Claridad (Réplica)

Julio 24, 2008

El 13 de marzo de 1931, un mes casi exacto antes de la proclamación de la Segunda República española, nuestro abuelo materno Luis Hernández Alfonso respondía, en las páginas de la revista barcelonesa «La Calle», a las críticas que el catedrático y político agrarista Antonio Royo Villanova hacía a la República como culpable de todos los males… cuando aún no había sido proclamada. Curiosamente (¡o no tanto!), cuatro años después, tan celoso defensor del Trono acabaría desempeñando la cartera de Marina en un gobierno republicano…

El artículo de Hernández Alfonso puede leerse aquí: Claridad (Réplica).


Los tiempos cambian

Julio 21, 2008

La antigua biblioteca familiar, en fase de selección y traslado, sigue deparándonos sorpresas. Entre ellas, un volumen con la edición completa del primer año de publicación (1944) de la prestigiosa revista española «La Estafeta Literaria», en cuyas amenas y coloridas planas —verdadero alarde de modernidad gráfica, por cierto, y en las que colabora lo más granado de la literatura de posguerra— más de un tópico perpetuado como dogma sobre la supuesta penuria intelectual de la España de la época se deshace —forzoso nos es reconocerlo— como nieve al sol.

Pero lejos de nosotros, hoy por lo menos, la polémica. Huelga decir que hemos «devorado» con curiosidad insaciable las páginas de este tesoro, cuya existencia tan cerca de nosotros ignorábamos. Y que entre las muchas perlas que nuestra pasión lectora allí ha encontrado, deseamos hoy compartir una que lleva nombre de mujer: el de la poetisa alicantina Aurelia Ramos, nacida en 1892 y de la que figura, en el número 18 de la revista, correspondiente al 15 de diciembre de 1944, enmarcada en un retablo de breves composiciones de mujeres poetas, la siguiente en verso alejandrino, cuya fresca originalidad, acompañada de su más que plausible interpretación en clave feminista, nos ha llamado la atención:

 

LOS TIEMPOS CAMBIAN

Caperucita Roja ya no le teme al lobo;
ella es lista, y él, tonto; han cambiado el papel.
Ya no engañan sus patas, a pesar del adobo;
no engañan sus patrañas de viejo chocho y bobo:
hoy ya, Caperucita, ¡sabe mucho más que él!

La abuelita le dice con su hablar temeroso:
«No juegues con el lobo, que, al fin, te morderá».
Pero ella le hace un guiño picaresco y gracioso;
pliega los lindos labios con gesto desdeñoso,
y contesta: —No temas, que no se atreverá.

Con la cesta de fruta sobre el brazo colgada,
valiente y decidida, cruza el bosque sombrío;
busca del viejo lobo la guarida ignorada,
y con voz que hace dura, terrible y ahuecada,
dice: —Yo soy la loba; ábreme, lobo mío.

Abre la puerta el lobo y entra la niña hermosa;
los ojos, dos estrellas; los labios, roja flor…
Y murmura atrayente, sonriendo graciosa:
Mira mis dientes blancos, mi mano primorosa…
Yo no muerdo ni araño: ¡yo sólo doy amor!

El lobo hacia la puerta, ciego, se precipita,
un peligro tan grande contemplando ante sí.
Y en casa de regreso, graciosa y exquisita,
dice ella sonriendo: —¿No sabes, abuelita?
El lobo salió huyendo: ¡tiene miedo de mí…!


La abstención del pueblo

Julio 16, 2008

El 27 de febrero de 1931, y en las páginas de la revista barcelonesa de inspiración republicana «La Calle», apareció un artículo de nuestro abuelo materno, Luis Hernández Alfonso, en el que, bajo amplia alegoría teatral, trataba el autor del carácter abúlico —que no servil— del pueblo español y de las nuevas circunstancias que, en vísperas ya de la proclamación de la República, motivaban ese cambio esperanzado de actitud que se palpaba en la calle. Como curiosidad histórica, el artículo presenta cercenados por la censura dos de sus párrafos, reemplazados, para no dejar claros en la página, por pequeñas inserciones publicitarias. Su contenido puede leerse en el siguiente vínculo: La abstención del pueblo


Cantares

Julio 14, 2008
Cantares 1

Cantares 1

Cantares 2

Cantares 2

Como su título indica, se trata de una serie de coplas de aire popular (9 cuartetas y 1 seguidilla) y contenido moral que el escritor y periodista republicano Luis Hernández Alfonso compuso para su hija Consuelo Hernández Rodríguez, a la sazón de nueve años de edad, en la Cárcel «La Campana» de Granada el 19 de noviembre de 1940.

