañías y teatros de mayor proyección y presupuesto. Destacan especialmente en sus sucesivos cometidos y papeles la simpática y brillante Belén González y el único actor masculino, Iván Oriola, un auténtico prodigio de versatilidad. Muy cuidada, también, la luminotecnia, a cargo de Juan Ramón Sánchez.

Dos momentos nos parecieron especialmente felices y nos emocionaron profundamente: en la primera parte, el canto del entrañable villancico catalán El noi de la mare, y, ya en la segunda, el brillante vals romántico de Doña Mariquita: Barcelona y Madrid, a fin de cuentas, un poco como la propia peripecia biográfica de Raquel Meller, que en Madrid cosechó triunfos meritísimos y que Barcelona considera, en buena justicia y con perdón de su natal Tarazona, como artista propia (¡dígalo, si no, su galana figura ante el Arnau de sus amores!).

Algún pequeño lunar en lo canoro (¿por qué correr tanto, piano y solista, en la bellísima y melancólica Flor de Te?) y en el rigor histórico (¡la quema de iglesias de la Semana Trágica no se perpetró al compás de Els segadors!) no empañan el balance de un espectáculo al que sin lugar a dudas le aguardan todavía, en Madrid y en toda España, muchísimas noches de éxito.

(La antigua postal de Raquel Meller que adorna estas líneas es gentileza de la amable propietaria de la galería de Flickr Vintage Times, a quien va todo nuestro agradecimiento). 


El dardo feliz de la comedia

Enero 8, 2008

Sigue escaseando en nuestras carteleras, en palabras del culto crítico teatral Marcos Ordóñez, «el dardo feliz de la comedia, que muy pocos se atreven a lanzar, temiendo, probablemente, que les acusen de poco profundos o, peor, de poco modernos». Lo dice en un artículo publicado el sábado pasado en «Babelia» sobre la reposición barcelonesa de Cómeme el coco, negro, de La Cubana; un artículo cuyo propio título —La alegría que pasa—, el de una de las más hermosas obras teatrales del polifacético Santiago Rusiñol, acrecienta nuestra nostalgia de buen teatro.

El texto completo del artículo, aquí: La alegría que pasa.


Efervescencia social

Enero 3, 2008

Nos llega noticia de una interesante exposición sobre la efervescencia social de los años 20 en la ciudad de Barcelona, organizada por el Ateneu Enciclopèdic Popular y el Centro Cívico El Sortidor del barrio del Poble Sec. Acompañan a la exposición, que estará abierta desde 7 hasta el 19 de enero en la sede del citado centro cívico, una conferencia debate a cargo de Manel Aisa, la presentación de un libro de José Luis Oyón sobre el anarquismo en la Barcelona de entreguerras y la proyección de la película La verdad sobre el caso Savolta, de Antonio Drover.

El programa completo puede descargarse aquí.

Del placer y del tormento de traducir

Diciembre 13, 2007

Fue el sacerdote vallense Carles Cardó (1884-1954), entre otras muchas cosas, uno de los mejores traductores literarios al catalán de la primera mitad del siglo XX. Gran parte de la obra de Séneca y varios libros de la Biblia impulsada por la Fundación Bíblica Catalana le deben a él unas versiones ciertamente modélicas en la dolça llengua de Verdaguer.

En «La Veu de Catalunya» del 3 de julio de 1936 (huelga subrayar la fecha) escribió el canónigo Cardó un precioso artículo titulado Del plaer i del turment de traduir. En la primera parte del mismo, pone de relieve algo en lo que pocas veces pensamos los propios traductores: en el fundamental papel que los (buenos) traductores de (buenos) autores tienen y han tenido en crear y ennoblecer las «formas de lenguaje» de idiomas que —como el catalán en 1936— por motivos históricos y culturales aún no han alcanzado esa madurez de estilo que es como la «puesta de largo» (la expresión es nuestra, no de Cardó) de una lengua culta y literaria.

Y, tras dejar apuntada tan aguda y certera observación de Cardó, no nos resistimos a reproducir la conclusión de su escrito:

Traduir és un turment, o un seguit de turments, perquè els problemes, quasi sempre insolubles a primera vista, es presenten ratlla per ratlla. I és un turment ingloriós.

Ingloriós, però no mancat d’altres recompenses més altes. El goig de l’esperit cada vegada que s’ha trobat una solució encertada, o que s’ha enriquit amb un nou instrument la potència expressiva de la llengua, és un goig regi entre els regis.

