Claridad (Réplica)

Julio 24, 2008

El 13 de marzo de 1931, un mes casi exacto antes de la proclamación de la Segunda República española, nuestro abuelo materno Luis Hernández Alfonso respondía, en las páginas de la revista barcelonesa «La Calle», a las críticas que el catedrático y político agrarista Antonio Royo Villanova hacía a la República como culpable de todos los males… cuando aún no había sido proclamada. Curiosamente (¡o no tanto!), cuatro años después, tan celoso defensor del Trono acabaría desempeñando la cartera de Marina en un gobierno republicano…

El artículo de Hernández Alfonso puede leerse aquí: Claridad (Réplica).


La abstención del pueblo

Julio 16, 2008

El 27 de febrero de 1931, y en las páginas de la revista barcelonesa de inspiración republicana «La Calle», apareció un artículo de nuestro abuelo materno, Luis Hernández Alfonso, en el que, bajo amplia alegoría teatral, trataba el autor del carácter abúlico —que no servil— del pueblo español y de las nuevas circunstancias que, en vísperas ya de la proclamación de la República, motivaban ese cambio esperanzado de actitud que se palpaba en la calle. Como curiosidad histórica, el artículo presenta cercenados por la censura dos de sus párrafos, reemplazados, para no dejar claros en la página, por pequeñas inserciones publicitarias. Su contenido puede leerse en el siguiente vínculo: La abstención del pueblo


Cantares

Julio 14, 2008
Cantares 1

Cantares 1

Cantares 2

Cantares 2

Como su título indica, se trata de una serie de coplas de aire popular (9 cuartetas y 1 seguidilla) y contenido moral que el escritor y periodista republicano Luis Hernández Alfonso compuso para su hija Consuelo Hernández Rodríguez, a la sazón de nueve años de edad, en la Cárcel «La Campana» de Granada el 19 de noviembre de 1940.

Su manuscrito, recientemente recuperado, se conserva en el archivo familiar.

Leer Cantares.


«El Presidencialista», n.º 3 (marzo de 1928)

Julio 11, 2008

De fabulaciones vividas

Junio 20, 2008

No es precisamente Javier Marías santo de nuestra devoción como novelista (¡en realidad pocos escritores vivos, españoles o extranjeros, pueden aspirar a altar con culto en nuestro particular templo literario y codearse allí con los suntuosos retablos que tenemos erigidos, amén de a Cervantes, a Pérez Galdós o a Balzac: el único que acude ahora a nuestra maltrecha memoria es, si acaso, el francés Eric-Emmanuel Schmitt…). Hace años, un buen amigo (¿qué es de ti, Dandy?) puso en nuestras manos dos o tal vez tres novelas de Marías y nos parecieron pretenciosas y pedantes, como si cada detalle o digresión estuvieran concebidos para pregonar a los cuatro vientos lo cultísimo que es y se cree su autor. Creemos que el escritor culto no debe, por supuesto, prescindir de su conocimiento, pero sí procurar que se le perdone, como la caridad a quien la practica.

Sin embargo, sí seguimos con interés sus semanales apariciones en el suplemento dominical de «El País», en las que se limita a decir lo que piensa de esto y de aquéllo —particularmente de males que afligen al «solar patrio»— y que obtienen casi siempre nuestra decidida adhesión por la lucidez y razón con la que, a nuestro juicio, arroja sus venablos.

Ayer aparecía en el mismo diario un reportaje de Jesús Ruiz Mantilla sobre la intervención de Marías en el ciclo Lecciones y maestros de Santillana del Mar. Y hablando de fabulaciones sobre lo real al hilo de una curiosa y terrible anécdota de su familia («La maldición del pordiosero»), dijo algunas cosas que consideramos absolutamente ciertas.

