Sociedad civil y pensamiento «glocal»

Octubre 12, 2008

Un nuevo artículo del profesor italiano Dario Seglie, a quien ya conocen nuestros lectores, viene a honrar nuevamente nuestras páginas, y por partida doble en este caso, al haberse escrito específicamente para «El jardín cerrado». A él va nuestro agradecimiento, además de por los motivos que quedan dichos, también por habernos hecho disfrutar al traducirlo al español.

Charlie Chaplin, «Tiempos modernos» (1936)

Charlie Chaplin, «Tiempos modernos» (1936)

Sociedad civil y pensamiento «glocal»

La bitácora «El jardín cerrado» tiene una responsabilidad añadida respecto a las bitácoras «normales»: la de ser espejo, fiel y no partidista, de aspectos variados de la realidad en la que tiene difusión, es decir del gran mundo intelectual de lengua española. Esto, lejos de considerarse una limitación, debe concebirse como un valor añadido adicional. La referencia a un territorio teóricamente infinito como el del emperador Carlos V—hoy, la Red— ha de constituir —y en efecto constituye— un compromiso ético, moral, deontológico de elevado nivel. El vínculo existente entre política y medios de comunicación puede llegar a carecer de transparencia cuando las líneas editoriales se ven coartadas por personajes que merman la libertad intelectual y profesional de editores y redactores. Pero hay que reconocer que cuando la relación es cristalina, con respeto recíproco de los ámbitos de competencia —lo que afortunadamente no es caso raro en el mundo—, ello dice mucho del valor y de la nobleza de un sitio web como éste; un valor y una nobleza que merece la pena subrayar.

«Glocal»

Un neologismo va tomando carta de naturaleza en el lenguaje de los expertos en políticas de gestión del territorio, pero también —a estas alturas— en la comunicación general de cada día. Una nueva corriente de pensamiento intenta conjugar los imperativos de la globalización con las exigencias de las áreas locales, cuya peculiaridad está connotada por la geografía, la historia, la tradición, con el fin de evitar la homogeneización debida al «pensamiento único», al «gran hermano orwelliano» que amenaza nuestra identidad cultural y nuestras potencialidades con vistas a un desarrollo sostenible.

Esta filosofía nueva, denominada glocalización, se deriva del término glocal, formado precisamente por globalización y localismo («Think global, act local» = Pensar en términos mundiales, actuar a escala local).

Global y mundial son adjetivos que registran en la actualidad un uso creciente y que se refieren cada vez más a la sociedad civil, concebida como campo de actividad y ámbito para la promoción de la democracia, la equidad y la solidaridad en nuestro planeta; proyecto éste que requerirá aún energías y compromisos excepcionales para avanzar hacia buenos resultados. En el lenguaje corriente periodístico y político, tienen ya curso legal palabras como «sociedad civil», «movimientos sociales», «organizaciones no gubernamentales – ONG», «asociaciones no lucrativas y de voluntariado», «grupos independientes».

Entre todas estas etiquetas, «sociedad civil» es el sintagma más antiguo: no en vano se remonta al pensamiento político-filosófico inglés del siglo XVI; la confusión y la proliferación actuales de todos estos términos —que no son equivalentes— es, por el contrario, reflejo evidente de la incertidumbre y del desacuerdo imperantes acerca del antiguo concepto que denotaba una agrupación humana. La definición de la sociedad civil ha sufrido grandes cambios según las épocas, los lugares, las teorías y las ideas políticas.

El concepto que de ella podía tener un profesor universitario centroeuropeo de principios del siglo XIX, como Hegel, difiere y dista mucho del que actualmente mantiene un miembro de una asociación ecologista y pacifista; es más: podemos detectar cómo hoy en día prevalece con fuerza la sensación de la necesidad de políticas concretas y de acciones pragmáticas sobre la exigencia, en épocas lejanas, de definiciones teóricas y académicas.

La sociedad civil no es el Estado: no pertenece a la esfera de lo oficial ni a la de gobierno; muy probablemente, de ella cabe también distinguir o excluir a los partidos políticos. ¿Puede la sociedad civil, tal y como está configurada, desempeñar funciones de regulación? ¿Puede contribuir a la generación de normas? Los límites de las actividades de las ONG, las asociaciones no gubernamentales, son actualmente objeto de debate, pero podemos afirmar ya que la sociedad civil es algo externo respecto al sector público del gobierno oficial.