Dejamos al curioso lector el placer de leer por entero, si así lo desea, tan interesante artículo, reproducido en la Red por la revista de traducción «Quaderns» en su número 2 (199 8) y descargable en formato pdf en la siguiente dirección: Del plaer i del turment de traduir.


«El banquete de la vida»

Noviembre 8, 2007

La Editorial Sintra, radicada en Barcelona, acaba de publicar una nueva edición de una obra del que es considerado el abuelo del anarquismo español: el toledano Anselmo Lorenzo Asperilla (1841-1914). Titulada El banquete de la vida, lleva como subtítulo Concordancia entre la naturaleza, el hombre y la sociedad. Publicada por vez primera en 1905, se articula en una completa serie de breves estudios (El derecho a vivir, Tierra, Agua. Aire, Hombre, Estudio, Trabajo, Producto, Necesidad, Satisfacción, Solidaridad, Vida, Amor, Balance, Arte, Ciencia, Felicidad, Humanidad futura, Agotamiento de la Humanidad, La muerte es la vida) que van desde la Naturaleza al hombre y desde éste a la sociedad.

Permítasenos entresacar de entre ellos algunos pensamientos muy ilustrativos del ideario humanista del anarquismo de Anselmo Lorenzo y, a nuestro juicio, completamente vigentes:

Vivir es el supremo derecho y el gran deber que contraemos por el hecho de ser. Armonizar ese derecho y ese deber en nosotros mismos y en las relaciones de cada individuo con el resto de nuestra especie. Ése es el objeto de la sociedad humana (cap. I).

Es, pues, la solidaridad, el concurso de todos a la insuficiencia de cada uno, refluyendo asombrosamente beneficiada y abundante sobre individuos y colectividad (cap. XI).

Mientras la lucha por la existencia dirige indiferentemente al progreso o al retroceso de la evolución, según sean las circunstancias y el impulso recibido, la práctica de la ayuda mutua es el gran agente que dirige siempre hacia el desenvolvimiento progresivo. Es el factor del progreso de la evolución (cap. XVI).

La Tierra, este mundo que habitamos, libre de las fantasías del Génesis y del Apocalipsis bíblico, y nuestro propio ser humano, que, en su delirio de grandeza antropomórfica, se adoró en el tipo divino forjado en su fantasía, sometido como cosa secundaria a las vicisitudes del medio de subsistencia, queda reducido al rango que le corresponde en la escala zoológica, no siendo [...] sino una forma de evolución pasajera de la substancia y de la energía infinitas y eternas (cap. XX).

El pequeño volumen, al que con gran acierto acompañan las hermosas cabeceras y cubierta de la edición original, obra de F. Sacristá, se enriquece con un Prólogo Introducción y un Esbozo biográfico de Anselmo Lorenzo debidos a la competente pluma de Manel Aísa. Eventuales pedidos de ejemplares (al precio unitario de 8 € + gastos de envío) pueden cursarse a la siguiente dirección de correo electrónico: editor@editorialsintra.com

Algún día habrá que recordar las figuras y divulgar nuevamente las obras de los muchos benefactores de la Humanidad que, más por su desgracia que por su fortuna, nacieron y vivieron en un suelo como el español, mucho más apto a engendrar caciques y espadones que espíritus ilustrados y benéficos como un Jovellanos, un Giner de los Ríos, un Arturo Soria…. o un Anselmo Lorenzo.


«Aurioles»

Noviembre 7, 2007

Siempre nos atrae la posibilidad de leer antiguas revistas de carácter literario, musical, artístico… Si además pertenecen a un mundo tan interesante como el de la Barcelona de principios del siglo XX, el placer se multiplica. Recientemente, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha empezado a colgar en una de sus páginas la reproducción de los sucesivos números del semanario «De tots colors», que empezó su andadura en 1908 y que contiene, entre otras muchas cosas, interesantes artículos de crítica teatral y musical y brinda amplio espacio a la creación literaria de autores noveles.

En este último campo nos ha llamado mucho la atención, en el número 12 de esta publicación, correspondiente al 20 de marzo de 1908, una composición en la que musicalidad e imágenes —forma y contenido— alcanzan esa síntesis que constituye la poesía auténtica. Titulada Aurioles, la firma Pere Prat Gaballí (1885-1962), quien alcanzaría la fama en un ámbito bastante alejado de la métrica: el de la publicidad moderna, de la que se lo considera pionero en España. Tiene esta poesía, a nuestro modesto juicio, resonancias que nos recuerdan ciertas creaciones de Pedro Bonifacio Palacios, el gran Almafuerte de la poesía argentina. En el Box.net que figura en la columna derecha de esta bitácora puede leerse y descargarse Aurioles en formato pdf.