De la citada anécdota, vivida (o mejor dicho protagonizada, pues el pobre señor murió de ella) por un bisabuelo suyo, asegura que, en el mecanismo de transmisión generacional y familiar, «pasó a ser mucho más que una anécdota intrascendente. Por mucho que ocurriera en realidad fue sólo en aquel momento cuando mereció ser contada, esto es: cuando de pronto pareció ficción». Y añade: «Cuando uno cuenta o introduce la ficción en algo que ha ocurrido, la única forma de hacerlo aceptable y verosímil consiste en pasarlo por la imaginación, en ser capaz de contarlo como si en realidad no hubiera pasado».

«Contarlo como si en realidad no hubiera pasado»… En estos últimos meses, en nuestra pequeña esfera y humilde nivel, hemos empezado a relatar en estas páginas, junto con vivencias directas nuestras, algunas anécdotas o meros detalles de la vida familiar que sólo nos son conocidos por haberlos escuchado, en algunos casos, de labios de sus protagonistas o testigos, o bien por sucesivos receptores convertidos a su vez en transmisores. Mejor dicho deberíamos decir receptoras y transmisoras, y aquí viene al pelo otra verdad como un templo dicha por el famoso escritor acerca del papel de las mujeres, y siempre las mujeres, como «transmisoras de lo sucedido y lo inventado». Damos fe también de esta última afirmación: nuestra abuela materna y nuestra madre fueron verdaderos depósitos de memoria familiar, gracias a los cuales disponemos hoy de un pequeño pero tal vez jugoso acervo de vivencias fabuladas (y acaso de alguna que otra fábula vivida) que acaso nosotros también, si los dioses del Tiempo y del Ingenio nos sonríen propicios, traigamos a estos lares.

El artículo completo que nos ha servido de inspiración puede leerse aquí: Javier Marías, fabulación al poder.


Porfiar, pero no apostar

Junio 5, 2008

Partida de cartas

«Porfiar, pero no apostar». Así rezaba una de las reglas áureas que regían en nuestra familia. Con excepción de los sacrosantos Gordo y Niño de la lotería y, por parte de un tío abuelo, la quiniela semanal —por él jugada con abnegación y criterio científico durante decenas de años sin éxito, excepto la única vez que se le ocurrió darla a rellenar a dos de sus hermanas, ayunísimas de fútbol y que la rellenaron con criterios devoto-turísticos un tanto peculiares («Albacete-Zaragoza, ¡oh, la Pilarica!, pues un 2, seguro que gana», «Málaga-Deportivo de Huelva, ¡uf, dónde va a parar, con lo bonita que es Málaga!, un 1…») y que ganó así una modesta suma—; decíamos que, excepto en estos casos, en casa estaba proscrito jugar dinero ni nada que fuera más allá de unos guisantes o garbanzos secos que se sacaban de su saquito cada vez que se jugaba a la familiar tómbola, o, más modernamente ya, del dinero de pega del Monopoly.

Un verano, a principios de los años setenta y teniendo yo 11 o 12 años, pasé unos días de vacaciones, junto con mis padres y hermana, en un bonito hotel con piscina que acababa de inaugurarse cerca de Santa Cristina de Aro, en un paraje espléndido, de monte sembrado de pinos (andando el tiempo comprendería que habían sido más los pinos que tuvieron que talar para construir el hotel que los que quedaron vivos para deleite del visitante, acordándome con ello de la agudeza de un ilustre ingeniero agrónomo al que, también andando el tiempo, conocería en mi vida profesional, y que sentenciaba cada vez que veía el cartel de una urbanización: «¿El Encinar de los Reyes? No lo dude, señor Herrero: ¡Eso significa que se han cargado un encinar! ¿Que el Robledal de la Jara? ¡Pues han acabado con los robles… y con la jara!»).

En aquel hotel, cuyo nombre no recuerdo pero que sería fácil de identificar (aunque hoy seguramente esté rodeado de otras construcciones y no señero como en aquel entonces), nos encontrábamos tan bien que en muy contadas ocasiones bajábamos a Playa de Aro, y menos a la ídem de la turística población gerundense, excepto alguna tarde para cenar algo en los variopintos restaurantes que la jalonaban. Nos hicimos amigos del director y de su esposa, que con sus dos niñas hacía en el hotel la misma vida que cualquier huésped. Eran catalanes, o por lo menos lo era la mujer, que en catalán hablaba con sus hijas, y fue quizá la primera vez que oí hablar la hermosa lengua de Verdaguer y Maragall (y de la persona a la que más quiero).