La sociedad civil tampoco es el mercado, y no pertenece a la esfera mercantil. Pero en el mundo todo es relativo; existen empresas económico-comerciales que financian organismos no lucrativos y fundaciones benéficas que llevan el nombre de sociedades comerciales —como es el caso de los bancos— y de éstas reciben vida; con todo, la sociedad civil, en términos generales, permanece ajena al sector de la economía de mercado.

La sociedad civil mundial

El concepto de sociedad civil mundial o global, nacido en los años noventa, está vinculado al de la mundialización creciente, concebida como tendencia a la desterritorialización o restricción de los ámbitos locales en beneficio de una supraterritorialidad geopolítica más amplia.

Desde esta perspectiva, la sociedad civil mundial (o supranacional) existe cuando se crean grupos que centran su atención en problemáticas y solidaridad transfonterizas y utilizan medios de comunicación y organizaciones transnacionales, en su caso, ocupándose del clima o de derechos humanos en general o de casos específicos como la discriminación de la mujer, la lapidación, la tortura o el trabajo infantil en un país determinado.

Las organizaciones que operan en el ámbito de la mundialización han desarrollado un pensamiento global que considera el mundo como un único lugar; en tan enorme espacio, las organizaciones económicas de capitales se desarrollan a escala mundial, con estandarización y liberalización, innovación tecnológica —especialmente evolutiva en el campo de la comunicación de masas—, tendencia a la reducción de impuestos a las empresas y disminución del coste de la mano de obra, particularmente económica en los países del Tercer y del Cuarto Mundo.

En la estructura neoliberal propia de la globalización, las ONG y los grupos de base de ciudadanos han sabido insertarse en los ámbitos que el Estado ha dejado desatendidos, y de especial manera en los servicios sociales: la sociedad civil mundial crece allí donde el Estado disminuye; algunos organismos multilaterales públicos, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), promulgan directrices internacionales sustancialmente eficaces desde el punto de vista gubernamental; por el contrario, algunos mercados mundiales están regulados por entidades privadas y carteles, como es el caso, por ejemplo, de los productores de petróleo.

Considerar, hoy en día, los elementos básicos de la comunidad humana como la democracia, la participación, el debate, la representatividad, la transparencia, exclusivamente en términos de instituciones territoriales o de comunidades locales, se antoja una posición superada o en vías de superación.

Para afirmarse, las organización civiles no gubernamentales (no partidistas, apolíticas, no religiosas y por ende de tendencia solidaria, cultural, laica) necesitan ideas y recursos —tanto humanos como materiales— con vistas a poder dialogar en pie de igualdad con las organizaciones oficiales gubernamentales y las sociedades de mercado, por regla general mejor dotadas y en posesión de distintivos nacionales y de arsenales de símbolos, tan arraigados como fácilmente reconocibles por las masas.

El crecimiento—no sólo numérico, sino, por encima de todo, cualitativo— de las «sociedades civiles mundiales», seguramente favorecido por la acción de hombres libres y civiles, ilustrados, preparados y activos, será el catalizador de un siglo XXI que trabaje por la paz y por el bien progresivo de toda la Humanidad.

Dario Seglie
Octubre de 2008


Canciones de nuestra Italia (1)

Septiembre 27, 2008

Hace tiempo —casi dos años— traíamos a estas páginas, en la excelsa interpretación de Mina, el recuerdo de una canción del cantautor italiano Fabrizio De Andrè que marcó profundamente nuestra infancia, vivida desde 1967 a orillas del caudaloso Po: La canzone di Marinella. Y hace unos días, un artículo recién aparecido en la bitácora amiga Nonsololingua ha vuelto a liberar el caudal de nuestros recuerdos canoros infantiles.

Reinaba aún por aquellos años en todo su esplendor la canción italiana, y el país entero se detenía cuando, a finales de febrero, se levantaba el telón del mítico Teatro Ariston, exquisitamente decorado con las famosas flores de la Riviera, y salía, por ejemplo, una Gigliola Cinquetti, acompañada de magnífica orquesta, cantando —era 1969— La pioggia.

Motivos como éste quedaron prendidos en nuestro corazón —y éste prendado de ellos—, y los iremos trayendo a este jardín conforme vayan llamando de nuevo a la puerta de nuestra memoria.


Antes y Después - Heterodoxos e iconoclastas

Septiembre 16, 2008

Artículo del profesor Dario Seglie, oficial de enlace del IFRAO-UNESCO, director del Centro de Estudios y Museo de Arte Prehistórico de Pinerolo (Italia) y catedrático de Museografía en la Universidad Politécnica de Turín (traducción nuestra del original italiano).