Su manuscrito, recientemente recuperado, se conserva en el archivo familiar.

Leer Cantares.


«El Presidencialista», n.º 3 (marzo de 1928)

Julio 11, 2008

Julio de 2008

Julio 1, 2008

El r�o Eresma

El río Eresma, a su paso por tierras pinariegas. Foto y calendario cortesía, como ya es tradición aquí, de Blanca Gallego. ¡Gracias!


Ajustar cuentas musicales

Junio 21, 2008

Vivimos tiempos recios, como diría Santa Teresa, aunque no por los mismos motivos en que ella pensaba. Tiempos de desmemoria cuando, paradójicamente, se multiplican exponencialmente los soportes en los que archivar la memoria personal y colectiva. Tiempos de ignorancia cuando, no menos paradójicamente, nunca ha estado el saber tan al alcance de la mano.

Exponente claro de ambas carencias, la cantante María Lavalle, de gira estos días por Madrid, acusa en sus conciertos a Edith Piaf de presentar su gran éxito La foule bajo la autoría de Michel Rivegauche. No fue así. Éste fue el autor de la impresionante letra francesa de el precioso vals que compusieron los argentinos Enrique Dizeo (letra) y Ángel Cabral (música), tal vez más conocido en el mundo hispánico por las primeras palabras del estribillo (Amor de mis amores…) que por su título auténtico, Que nadie sepa mi sufrir. Pero el origen americano de la melodía nunca fue un misterio para los seguidores de la Môme Piaf. Y en el volumen Édith Piaf. L’hymne à l’amour (Librairie Générale Française, París 1994 - Le Livre de Poche, 9624), en el que Pierre Saka ha reunido los textos de todas las canciones de la celebérrima cantante francesa, figuran clara y debidamente consignados Rivegauche y Cabral como autores respectivos del texto y de la música de La foule.

Según la crónica de Lino Portela aparecida ayer en «El País», que transcribe palabras de la propia Lavalle, la deliciosa melodía es «un pequeño valsecito argentino». Pues no: su propio autor, él sí argentino, siempre lo definió como peruano, y basta con conocer un poco el género para dar fe de esta adscripción.

Lo que quizá tampoco sepa María Lavalle es cómo cuenta la leyenda o la tradición (pues nos movemos en los difusos confines de la fabulación de la que decíamos ayer, a lo Fray Luis) que conoció la Piaf esa joya. Fue a mediados de los años cincuenta. Pasó la artista francesa por Madrid y fue una noche a la mítica y recoleta sala de fiestas Alazán, en la Castellana, donde cantaba otra gran dama de la canción: María Dolores Pradera, en aquella época aún más conocida por su faceta actoral que como cantante. Cantó la madrileña, como sólo ella sabe hacerlo, Que nadie sepa mi sufrir, y esa enorme descubridora de veneros musicales que fue Édith Piaf quedó cautivada por su melodía. Al cumplimentar a su colega en el camerino tras el recital, le preguntó por el origen de la canción. Y en 1958, con la complicidad del espléndido texto de Rivegauche, el mundo se estremecía ante una nueva creación superlativa: La foule. Dos canciones totalmente distintas, unidas por una melodía de las que arrancan, al mismo tiempo, la danza y las lágrimas.

De ella les proponemos una bonita versión que subraya el carácter de «ida y vuelta» de tonadas como ésta. Con todos ustedes, nuestra buena amiga Olga María Ramos interpretando La foule acompañada por Los Gemelos y en un francés que da envidia (¡el homónimo Liceo marca!).