Por las tardes, después del almuerzo en el acogedor comedor del establecimiento, mis padres solían subir con mi hermana a descansar un rato. Hasta hacía muy pocos años, un servidor también se había visto obligado, volens nolens, a participar en el sagrado rito familiar de la siesta (muy a su pesar entonces; hoy, que casi nunca puedo hacerla, no diría lo mismo), pero aquel verano, en consideración de mi edad, se me dio ya generosa licencia para no subir a la habitación, siempre y cuando no se me ocurriera bañarme (¡la sagrada digestión y sus tres larguísimas horas, otro dogma familiar!) ni, por supuesto, salir del hotel. Entretenía por lo tanto aquella hora u hora y media de ocio personal en los amplios y luminosos salones del hotel, jugando con una baraja al único solitario que sabía y que sé, el archifamoso de Napoleón, que me había enseñado, junto con la brisca y algún juego más, una tía abuela por parte materna, la tía Filomena, único miembro conocido de nuestra estirpe aficionado a la baraja.

Una tarde, mientras estaba enfrascado en resolver el aparente punto muerto al que había llegado en mi solitario, se me acercó una señora anciana pequeñita, muy bien vestida y de aspecto adorable, con la que nos habíamos cruzado y saludado alguna vez al entrar o salir del comedor. Era cubana (de las que abandonaron la isla cuando lo de Fidel, me dije unos años después), y con su cautivador ceceo me preguntó si me gustaba jugar a las cartas. Respondí que sí, y preguntado sobre cuál era mi juego preferido, repuse que la brisca. Propúsome entonces que jugáramos y que, para hacer el juego más emocionante, apostáramos una peseta en cada mano. Mis padres me daban algo de calderilla para mis pequeños gastos vacacionales, por lo que acepté encantado, imagino que sobre todo por verme tratado por una persona mayor, que habría podido ser mi abuela, en un plano de paridad, como un adulto, vamos.

Tras unas cuantas manos, la anciana señora se despidió para ir a descansar y me preguntó si al día siguiente querría seguir jugando. Naturalmente, le conteste que sí. Y así seguimos varios días, en un rincón del salón, jugándonos ella y yo nuestros duritos a la brisca con alterna fortuna. Por supuesto, me abstuve de comentar nada a mis padres sobre cómo pasaba parte del pomeriggio en ocupación que barruntaba considerarían non sancta.

Pero una tarde aciaga, ya fuera porque la dulce abuelita antillana, enfrascada en el juego, se retrasara en subir a su habitación, ya fuera porque mis padres y hermana bajaran antes de lo acostumbrado de las suyas, ante los ojos horrorizados de mis progenitores se desplegó la imagen de su hijo con las cartas en la mano y un montoncito de pesetas (sólo debieron de faltar un puro y un whisky para completar tan truculenta escena), entregado al juego con una desconocida, feliz y ajeno a todo lo que le rodeaba.

Ni que decir tiene que mi madre, que, frente a mi padre, algo más contemporizador, siempre tomaba la iniciativa en operaciones punitivas, en pocos segundos que se me hicieron siglos acabó con la «timba» (así la definió armando el consabido escándalo) que la señora y yo «nos habíamos montado», afeándole a ella su conducta y dándome a mí, a parte de un sermón cuyas desagradables sesiones se prolongarían durante varios días, dos o tres bofetadas especialidad de la casa («cruzar la cara», era la plástica y acertada expresión): vamos, para entendernos, de las que te seguían escociendo durante horas.

Huelga decir que ahí, en tierras catalanas y a principios de los años setenta, acabó para mí para in æternum cualquier tentación de jugar o apostar dinero, con la única excepción de mil pesetas que jugué con un amigo en un bingo hace ya casi veinte años. La lección no por severa estuvo menos acertada, o por lo menos eso creo. Pero guardo, eso sí, un recuerdo especial de aquella abuelita cubana, tal vez el primer adulto que me trató como tal.