Norte / Sur – Este / Oeste; <i>The New Melting Pot</i>, el nuevo Crisol.

«ANTES» Y «DESPUÉS»: Norte / Sur – Este / Oeste; «The New Melting Pot», el nuevo Crisol.

Antes y Después

El presente no existe; lo que siempre existe es un pasado que se hace cada vez más profundo y un futuro que avanza inexorable. De ahí que el paradigma de Marx «conocer el pasado para interpretar el presente y para proyectar el futuro» no sea válido, o que, por lo menos, sólo lo sea parcialmente, en unos dos tercios como máximo. Pasado y futuro se tocan, son contiguos y están en proceso de continua transformación. «Panta rei» (del griego παντα ρει, «todo fluye, todo cambia)»: ya lo había teorizado Heráclito hace dos mil quinientos años. Dicha expresión se encuentra en un fragmento de su tratado Sobre la Naturaleza: «No es posible nadar dos veces en el mismo río, ni puede tocarse dos veces una sustancia mortal en el mismo estado…».

En este fragmento, Heráclito subraya que el hombre no puede repetir jamás una misma experiencia dos veces, ya que toda persona está sometida a la ley inexorable del tiempo. Y de esta consideración indiscutible de inexorabilidad es preciso partir para reflexionar acerca del Antes y del Después.

La cultura forma parte del Antes; mejor dicho, es la sustancia única, la herencia suprabiológica que nos distingue de los demás reinos linneanos de la Naturaleza: con toda seguridad del mineral, casi ciertamente del vegetal y, tal vez —digámoslo con epistemológica cautela— del animal.

Sin cultura no se habría formado nuestra sociedad, con sus agregados humanos desde la familia mononuclear hasta las asambleas parlamentarias. Lógicamente, desde la remotísima Prehistoria hasta hoy, muchos han sido los modelos que se han sucedido, en el tiempo y en el espacio, desde Pinerolo (Italia) a Salta (Argentina), desde los Alpes europeos hasta los neozelandeses, desde el pueblecito italiano de Macello hasta la localidad de Mapora en Tanzania. ¿En qué medida difieren y en cuál se asemejan todos sus rasgos culturales, su estructura, su vitalidad y capacidad de supervivencia, de cambio?

Las culturas cambian, poseen la capacidad intrínseca de reelaborar rasgos tomados de otras culturas, de mestizarse, de producir un fenómeno que tiene ya alcance mundial.

El Después, es decir nuestro futuro planetario, global y mundializado, se va tejiendo con una nueva tela formada por el cruce —como trama y urdimbre del telar de la nueva historia— de lenguas, culturas, pueblos e individuos; incluso con la creación del más novedoso de sus rasgos: la imprevisibilidad de lo que puede crearse de resultas de los encuentros entre diversidades.

Existen en el mundo ejemplos antiguos de esa creatividad: el gran crisol latinoamericano, la antiquísima —y tal vez modernísima— estructura de castas en la India; pero no, desde luego, los melting pot fracasados del colonialismo y del neocolonialismo, particularmente los de corte anglosajón.

La historia de nuestra especie, el Homo Sapiens Sapiens («Hombre Sapientísimo», como con imprudente bondad quiso clasificarnos el gran Linneo), se halla ante una coyuntura crucial sin precedentes en los millones de años del Antes: procuremos con todas nuestras pobres fuerzas intelectuales ser tan sabios como para proyectar un Después para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos, una vez comprobado ya que el Presente no existe.

Dario Seglie
Septiembre de 2008


Pintura italiana

Septiembre 14, 2008

Macrino d'Alba (s. XV-XVI), «Autorretrato» (Museo Cívico de Arte Antiguo de Turín)

Los enamorados del arte en general, de la pintura en particular y de la italiana en concreto, estamos de enhorabuena. Según informa nuestra bitácora amiga Biblioteca di Garlasco, verdadero balcón virtual sobre la vida intelectual italiana, ha empezado a colgarse en la red parte del inmenso fondo de fotografías y reproducciones de pintura italiana de los siglos XIII al XVIII atesoradas por el estudioso y humanista romano Federico Zeri. Desde el sitio de la fundación que lleva su nombre, y con el patrocinio de la Universidad de Bolonia, ya es posible acceder a más de 82.000 imágenes de las ¡290.000! que constituyen la fototeca. Se trata en su mayor parte de reproducciones en blanco y negro de altísima calidad, y pueden llevarse a cabo búsquedas temáticas, por autor, época, área geográfica, emplazamiento actual de la obra, etcétera. Para ello basta con acceder a esta página. ¡Feliz búsqueda y feliz hallazgo!


