Un nuevo artículo del profesor italiano Dario Seglie, a quien ya conocen nuestros lectores, viene a honrar nuevamente nuestras páginas, y por partida doble en este caso, al haberse escrito específicamente para «El jardín cerrado». A él va nuestro agradecimiento, además de por los motivos que quedan dichos, también por habernos hecho disfrutar al traducirlo al español.

Charlie Chaplin, «Tiempos modernos» (1936)
Sociedad civil y pensamiento «glocal»
La bitácora «El jardín cerrado» tiene una responsabilidad añadida respecto a las bitácoras «normales»: la de ser espejo, fiel y no partidista, de aspectos variados de la realidad en la que tiene difusión, es decir del gran mundo intelectual de lengua española. Esto, lejos de considerarse una limitación, debe concebirse como un valor añadido adicional. La referencia a un territorio teóricamente infinito como el del emperador Carlos V—hoy, la Red— ha de constituir —y en efecto constituye— un compromiso ético, moral, deontológico de elevado nivel. El vínculo existente entre política y medios de comunicación puede llegar a carecer de transparencia cuando las líneas editoriales se ven coartadas por personajes que merman la libertad intelectual y profesional de editores y redactores. Pero hay que reconocer que cuando la relación es cristalina, con respeto recíproco de los ámbitos de competencia —lo que afortunadamente no es caso raro en el mundo—, ello dice mucho del valor y de la nobleza de un sitio web como éste; un valor y una nobleza que merece la pena subrayar.
«Glocal»
Un neologismo va tomando carta de naturaleza en el lenguaje de los expertos en políticas de gestión del territorio, pero también —a estas alturas— en la comunicación general de cada día. Una nueva corriente de pensamiento intenta conjugar los imperativos de la globalización con las exigencias de las áreas locales, cuya peculiaridad está connotada por la geografía, la historia, la tradición, con el fin de evitar la homogeneización debida al «pensamiento único», al «gran hermano orwelliano» que amenaza nuestra identidad cultural y nuestras potencialidades con vistas a un desarrollo sostenible.
Esta filosofía nueva, denominada glocalización, se deriva del término glocal, formado precisamente por globalización y localismo («Think global, act local» = Pensar en términos mundiales, actuar a escala local).
Global y mundial son adjetivos que registran en la actualidad un uso creciente y que se refieren cada vez más a la sociedad civil, concebida como campo de actividad y ámbito para la promoción de la democracia, la equidad y la solidaridad en nuestro planeta; proyecto éste que requerirá aún energías y compromisos excepcionales para avanzar hacia buenos resultados. En el lenguaje corriente periodístico y político, tienen ya curso legal palabras como «sociedad civil», «movimientos sociales», «organizaciones no gubernamentales – ONG», «asociaciones no lucrativas y de voluntariado», «grupos independientes».
Entre todas estas etiquetas, «sociedad civil» es el sintagma más antiguo: no en vano se remonta al pensamiento político-filosófico inglés del siglo XVI; la confusión y la proliferación actuales de todos estos términos —que no son equivalentes— es, por el contrario, reflejo evidente de la incertidumbre y del desacuerdo imperantes acerca del antiguo concepto que denotaba una agrupación humana. La definición de la sociedad civil ha sufrido grandes cambios según las épocas, los lugares, las teorías y las ideas políticas.
El concepto que de ella podía tener un profesor universitario centroeuropeo de principios del siglo XIX, como Hegel, difiere y dista mucho del que actualmente mantiene un miembro de una asociación ecologista y pacifista; es más: podemos detectar cómo hoy en día prevalece con fuerza la sensación de la necesidad de políticas concretas y de acciones pragmáticas sobre la exigencia, en épocas lejanas, de definiciones teóricas y académicas.
La sociedad civil no es el Estado: no pertenece a la esfera de lo oficial ni a la de gobierno; muy probablemente, de ella cabe también distinguir o excluir a los partidos políticos. ¿Puede la sociedad civil, tal y como está configurada, desempeñar funciones de regulación? ¿Puede contribuir a la generación de normas? Los límites de las actividades de las ONG, las asociaciones no gubernamentales, son actualmente objeto de debate, pero podemos afirmar ya que la sociedad civil es algo externo respecto al sector público del gobierno oficial.