A la sombra del Hospicio

Mayo 27, 2008

Un reciente artículo de nuestro colega y amigo Enrique Fidel acerca de la historia del antiguo Hospicio madrileño de San Fernando y una característica foto de su celebérrima portada, colgada también recientemente en la galería de Flickr Lyceo Hispánico, y que por gentileza de su administrador Enrique Viola encabeza este artículo, nos han impulsado a escribir algo de lo mucho que significó para nuestra familia tan destacado edificio, uno de los que la mayoría de los turistas se suele «perder» debido a su ubicación algo distante del centro más monumental.

La familia de nuestra abuela materna, perteneciente a la burguesía acomodada, había vivido siempre, desde finales del siglo XIX, en los aledaños de los bulevares (plaza de Santa Bárbara, Caracas, Españoleto) cuando no en los mismos (Sagasta), en casa propia y con gran desahogo. La muerte de mi bisabuelo a los 45 años, acaecida en 1909, dejando a una mujer diez años más joven con cuatro hijas de entre 11 y 4 años y un hijo de días, supuso el principio, si no de la ruina, sí por lo menos de la decadencia. Y ésta se marcó con la mudanza de la familia, a los dos o tres años del óbito del padre, a un piso en alquiler en la calle del Espíritu Santo, al otro lado de esa línea de los bulevares que separaba, en cierta forma, el mundo de la alta burguesía con pufos aristocráticos de calles como Almagro y sus aledañas, de la pequeña burguesía y menestralía que poblaban las simpáticas y coloridas calles que se extienden al sur de Carranza, entre San Bernardo y Fuencarral. Esa casa de Espíritu Santo sería ya, durante todo el siglo XX, la residencia familiar.

También la familia de nuestro abuelo materno se mudó, suponemos que hacia los años veinte, de la plaza de Carlos Cambronero a un bonito piso de la calle Divino Pastor, por lo que unos y otros vivieron siempre, por así decirlo, a la sombra de la impresionante portada churrigueresca que tanto peligro corrió en tiempos de la Ilustración, cuando espíritus por otra parte dignos de toda consideración y aprecio, como el bueno de Antonio Ponz, declararon en nombre del neoclasicismo guerra sin cuartel a los promontorios pétreos o lígneos en los que se había explayado el barroco más desaforado en forma de retablos o de portadas como la del Hospicio, salvándose la nuestra de una destrucción en la que perecieron, por desgracia, muchas otras. Como bien dice Enrique Fidel en su artículo, sobrevivió más tarde la parte que conocemos del edificio gracias a su declaración como monumento nacional en 1919. Y —hecho no por menos conocido menos trascendente— volvió a salvarse en los primeros meses de la República gracias a la intervención de nuestro abuelo materno, el periodista y escritor republicano Luis Hernández Alfonso.

Como es sabido, durante los primeros días del nuevo régimen, grupos de incontrolados cometieron en Madrid toda clase de atentados contra el patrimonio artístico e histórico bajo el pretexto de borrar toda huella simbólica dejada por la no injustamente odiada Monarquía. Se derribaron estatuas como la de Felipe III en la Plaza Mayor, y el propio Miguel Maura narra en sus memorias cómo logró salvar, al pasar con su coche oficial por Alcalá para doblar por Velázquez, la soberbia efigie ecuestre de Espartero, a la que unos cuantos bárbaros, desconocedores por supuesto del talante liberal del que fue regente de España, tenían ya amarrada con cables y se disponían a derribar.

La casa de nuestro bisabuelo, el jurista levantino Luis Hernández Rico, en Divino Pastor, 9 duplicado (11 actual) era también la sede de la formación política por él fundada, el Partido Republicano Presidencialista de España y la redacción del órgano de las Juventudes de éste, El Presidencialista, dirigido precisamente por su hijo, Hernández Alfonso. La mayor parte de los afiliados de la modesta pero emprendedora formación eran estudiantes de la Universidad Central y abogados, periodistas y escritores, en su gran mayoría muy jóvenes.