Relativismo - Democracia - Laicidad

Septiembre 13, 2008

Prelusión del prof. Dario Seglie, Rector de la Universitas Æstiva Latomisticensis, en el V Simposio de Estudios Tradicionales, celebrado en el castillo de Macello (Turín - Italia) el 2 de agosto de 2008 (traducción propia del original italiano).

Las culturas humanas con expresión y presencia en el mundo constituyen los ámbitos en los que tiene lugar el devenir de la identidad de personas y pueblos, con el reconocimiento explícito de las diferencias, de las inclusiones, de una equiparación cultural que no admite jerarquías o supremacías.

Un marco de referencia legislativo lo proporciona, en el ámbito continental, el art. 22 de la Constitución europea, que exige respeto a las diversidades lingüísticas, religiosas y culturales. Se trata de un marco dinámico, flexible y diferenciado, que acoge positivamente el dato del intercambio y de la comunicación entre culturas, cuya multiplicidad y diversidad constituye una riqueza para todos al salvaguardar las diferentes identidades.

Desde esta perspectiva, la laicidad se conjuga con el relativismo, que connota la democracia en su totalidad, y ello precisamente con vistas a garantizar al máximo las creencias y los valores propugnados por cada individuo.

Efectivamente, en un sentido intercultural, relativista, la laicidad es un perfil fundamental de la forma del Estado pluralista como principio supremo del ordenamiento constitucional de una sociedad en la que han de convivir pacíficamente credos, religiones y culturas diferentes.

Laico y liberal figuran tal vez entre los términos más mistificados y distorsionados hoy en día. De palabra, todo el mundo es laico y liberal, aunque luego se oponga a la investigación científica sobre las células embrionarias, a las uniones civiles entre personas del mismo sexo o aun cuando redacte manifiestos antirrelativistas y a favor de Occidente.

Sin embargo, resulta imposible ser laico y liberal sin ser también relativista. Aún más: las posiciones de un relativista y de un no relativista, de un laico y de un no laico, lejos de ser paritarias, son «asimétricas».

Es el relativismo la primera gran distinción que la teoría de la falsación de Karl Popper nos permite establecer en relación con lo absoluto; la propia locución «relativismo absoluto» es un oxímoron, una contradicción lógica que no cabe aplicar al concepto del que estamos tratando. En cambio, mediante el criterio de falsación, el relativismo elabora la idea de la imposibilidad de obtener y/o poseer la verdad absoluta y perpetua (entendida como verdad científica; no nos interesa aquí la verdad ontológica o verdad de la verdad), y ello no porque dicha verdad no pueda existir objetivamente en sí, ya que dicha imposibilidad es fruto de la falibilidad (metodológica, amén de histórica) del hombre y debe ser sometida a un control crítico que establezca su —provisional— validez/veracidad.

Resulta ahora patente por qué el relativismo es el soporte metodológico fundamental de las democracias modernas: porque no determina una verdad en sí y por sí, razón por la que, por consiguiente, legitima la disensión, es decir la opinión diferente.

Ésta es la premisa para traducir el Estado de derecho liberal-democrático en valores político-sociales como la libertad de conciencia, de expresión y de acción; la autolimitación de los derechos; el pluralismo ético; la tutela de las minorías; la laicidad de las instituciones. Estos valores ostentan la prerrogativa de permitir la convivencia de todos los demás valores. Y he aquí que surge, nuevamente, una asimetría: la existente entre un relativista y un no relativista, entre un laico y un no laico, entre un demócrata y un antidemócrata. Si quisiéramos poner un nombre a esta «prerrogativa generadora de asimetría» podríamos llamarla «tolerancia» (cuyas antítesis son el extremismo, el fanatismo, el fariseísmo, el etnocentrismo, el terrorismo).

Los «antirrelativistas» incurren en contradicción, de manera inequívoca si bien consciente, al afirmar su aceptación del sistema democrático: es un dato incontestable el hecho de que, si se dan por buenos las instituciones y los valores del Estado moderno, ha de aceptarse también la metodología relativista y, a la inversa, si se ataca al relativismo, se ataca también al Estado moderno.

Democracia y relativismo son inseparables.