La sociedad civil tampoco es el mercado, y no pertenece a la esfera mercantil. Pero en el mundo todo es relativo; existen empresas económico-comerciales que financian organismos no lucrativos y fundaciones benéficas que llevan el nombre de sociedades comerciales —como es el caso de los bancos— y de éstas reciben vida; con todo, la sociedad civil, en términos generales, permanece ajena al sector de la economía de mercado.
La sociedad civil mundial
El concepto de sociedad civil mundial o global, nacido en los años noventa, está vinculado al de la mundialización creciente, concebida como tendencia a la desterritorialización o restricción de los ámbitos locales en beneficio de una supraterritorialidad geopolítica más amplia.
Desde esta perspectiva, la sociedad civil mundial (o supranacional) existe cuando se crean grupos que centran su atención en problemáticas y solidaridad transfonterizas y utilizan medios de comunicación y organizaciones transnacionales, en su caso, ocupándose del clima o de derechos humanos en general o de casos específicos como la discriminación de la mujer, la lapidación, la tortura o el trabajo infantil en un país determinado.
Las organizaciones que operan en el ámbito de la mundialización han desarrollado un pensamiento global que considera el mundo como un único lugar; en tan enorme espacio, las organizaciones económicas de capitales se desarrollan a escala mundial, con estandarización y liberalización, innovación tecnológica —especialmente evolutiva en el campo de la comunicación de masas—, tendencia a la reducción de impuestos a las empresas y disminución del coste de la mano de obra, particularmente económica en los países del Tercer y del Cuarto Mundo.
En la estructura neoliberal propia de la globalización, las ONG y los grupos de base de ciudadanos han sabido insertarse en los ámbitos que el Estado ha dejado desatendidos, y de especial manera en los servicios sociales: la sociedad civil mundial crece allí donde el Estado disminuye; algunos organismos multilaterales públicos, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), promulgan directrices internacionales sustancialmente eficaces desde el punto de vista gubernamental; por el contrario, algunos mercados mundiales están regulados por entidades privadas y carteles, como es el caso, por ejemplo, de los productores de petróleo.
Considerar, hoy en día, los elementos básicos de la comunidad humana como la democracia, la participación, el debate, la representatividad, la transparencia, exclusivamente en términos de instituciones territoriales o de comunidades locales, se antoja una posición superada o en vías de superación.
Para afirmarse, las organización civiles no gubernamentales (no partidistas, apolíticas, no religiosas y por ende de tendencia solidaria, cultural, laica) necesitan ideas y recursos —tanto humanos como materiales— con vistas a poder dialogar en pie de igualdad con las organizaciones oficiales gubernamentales y las sociedades de mercado, por regla general mejor dotadas y en posesión de distintivos nacionales y de arsenales de símbolos, tan arraigados como fácilmente reconocibles por las masas.
El crecimiento—no sólo numérico, sino, por encima de todo, cualitativo— de las «sociedades civiles mundiales», seguramente favorecido por la acción de hombres libres y civiles, ilustrados, preparados y activos, será el catalizador de un siglo XXI que trabaje por la paz y por el bien progresivo de toda la Humanidad.
Dario Seglie
Octubre de 2008
Publicado por eldoctorhache
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En la sección Café con… de «El País» de hoy, el industrial italiano Ernesto Bertarelli, patrón del Alinghi, el barco ganador de la reciente Copa de América, preguntado sobre el porqué del nombre de su embarcación, rememora con una sonrisa (y en su respuesta y sonrisa se palpa el natural pudor que a casi todos nos asalta al hablar de nuestras vivencias infantiles): «Es una historia muy íntima y que se remonta a mi infancia. Alinghi era una palabra que inventamos con mi hermana para referirnos a un amigo invisible».
Siempre hemos admirado y querido al cardenal Martini, una de las figuras más lúcidas del catolicismo contemporáneo, gran biblista, jesuita extraordinariamente abierto a todo lo humano y magnífico arzobispo de Milán durante veintidós años. A todos esos motivos se añade para nosotros, ya en lo personal, el hecho de haber estudiado durante ocho años en el mismo instituto de jesuitas que él frecuentó, el Istituto Sociale de Turín; pequeña coincidencia biográfica que ha contribuido a hacernos más familiar y afín su figura.





