Julio de 2008
Julio 1, 2008El río Eresma, a su paso por tierras pinariegas. Foto y calendario cortesía, como ya es tradición aquí, de Blanca Gallego. ¡Gracias!
El río Eresma, a su paso por tierras pinariegas. Foto y calendario cortesía, como ya es tradición aquí, de Blanca Gallego. ¡Gracias!
Dejando por un momento su interés por la naturaleza de su hermosa tierra castellana, Blanca Gallego nos propone para este mes de junio recién estrenado una mirada a uno de los monumentos más representativos de la misma: el célebre castillo de la Mota en Medina del Campo.
Que su belleza nos acompañe durante todo este mes.
Nuestros lectores, y entre ellos, ante todo, Blanca Gallego, a cuyo talento fotográfico y a cuya amabilidad debemos este regalo mensual, nos perdonarán si este mes, por razones graves que los más allegados conocen, nos hemos retrasado involuntariamente en nuestra entrega, cuando ya el mes de mayo, por lo menos en estas latitudes del centro de la Península, aún no ha llegado climáticamente hablando, aun cuando cronológicamente ya haya entrado en su fase final.
Colores se subtitula, acertadamente, la foto escogida por Blanca para ilustrar este mes, en justa continuidad de díptico con la que encabezó el pasado mes de abril. ¡Gracias una vez más, amiga!
Titulada Colores, la foto con la que nuestra amiga Blanca Gallego ha querido distinguir este esplendoroso mes de abril, republicano y primaveral por estas latitudes, nos ha traído a la memoria, por una asociación sonoro-visual, la antigua canción de excursión: «De colores, de colores se visten los campos en la primavera…».
¡Gracias también por este recuerdo, Blanca!
Como se suele decir, el Ayuntamiento de esta desventurada ciudad se ha lucido con su recién clausurada exposición pomposamente titulada Así es Madrid… en el cine. O por lo menos con el catálogo de la misma, que persona muy querida ha puesto en nuestras manos, sabedora del interés que la temática despierta en nosotros y de nuestra proverbial pereza a visitar físicamente cualquier exposición por digna de aprecio que nos parezca.
A parte de las demasiado frecuentes erratas en los textos (¡el firmado por Concha Velasco habla de la escobera principal de los Jerónimos!), que acusan una revisión deficiente o más bien nula, hay unas cuantas localizaciones de escenas que constituyen errores garrafales, imperdonables en una exposición oficial que pretende levantar acta de la fructífera relación existente entre la más moderna de las artes y la Villa y Corte.
Pasaremos por alto las denominaciones vagas, del tipo «alrededores del Rastro», que denuncian el escaso o nulo esfuerzo hecho por los comisarios de la exposición (Antonio García-Rayo, Javier Domingo, Eduardo Alaminos) con vistas a situar muchas de las tomas expuestas. En la página 34, Rafael Rivelles en Murió hace quince años (1954) está en la calle Felipe V (al fondo se ve claramente el monumento a Felipe IV de la Plaza de Oriente), más que en unos difusos «alrededores del Palacio Real». En la página 66, correspondiente a El regalo de Reyes, de 1918, la escena superior (localizada por los curadores, en lo que constituye todo un alarde de precisión, «en el viejo Madrid») está rodada en la calle de Don Pedro, cuyo palacio del Infantado se distingue en primer término izquierda; vía pública que, por cierto, serviría de marco, más de cuarenta años después, para la sublime Mi calle de Edgar Neville.
Las páginas 126-127 nos traen una doble sorpresa. En la primera, la escena de La Revoltosa (1963), localizada según el catálogo en «calles junto a la iglesia de San Andrés», lo está precisamente en la de los Mancebos: no hay más que ver la cúpula de la capilla de San Isidro de la mencionada iglesia para saberlo. Otro tanto dígase de la foto correspondiente a Se necesita chico, del mismo año y en la siguiente página: el auto deportivo en el que viajan Lina Canalejas y Javier Cebrián, lejos de transitar por una imprecisa y nebulosa «periferia madrileña» (¡sólo faltaba que fuera valenciana o berlinesa!), lo hace por la calle Ramón y Cajal, a la altura de la colonia de hotelitos de Primo de Rivera; para más vergüenza de los habilísimos localizadores, destaca a la derecha el campanario de la espantosa parroquia edificada después de la Guerra en esa zona en el consabido y patriótico estilo seudoescurialense.
Centrémonos, en cambio, en tres disparates solemnes. En la página 156, la escena de La estanquera de Vallecas de Eloy de la Iglesia (1987) con la policía acorralando a los manifestantes ante el estanco de la protagonista, se dice localizada, perogrullescamente, en Vallecas, cuando nosotros mismos, con estos ojos que se tragará la tierra, la vimos rodar en la plaza de San Ildefonso, entre la calle Fuencarral y la Corredera Alta de San Pablo.
El segundo despropósito mayúsculo lo cometen los inefables autores del catálogo al localizar la escena de la almodovariana Laberinto de pasiones (1982), que reproducimos, en una supuesta «zona de Serrano». No hay tal, señores: es la calle San Millán, con el quiosco de prensa que hace esquina con la plaza de Cascorro, frente al actual banco de Santander, antiguo café cantante, por cierto. No por nada hemos comprado allí el diario a diario durante los años en que vivimos en la cercana calle de Rodas. Seguro que más de una marquesa se ha santiguado al ver de pronto encumbrados los barrios bajos al aristocrático nivel del barrio de Salamanca.