Laicidad no es anticlericalismo: puede haber protestantes, católicos, fieles de varios credos, agnósticos y laicos que crean todos ellos en algo trascendente. La cuestión estriba en la separación entre Iglesias y Estados, entre éticas y normas, con vistas a asegurar un espacio común de ciudadanía a disposición de todos, con la garantía de que nadie invada el campo de los derechos personales humanos intangibles.

Los laicos son débiles porque se encuentran dispersos en el seno de la sociedad y no valoran sus posiciones fundamentales: la lucha por la igualdad, por la justicia social, por la dignidad de la persona, acciones todas ellas que —a lo sumo— se limitan a ejercer con voz débil.

Se echa en falta una valentía proyectiva en nuestras logias, en nuestros talleres: no se trata de levantar barricadas, sino de reconocer que no es preciso importar valores de fuera, pidiéndolos prestados a las Iglesias; antes al contrario, existe una gran tradición social, antropológica, filosófica, ética que procede desplegar y afirmar con autoridad, seguridad y poderío.

Cada uno tiende ya a confeccionar solo, o en cenáculos reducidos, sus propios ideales, inducidos por la homologación masiva y por líderes de opinión sometidos a centros de poder inhumanos. De ahí el problema de cómo poder reactivar el frente laico, el pensamiento libre, aconfesional, entablando enérgicas batallas civiles liberales como alternativa a la actual resignación de cabeza gacha y espalda encorvada.

Los laicos tienen valores sólidos a fuer de justos, paradigmas que no necesitan tomar prestados de nadie; les basta con reverdecerlos y adoptarlos con urgencia y con orgullo.

El problema no estriba en el contraste (aireado pero inexistente) entre fe y razón; el contraste se da entre quien dialoga y quien, obtusa o conscientemente, se niega a ese razonar, se cierra, se ampara en el dogma y rechaza el diálogo.

Nosotros hemos de afirmar que en la dimensión de la convivencia civil el método a seguir es el del diálogo abierto y leal, junto con el rechazo de todo dogmatismo que encadena a la Humanidad y descarta la consecución del bien y del progreso de la familia humana.

Dicho Proyecto nos lo entregaron nuestros ilustrados progenitores: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Dario Seglie
2 de agosto de 2008


Palmiro Herrero Rodríguez (1931-2008)

Mayo 17, 2008

Palmiro Herrero Rodr�gue<

Algo misteriosamente formado
existía antes que el cielo y la tierra.
Sin sonido ni forma, permanece único e inmutable,
lo penetra todo y nunca se agota.
Podríamos llamarlo la madre del universo.
Pero desconozco su nombre.
Si me veo obligado a llamarlo, lo llamo Tao.
Si he de usar otra palabra, lo llamo lo grande.
Lo grande siempre fluye.
Su flujo constante lo aleja sin cesar.
Alejarse sin cesar es volver al origen.

El Tao es grande.
El cielo es grande.
La tierra es grande.
El hombre también es grande.
Hay cuatro grandes cosas en el universo
y el hombre es una de ellas.

El hombre sigue las leyes de la tierra.
La tierra sigue las leyes del cielo.
El cielo sigue las leyes del Tao.
El Tao sigue a su propia naturaleza.

(Lao Tse, Tao Te Ching, XXV)

Palmiro Herrero Rodríguez fue traductor, intérprete simultáneo, historiador y escritor madrileño. Funcionario del Ministerio español de Industria y de la Organización Internacional del Trabajo, fue responsable de los departamentos de Traducción e Interpretación y de Personal de la Oficina de esta organización en Turín (Italia). Finalista en el XXI Premio Espejo de España de la Editorial Planeta con el ensayo histórico Cagliostro en España. Un aventurero italiano en el reino de Carlos III (Imagine Ediciones, Madrid 2005), deja varias novelas breves y obras teatrales inéditas. Y fue, más allá y por encima de todo esto, nuestro padre.


Blindandoa

Marzo 31, 2008

Mapa del pa�s de OzEn la sección Café con… de «El País» de hoy, el industrial italiano Ernesto Bertarelli, patrón del Alinghi, el barco ganador de la reciente Copa de América, preguntado sobre el porqué del nombre de su embarcación, rememora con una sonrisa (y en su respuesta y sonrisa se palpa el natural pudor que a casi todos nos asalta al hablar de nuestras vivencias infantiles): «Es una historia muy íntima y que se remonta a mi infancia. Alinghi era una palabra que inventamos con mi hermana para referirnos a un amigo invisible».