La Biblioteca Digital del Botánico de Madrid

Junio 9, 2008

Quercus morisii

La traducción de un texto de botánica que nos ha sido recientemente encomendada ha vuelto a despertar nuestro interés por tan apasionante disciplina científica, vivo desde que hace unos veinte años desempeñamos funciones de coordinación y administración en una asociación profesional vinculada a la horticultura ornamental.

Y he aquí que al buscar información sobre algunos términos recurrentes en la descripción de especies y variedades nos hemos topado con una maravilla en la Red: la Biblioteca Digital del Real Jardín Botánico de Madrid, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en la que es posible acceder sin restricción alguna a casi un millón de páginas de unas mil quinientas publicaciones de interés botánico antiguas o de difícil localización y consulta. Se trata de una biblioteca que incorpora continuamente nuevos contenidos, a los que se puede acceder por autores o títulos, y que incluye también 164 publicaciones periódicas entre las más buscadas y prestigiosas en campo botánico.


Porfiar, pero no apostar

Junio 5, 2008

Partida de cartas

«Porfiar, pero no apostar». Así rezaba una de las reglas áureas que regían en nuestra familia. Con excepción de los sacrosantos Gordo y Niño de la lotería y, por parte de un tío abuelo, la quiniela semanal —por él jugada con abnegación y criterio científico durante decenas de años sin éxito, excepto la única vez que se le ocurrió darla a rellenar a dos de sus hermanas, ayunísimas de fútbol y que la rellenaron con criterios devoto-turísticos un tanto peculiares («Albacete-Zaragoza, ¡oh, la Pilarica!, pues un 2, seguro que gana», «Málaga-Deportivo de Huelva, ¡uf, dónde va a parar, con lo bonita que es Málaga!, un 1…») y que ganó así una modesta suma—; decíamos que, excepto en estos casos, en casa estaba proscrito jugar dinero ni nada que fuera más allá de unos guisantes o garbanzos secos que se sacaban de su saquito cada vez que se jugaba a la familiar tómbola, o, más modernamente ya, del dinero de pega del Monopoly.

Un verano, a principios de los años setenta y teniendo yo 11 o 12 años, pasé unos días de vacaciones, junto con mis padres y hermana, en un bonito hotel con piscina que acababa de inaugurarse cerca de Santa Cristina de Aro, en un paraje espléndido, de monte sembrado de pinos (andando el tiempo comprendería que habían sido más los pinos que tuvieron que talar para construir el hotel que los que quedaron vivos para deleite del visitante, acordándome con ello de la agudeza de un ilustre ingeniero agrónomo al que, también andando el tiempo, conocería en mi vida profesional, y que sentenciaba cada vez que veía el cartel de una urbanización: «¿El Encinar de los Reyes? No lo dude, señor Herrero: ¡Eso significa que se han cargado un encinar! ¿Que el Robledal de la Jara? ¡Pues han acabado con los robles… y con la jara!»).

En aquel hotel, cuyo nombre no recuerdo pero que sería fácil de identificar (aunque hoy seguramente esté rodeado de otras construcciones y no señero como en aquel entonces), nos encontrábamos tan bien que en muy contadas ocasiones bajábamos a Playa de Aro, y menos a la ídem de la turística población gerundense, excepto alguna tarde para cenar algo en los variopintos restaurantes que la jalonaban. Nos hicimos amigos del director y de su esposa, que con sus dos niñas hacía en el hotel la misma vida que cualquier huésped. Eran catalanes, o por lo menos lo era la mujer, que en catalán hablaba con sus hijas, y fue quizá la primera vez que oí hablar la hermosa lengua de Verdaguer y Maragall (y de la persona a la que más quiero).