En uno de esos días convulsos, estando nuestro abuelo en la redacción del períodico, llegó noticia que algunos grupos de fanáticos se estaban congregando alrededor del Hospicio y de la cercana parroquia de los Santos Justo y Pástor, antigua iglesia del convento de las Maravillas, con la intención de prender fuego a ambos edificios. Junto con los correligionarios que estaban en ese momento en la redacción y sede del Partido, y mandando recado a otros que vivían en los aledaños, acudió rápido nuestro abuelo a uno y otro sitio, haciendo valer su probada ejecutoria republicana (no en vano había dado con sus huesos en la cárcel en varias ocasiones bajo la Dictadura, y la última sólo unos meses antes en la Modelo a raíz del intento de Jaca) para que los supuestos compañeros de ideales políticos depusieran su actitud. Parece ser que la elocuencia de Hernández Alfonso y el número de jóvenes presidencialistas dispuestos a defender los dos edificios amenazados acabaron por hacer mella en el ánimo exaltado de aquellos incendiarios, salvando así dos joyas de la arquitectura madrileña (además del San Diego de Zurbarán que aún hoy conserva la recoleta iglesia de la calle de la Palma).

Nos contaba nuestro abuelo un detalle del salvamento del Hospicio por parte de los presidencialistas. El que parecía ser el jefe de filas de los iconoclastas, para motivar su purificadora labor, le señaló los escudos, timbrados por real corona, que adornan cada uno de los balcones de la planta superior del Hospicio. Cuando Luis Hernández le hizo ver que se trataba (y así es, en efecto) de los escudos de las diferentes tierras y regiones que integran España, y comenzó a decirles a qué reino pertenecía cada uno, cundió el desánimo entre la turba incendiaria —rompeolas como Madrid de todas las Españas—, pues ¿cómo iba a tolerar cada uno que se quemara el escudo de su respectiva tierra?

Y así se salvó, una vez más, el Hospicio, y con él su primorosa y sorprendente portada, joya del barroco madrileño.


Palmiro Herrero Rodríguez (1931-2008)

Mayo 17, 2008

Palmiro Herrero Rodr�gue<

Algo misteriosamente formado
existía antes que el cielo y la tierra.
Sin sonido ni forma, permanece único e inmutable,
lo penetra todo y nunca se agota.
Podríamos llamarlo la madre del universo.
Pero desconozco su nombre.
Si me veo obligado a llamarlo, lo llamo Tao.
Si he de usar otra palabra, lo llamo lo grande.
Lo grande siempre fluye.
Su flujo constante lo aleja sin cesar.
Alejarse sin cesar es volver al origen.

El Tao es grande.
El cielo es grande.
La tierra es grande.
El hombre también es grande.
Hay cuatro grandes cosas en el universo
y el hombre es una de ellas.

El hombre sigue las leyes de la tierra.
La tierra sigue las leyes del cielo.
El cielo sigue las leyes del Tao.
El Tao sigue a su propia naturaleza.

(Lao Tse, Tao Te Ching, XXV)

Palmiro Herrero Rodríguez fue traductor, intérprete simultáneo, historiador y escritor madrileño. Funcionario del Ministerio español de Industria y de la Organización Internacional del Trabajo, fue responsable de los departamentos de Traducción e Interpretación y de Personal de la Oficina de esta organización en Turín (Italia). Finalista en el XXI Premio Espejo de España de la Editorial Planeta con el ensayo histórico Cagliostro en España. Un aventurero italiano en el reino de Carlos III (Imagine Ediciones, Madrid 2005), deja varias novelas breves y obras teatrales inéditas. Y fue, más allá y por encima de todo esto, nuestro padre.


