
«Porfiar, pero no apostar». Así rezaba una de las reglas áureas que regían en nuestra familia. Con excepción de los sacrosantos Gordo y Niño de la lotería y, por parte de un tío abuelo, la quiniela semanal —por él jugada con abnegación y criterio científico durante decenas de años sin éxito, excepto la única vez que se le ocurrió darla a rellenar a dos de sus hermanas, ayunísimas de fútbol y que la rellenaron con criterios devoto-turísticos un tanto peculiares («Albacete-Zaragoza, ¡oh, la Pilarica!, pues un 2, seguro que gana», «Málaga-Deportivo de Huelva, ¡uf, dónde va a parar, con lo bonita que es Málaga!, un 1…») y que ganó así una modesta suma—; decíamos que, excepto en estos casos, en casa estaba proscrito jugar dinero ni nada que fuera más allá de unos guisantes o garbanzos secos que se sacaban de su saquito cada vez que se jugaba a la familiar tómbola, o, más modernamente ya, del dinero de pega del Monopoly.
Un verano, a principios de los años setenta y teniendo yo 11 o 12 años, pasé unos días de vacaciones, junto con mis padres y hermana, en un bonito hotel con piscina que acababa de inaugurarse cerca de Santa Cristina de Aro, en un paraje espléndido, de monte sembrado de pinos (andando el tiempo comprendería que habían sido más los pinos que tuvieron que talar para construir el hotel que los que quedaron vivos para deleite del visitante, acordándome con ello de la agudeza de un ilustre ingeniero agrónomo al que, también andando el tiempo, conocería en mi vida profesional, y que sentenciaba cada vez que veía el cartel de una urbanización: «¿El Encinar de los Reyes? No lo dude, señor Herrero: ¡Eso significa que se han cargado un encinar! ¿Que el Robledal de la Jara? ¡Pues han acabado con los robles… y con la jara!»).
En aquel hotel, cuyo nombre no recuerdo pero que sería fácil de identificar (aunque hoy seguramente esté rodeado de otras construcciones y no señero como en aquel entonces), nos encontrábamos tan bien que en muy contadas ocasiones bajábamos a Playa de Aro, y menos a la ídem de la turística población gerundense, excepto alguna tarde para cenar algo en los variopintos restaurantes que la jalonaban. Nos hicimos amigos del director y de su esposa, que con sus dos niñas hacía en el hotel la misma vida que cualquier huésped. Eran catalanes, o por lo menos lo era la mujer, que en catalán hablaba con sus hijas, y fue quizá la primera vez que oí hablar la hermosa lengua de Verdaguer y Maragall (y de la persona a la que más quiero).
Por las tardes, después del almuerzo en el acogedor comedor del establecimiento, mis padres solían subir con mi hermana a descansar un rato. Hasta hacía muy pocos años, un servidor también se había visto obligado, volens nolens, a participar en el sagrado rito familiar de la siesta (muy a su pesar entonces; hoy, que casi nunca puedo hacerla, no diría lo mismo), pero aquel verano, en consideración de mi edad, se me dio ya generosa licencia para no subir a la habitación, siempre y cuando no se me ocurriera bañarme (¡la sagrada digestión y sus tres larguísimas horas, otro dogma familiar!) ni, por supuesto, salir del hotel. Entretenía por lo tanto aquella hora u hora y media de ocio personal en los amplios y luminosos salones del hotel, jugando con una baraja al único solitario que sabía y que sé, el archifamoso de Napoleón, que me había enseñado, junto con la brisca y algún juego más, una tía abuela por parte materna, la tía Filomena, único miembro conocido de nuestra estirpe aficionado a la baraja.
Una tarde, mientras estaba enfrascado en resolver el aparente punto muerto al que había llegado en mi solitario, se me acercó una señora anciana pequeñita, muy bien vestida y de aspecto adorable, con la que nos habíamos cruzado y saludado alguna vez al entrar o salir del comedor. Era cubana (de las que abandonaron la isla cuando lo de Fidel, me dije unos años después), y con su cautivador ceceo me preguntó si me gustaba jugar a las cartas. Respondí que sí, y preguntado sobre cuál era mi juego preferido, repuse que la brisca. Propúsome entonces que jugáramos y que, para hacer el juego más emocionante, apostáramos una peseta en cada mano. Mis padres me daban algo de calderilla para mis pequeños gastos vacacionales, por lo que acepté encantado, imagino que sobre todo por verme tratado por una persona mayor, que habría podido ser mi abuela, en un plano de paridad, como un adulto, vamos.
Tras unas cuantas manos, la anciana señora se despidió para ir a descansar y me preguntó si al día siguiente querría seguir jugando. Naturalmente, le conteste que sí. Y así seguimos varios días, en un rincón del salón, jugándonos ella y yo nuestros duritos a la brisca con alterna fortuna. Por supuesto, me abstuve de comentar nada a mis padres sobre cómo pasaba parte del pomeriggio en ocupación que barruntaba considerarían non sancta.
Pero una tarde aciaga, ya fuera porque la dulce abuelita antillana, enfrascada en el juego, se retrasara en subir a su habitación, ya fuera porque mis padres y hermana bajaran antes de lo acostumbrado de las suyas, ante los ojos horrorizados de mis progenitores se desplegó la imagen de su hijo con las cartas en la mano y un montoncito de pesetas (sólo debieron de faltar un puro y un whisky para completar tan truculenta escena), entregado al juego con una desconocida, feliz y ajeno a todo lo que le rodeaba.
Ni que decir tiene que mi madre, que, frente a mi padre, algo más contemporizador, siempre tomaba la iniciativa en operaciones punitivas, en pocos segundos que se me hicieron siglos acabó con la «timba» (así la definió armando el consabido escándalo) que la señora y yo «nos habíamos montado», afeándole a ella su conducta y dándome a mí, a parte de un sermón cuyas desagradables sesiones se prolongarían durante varios días, dos o tres bofetadas especialidad de la casa («cruzar la cara», era la plástica y acertada expresión): vamos, para entendernos, de las que te seguían escociendo durante horas.
Huelga decir que ahí, en tierras catalanas y a principios de los años setenta, acabó para mí para in æternum cualquier tentación de jugar o apostar dinero, con la única excepción de mil pesetas que jugué con un amigo en un bingo hace ya casi veinte años. La lección no por severa estuvo menos acertada, o por lo menos eso creo. Pero guardo, eso sí, un recuerdo especial de aquella abuelita cubana, tal vez el primer adulto que me trató como tal.