Pero los perpetradores de este cúmulo de errores e imprecisiones hecho catálogo no se detienen aquí, y en la página 144 cometen el mayor desliz que cabía esperar: en Cambio de sexo (1977) de Vicente Aranda, la jovencísima Victoria Abril estaría, según nuestros expertos en cine madrileño, sentada en la casticísima «zona de Las Vistillas». Pero, ¡ay de nosotros!, al contemplar la foto se nos cayeron los palos del sombrajo, que dijo el clásico: ¿no es acaso, la que en el fondo se divisa, una de las escalinatas de Montjuich, con la entrada a uno uno de los pabellones de la magna exposición barcelonesa de 1929?
Temblamos sólo al pensar qué sería de los autores de un catálogo titulado Así es Barcelona… en el cine si hubieran localizado una escena rodada en las Vistillas como filmada en el parque Güell o en la Font del Gat: ¿público ludibrio en las páginas de Avui? ¿proscripción de por vida de toda colaboración con la Generalitat? ¿destierro a los Monegros? Aquí no, nada de eso. Aquí, los supuestos expertos, a vivir del cuento y a cobrar del bote; las autoridades, a sacar catálogo y hacerse la foto en plan cultureta, que diría nuestro buen amigo Inthesity; los administrados, a maravillarse ante el empaque cultural de sus munícipes, y aquí paz, y después gloria. Y es que Así es Madrid, en efecto… Para que luego digan.
Lo bello, como todo lo bueno, nunca llega tarde. Debido a acumulación de trabajo, sólo hoy, cuando ya han pasado siete días del mes de marzo, arriba a nuestra página, gracias a la amabilidad de nuestra buena amiga Blanca Gallego, la impresionante mole del castillo de Íscar, poderoso vigía que, como el cercano de Coca, se antoja imponente atalaya de piedra entre los pinares que tapizan esas hermosas tierras castellanas.
Viene febrero (con un poco de retraso, debido a la ingente mole de trabajo que nos ha regalado su antecesor y que aún colea), como siempre de la mano de Blanca Gallego, que nos muestra su pinar habitado por la niebla.
Nos llega noticia de una interesante exposición sobre la efervescencia social de los años 20 en la ciudad de Barcelona, organizada por el Ateneu Enciclopèdic Popular y el Centro Cívico El Sortidor del barrio del Poble Sec. Acompañan a la exposición, que estará abierta desde 7 hasta el 19 de enero en la sede del citado centro cívico, una conferencia debate a cargo de Manel Aisa, la presentación de un libro de José Luis Oyón sobre el anarquismo en la Barcelona de entreguerras y la proyección de la película La verdad sobre el caso Savolta, de Antonio Drover.
Este año nuestra buena amiga Blanca Gallego nos obsequia con una serie de vistas de su Tierra de Pinares, donde la provincia de Valladolid limita con la de Segovia. Gracias a su objetivo, ilustres localidades castellanas nos brindarán sus bellezas monumentales y naturales. Vaya a ella nuestro más sincero agradecimiento y a todos nuestros lectores el deseo de un 2008 —tercer año de nuestra humilde bitácora— lleno de ventura y de paz.
Nuestro buen amigo Tono Giménez Ayora, gran conocedor y divulgador de las bellezas de Valencia y excelente fotógrafo de todo lo curioso y destacable que dicha ciudad encierra, ha logrado acceder a un espacio privado en el que se oculta un conjunto artístico e iconográfico de primera magnitud, que a nuestro humilde juicio bastaría por sí solo, de ser público, para justificar más de una visita a la Capital del Turia.
Se trata de un antiguo hospital para sacerdotes pobres, actual residencia sacerdotal, que se remonta al siglo XVII y que conserva la celda donde, según tradición, murió el dominico San Luis Beltrán, santo —dicho sea de paso— que nos resulta particularmente simpático no desde luego por las espeluznantes penitencias, terribles asperezas y peregrinos milagros que nos narran sus biografías, sino por llevar su nombre nuestro abuelo materno, el escritor y traductor Luis Hernández Alfonso (1901-1979), nacido en Buñol, localidad valenciana de la que el santo misionero es precisamente patrono.
El edificio encierra en sus diferentes ambientes un conjunto de azulejería —muy bien conservado, por cierto— de enorme importancia tanto desde el punto de vista ornamental como bajo el perfil histórico e iconográfico. Si bien parcialmente estudiado por algunos tratadistas del barroco valenciano, el carácter privado del edificio que lo alberga ha mantenido hasta ahora semejante patrimonio artístico al margen de la atención del grueso de los estudiosos y de la contemplación del buen aficionado a las bellas artes.
Invitamos, pues, a nuestros lectores a conocer algunas de sus bellezas gracias a las espléndidas fotos de Tono Giménez Ayora (que pueden ampliarse, gracias a los recursos de Flickr, hasta límites insospechados prácticamente sin merma de la calidad de la imagen). Por nuestra parte, y gracias a la amabilidad del autor, hemos consignado algún que otro comentario explicativo a determinadas imágenes, en un work in progress colaborativo que esperamos coseche el agrado de cuantos nos honran con su lectura. Para acceder al conjunto fotográfico, pueden seguir el hipervínculo: Residencia San Luis Beltrán.
No creemos exagerar (y el lector, en su caso, nos lo confirmará) al afirmar que nos hallamos ante uno de los más completos y mejor conservados conjuntos de azulejería subsistentes en España.