No todo era mutismo

Abril 4, 2008

«No todo era mutismo. No todas las voces de la España vencida enmudecieron. Yo, y muchos como yo, escuchamos estas voces que alentaron nuestro espíritu crítico-combativo. Puede decirse que desaparecieron los libros, las publicaciones; pero no las voces, no la labor clandestina, voces que estaban ética y revolucionariamente vivas y, por esto mismo, condenadas al exilio interior. Yo, quizá porque me daba más a la calle que a las bibliotecas, no comparto, por lo menos en los términos que suele llevarse, la apabullante sobrevaloración de las voces del exilio exterior sobre las del exilio interior. Porque no todo ha sido silencio. No se trata de medir cuál ha sido más valiosa, si la voz de fuera o la de dentro; se trata simplemente de matizar y rechazar la acusación de falta de continuidad en el proceso cultural. Los cuarenta años de postguerra tienen su voz; al margen de su poca o mucha importancia, son cuarenta años que no se resignaron a perder la continuidad, lo que costó no sólo el entrañable esfuerzo de algunos, sino la muerte de muchos en los distintos aspectos de la represión».

Lauro Olmo, Coloquio sobre el exilio, «Historia 16», año II, n.º 19, noviembre de 1977 (citado en: Valentina Fernández Vargas, La resistencia interior en la España de Franco, «Biblioteca de Estudios Críticos - Sección de Historia» n.º 8, Ediciones Istmo, Madrid 1981, pág. 11).


Blindandoa

Marzo 31, 2008

Mapa del pa�s de OzEn la sección Café con… de «El País» de hoy, el industrial italiano Ernesto Bertarelli, patrón del Alinghi, el barco ganador de la reciente Copa de América, preguntado sobre el porqué del nombre de su embarcación, rememora con una sonrisa (y en su respuesta y sonrisa se palpa el natural pudor que a casi todos nos asalta al hablar de nuestras vivencias infantiles): «Es una historia muy íntima y que se remonta a mi infancia. Alinghi era una palabra que inventamos con mi hermana para referirnos a un amigo invisible».

Ello nos ha llevado a rememorar, a nuestra vez, nuestros primeros años de vida, cuando, con nuestra hermana, tres años menor que nosotros, dimos en inventarnos no ya un amigo invisible, sino un país imaginario: Blindandoa. Inútil sería —imaginamos— toda investigación acerca del porqué del nombre en sí. Tal vez la terminación en oa nos sugiriera un país exótico, y por lo que respecta a la raíz de su nombre algún psicoanalista fácilmente insistiría en el concepto y acción de blindar, por mucho que ni nuestra hermana ni nosotros conociéramos en aquella época el significado de este verbo…

Lo cierto y real es que Blindandoa fue, durante unos años, nuestro país y mundo ideal. Trazábamos mapas de él, que lo hacían extrañamente semejante al de la provincia de Soria —tierra en la que pasábamos nuestras vacaciones—, que figuraba en un precioso atlas de la editorial Aguilar, regalo de nuestro abuelo materno. Y precisamente en las inmediaciones de Soria, en una piscina recoleta, campestre, silvestre y hasta rupestre cercana a El Monjío, guardada por un anciano pastor de porte y tez numantina y cuyas aguas heladas procedían de una cascada, pasábamos los dos gran parte del aburrido tiempo destinado a la preceptiva digestión anterior al baño (¡dogma familiar donde los hubiera!) arreglando y componiendo nuestra utópica nación. Hasta un juguete consistente en un completo supermercado lleno de frutas, barras de pan, conservas y botellas de leche se convertía, por arte de birlibirloque, en el principal negocio de la capital de Blindandoa, los precios de cuyos artículos fijábamos día tras día con arreglo a Dios sabe qué criterios…

¡País de Blindandoa! A estas alturas de nuestras vidas y respectivos patrimonios, dudo seriamente de que podamos algún día bautizar un barco con tu nombre. Pero quedarás siempre, en el poso del recuerdo de estos dos hermanos, como el mundo feliz en el que vivieron lo mejor de sus primeros años.

(El artículo citado puede leerse aquí: Alinghi fue el amigo invisible de mi infancia. El mapa del imaginario país de Oz que ilustra estas líneas procede de la bitácora Strange Maps).