El modelo Lerner y el modelo Calatrava

Octubre 30, 2007

En una interesante entrevista que publicaba ayer «El País», el arquitecto y urbanista brasileño Jaime Lerner da algunas pistas, a nuestro juicio muy acertadas, sobre lo que tiene y no tiene que ser una ciudad del siglo XXI. Extraemos algunos párrafos con los que nos encontramos particularmente de acuerdo:

- Las grandes obras viarias, autopistas o túneles son la manera más rápida de cambiar un punto de congestión por otro.

- [El turismo] sólo es bueno si lo es para los habitantes de la ciudad. Y un parque temático es lo peor que les puede pasar. Más vale la gracia de la imperfección que la perfección sin gracia. Las divisiones temáticas desintegran la ciudad [...] No se puede dividir una ciudad en apartados de vivienda, ocio, trabajo…

Si la primera observación le viene como anillo al dedo al Madrid de Álvarez del Manzano y de Gallardón (no se resuelve el problema del tránsito rodado en una ciudad como Madrid fomentando el uso del vehículo privado, sino desanimándolo y penalizándolo), la segunda parece pensada ex profeso para la Barcelona actual, con sus munícipes empeñados en convertirla en la millor botiga del món y en un decorado modernista al servicio de Su Majestad el Turista.

Respecto al tema candente de los arquitectos estrella, dice Lerner algo tan razonable y sensato como esto:

- Estamos orgullosos de nuestras estrellas, pero lo que necesitamos es una constelación de arquitectos preocupados por sus ciudades. Se puede hacer buena arquitectura pensando en la gente, y no sólo en el propio ego. Se hacen demasiados museos. Y el mejor es la ciudad.

Son noticia precisamente de estos días las demandas judiciales a Calatrava por defectos en varias de sus faraónicas obras. Las mismas administraciones públicas que en su día hicieron gala del más torpe papanatismo encargando a la estrella obras de relumbrón sin exigirle el más mínimo requisito técnico, promocionándose a sí mismas y a su correspondiente partido con el dinero de todos, claman hoy al cielo y se declaran indignadas al comprobar que tan celebradas pasarelas, auditorios y demás hitos tenían los pies de barro. En el pecado llevan la penitencia, nos veríamos tentados de decir, si no fuera porque los sufridos ciudadanos acabamos pagando uno y otro.

El texto completo de la entrevista a Lerner, aquí.


Cartas al Director (2)

Octubre 24, 2007

Una nueva carta al director del diario «El País» merece todo nuestro aplauso y el sencillo homenaje que supone reproducirla en estas humildes páginas. La firma Francisco Javier Prat Martínez, barcelonés afincado en Madrid, y se publicó el 22 del corriente:

El alzhéimer es una enfermedad que no respeta a nadie; ricos y pobres, famosos o desconocidos, todos pueden -podemos- ser víctimas de él. Posiblemente, más de uno tenga en su familia algún miembro que ha caído en las garras de tan destructiva enfermedad, y seguramente con él arrastre a la familia a una larga temporada de dolor, incertidumbre y angustia. El último caso notorio conocido es el del ex alcalde y ex president de la Generalitat de Catalunya, Pascual Maragall. No es ocasión en este momento de cuestionar su tarea política, más bien es el momento de hablar de su gran coraje —el titular de EL PAÍS del domingo 21 de octubre ¿Qué enfermedad es esa que no recuerdo? ¿Eisenhower? es indicativo del ánimo que muestra cuando encara sus próximos años de vida con combatir a lo incierto—.

Viví hasta hace cuatro años en Barcelona y puedo decir que fue un gran alcalde bajo el cual la ciudad de Barcelona prosperó y llegó a ser lo que es actualmente. Aunque tópico, me gustaría citar la alegría que manifestó aquél, también octubre, cuando la ciudad fue designada sede de los Juegos Olímpicos de 1992 —¡y qué Juegos!—. Él saltaba y, junto con él, la ciudad.

Sirvan estas líneas sólo y con el único propósito de decir “¡ánimo!”. La lucha no será con toda seguridad fácil, pero el cariño y apoyo de todos los barceloneses está contigo, desde cualquier parte de la geografía de España. El mío, uno de ellos.

Sin ser barceloneses de nacimiento (¡pero sí de corazón!), también muchos otros españoles saltamos de alegría por aquellos inolvidables Juegos Olímpicos y rodeamos ahora de afecto, en su lucha contra tan terrible enfermedad, a quien fue, por decirlo en términos madrileños, el Carlos III que Barcelona esperaba y se merecía. Som amb vostè!