Por las tardes, después del almuerzo en el acogedor comedor del establecimiento, mis padres solían subir con mi hermana a descansar un rato. Hasta hacía muy pocos años, un servidor también se había visto obligado, volens nolens, a participar en el sagrado rito familiar de la siesta (muy a su pesar entonces; hoy, que casi nunca puedo hacerla, no diría lo mismo), pero aquel verano, en consideración de mi edad, se me dio ya generosa licencia para no subir a la habitación, siempre y cuando no se me ocurriera bañarme (¡la sagrada digestión y sus tres larguísimas horas, otro dogma familiar!) ni, por supuesto, salir del hotel. Entretenía por lo tanto aquella hora u hora y media de ocio personal en los amplios y luminosos salones del hotel, jugando con una baraja al único solitario que sabía y que sé, el archifamoso de Napoleón, que me había enseñado, junto con la brisca y algún juego más, una tía abuela por parte materna, la tía Filomena, único miembro conocido de nuestra estirpe aficionado a la baraja.

Una tarde, mientras estaba enfrascado en resolver el aparente punto muerto al que había llegado en mi solitario, se me acercó una señora anciana pequeñita, muy bien vestida y de aspecto adorable, con la que nos habíamos cruzado y saludado alguna vez al entrar o salir del comedor. Era cubana (de las que abandonaron la isla cuando lo de Fidel, me dije unos años después), y con su cautivador ceceo me preguntó si me gustaba jugar a las cartas. Respondí que sí, y preguntado sobre cuál era mi juego preferido, repuse que la brisca. Propúsome entonces que jugáramos y que, para hacer el juego más emocionante, apostáramos una peseta en cada mano. Mis padres me daban algo de calderilla para mis pequeños gastos vacacionales, por lo que acepté encantado, imagino que sobre todo por verme tratado por una persona mayor, que habría podido ser mi abuela, en un plano de paridad, como un adulto, vamos.

Tras unas cuantas manos, la anciana señora se despidió para ir a descansar y me preguntó si al día siguiente querría seguir jugando. Naturalmente, le conteste que sí. Y así seguimos varios días, en un rincón del salón, jugándonos ella y yo nuestros duritos a la brisca con alterna fortuna. Por supuesto, me abstuve de comentar nada a mis padres sobre cómo pasaba parte del pomeriggio en ocupación que barruntaba considerarían non sancta.

Pero una tarde aciaga, ya fuera porque la dulce abuelita antillana, enfrascada en el juego, se retrasara en subir a su habitación, ya fuera porque mis padres y hermana bajaran antes de lo acostumbrado de las suyas, ante los ojos horrorizados de mis progenitores se desplegó la imagen de su hijo con las cartas en la mano y un montoncito de pesetas (sólo debieron de faltar un puro y un whisky para completar tan truculenta escena), entregado al juego con una desconocida, feliz y ajeno a todo lo que le rodeaba.

Ni que decir tiene que mi madre, que, frente a mi padre, algo más contemporizador, siempre tomaba la iniciativa en operaciones punitivas, en pocos segundos que se me hicieron siglos acabó con la «timba» (así la definió armando el consabido escándalo) que la señora y yo «nos habíamos montado», afeándole a ella su conducta y dándome a mí, a parte de un sermón cuyas desagradables sesiones se prolongarían durante varios días, dos o tres bofetadas especialidad de la casa («cruzar la cara», era la plástica y acertada expresión): vamos, para entendernos, de las que te seguían escociendo durante horas.

Huelga decir que ahí, en tierras catalanas y a principios de los años setenta, acabó para mí para in æternum cualquier tentación de jugar o apostar dinero, con la única excepción de mil pesetas que jugué con un amigo en un bingo hace ya casi veinte años. La lección no por severa estuvo menos acertada, o por lo menos eso creo. Pero guardo, eso sí, un recuerdo especial de aquella abuelita cubana, tal vez el primer adulto que me trató como tal.


Junio de 2008

Junio 1, 2008

Castillo de la Mota - Medina del Campo

Dejando por un momento su interés por la naturaleza de su hermosa tierra castellana, Blanca Gallego nos propone para este mes de junio recién estrenado una mirada a uno de los monumentos más representativos de la misma: el célebre castillo de la Mota en Medina del Campo.

Que su belleza nos acompañe durante todo este mes.