Ello nos ha llevado a rememorar, a nuestra vez, nuestros primeros años de vida, cuando, con nuestra hermana, tres años menor que nosotros, dimos en inventarnos no ya un amigo invisible, sino un país imaginario: Blindandoa. Inútil sería —imaginamos— toda investigación acerca del porqué del nombre en sí. Tal vez la terminación en oa nos sugiriera un país exótico, y por lo que respecta a la raíz de su nombre algún psicoanalista fácilmente insistiría en el concepto y acción de blindar, por mucho que ni nuestra hermana ni nosotros conociéramos en aquella época el significado de este verbo…

Lo cierto y real es que Blindandoa fue, durante unos años, nuestro país y mundo ideal. Trazábamos mapas de él, que lo hacían extrañamente semejante al de la provincia de Soria —tierra en la que pasábamos nuestras vacaciones—, que figuraba en un precioso atlas de la editorial Aguilar, regalo de nuestro abuelo materno. Y precisamente en las inmediaciones de Soria, en una piscina recoleta, campestre, silvestre y hasta rupestre cercana a El Monjío, guardada por un anciano pastor de porte y tez numantina y cuyas aguas heladas procedían de una cascada, pasábamos los dos gran parte del aburrido tiempo destinado a la preceptiva digestión anterior al baño (¡dogma familiar donde los hubiera!) arreglando y componiendo nuestra utópica nación. Hasta un juguete consistente en un completo supermercado lleno de frutas, barras de pan, conservas y botellas de leche se convertía, por arte de birlibirloque, en el principal negocio de la capital de Blindandoa, los precios de cuyos artículos fijábamos día tras día con arreglo a Dios sabe qué criterios…

¡País de Blindandoa! A estas alturas de nuestras vidas y respectivos patrimonios, dudo seriamente de que podamos algún día bautizar un barco con tu nombre. Pero quedarás siempre, en el poso del recuerdo de estos dos hermanos, como el mundo feliz en el que vivieron lo mejor de sus primeros años.

(El artículo citado puede leerse aquí: Alinghi fue el amigo invisible de mi infancia. El mapa del imaginario país de Oz que ilustra estas líneas procede de la bitácora Strange Maps).


Amar al pueblo judío

Febrero 24, 2008

Cardenal Martini Siempre hemos admirado y querido al cardenal Martini, una de las figuras más lúcidas del catolicismo contemporáneo, gran biblista, jesuita extraordinariamente abierto a todo lo humano y magnífico arzobispo de Milán durante veintidós años. A todos esos motivos se añade para nosotros, ya en lo personal, el hecho de haber estudiado durante ocho años en el mismo instituto de jesuitas que él frecuentó, el Istituto Sociale de Turín; pequeña coincidencia biográfica que ha contribuido a hacernos más familiar y afín su figura.

Retirado ya por motivos de edad de responsabilidades pastorales directas, pero dedicado en cuerpo y alma al estudio de la Biblia y a la promoción humana mediante esa pluma y esa palabra que tan sabiamente maneja, acaba Martini de publicar en uno de los últimos números de «La Civiltà Cattolica» un artículo sobre el próximo Sínodo de los Obispos en el que desliza la siguiente afirmación (en traducción propia):

Menorá en antigua sinagoga jud�a de Córdoba

He reiterado en varias ocasiones que no basta con evitar todo sentimiento antisemita. Hay que llegar a amar al pueblo judío en todas las expresiones de su vida y cultura: su literatura, su arte, su folclore, su religiosidad.

 

No hay voz sensata y auténticamente humana que no clame contra el antisemitismo. Pero a pocas, o quizá a ninguna, habíamos oído hasta ahora exigir ese algo más: amar al pueblo judío.

Una nueva lección magistral de un verdadero príncipe de la Iglesia.


Bajo el embrujo de una canción

Enero 2, 2008

Hemos terminado 2007 y empezado 2008 bajo el embrujo de una canción. Precisemos que nuestras aficiones musicales y canoras se inclinan desde siempre, irremediablemente y con algunas muy queridas excepciones, por el género tradicionalmente denominado «clásico». De vez en cuando, sin embargo, el azar quiere que unas notas y una voz nos sacudan los sentidos y despierten nuestra emoción.

Es el caso de la malagueña Diana Navarro y su Mira lo que te has perdío. Con su malagueñísimo porte (abanico incluido), su fina estampa andaluza y una voz de las que hacía años que no se oían, nos sirve una canción que embruja y envuelve, con unas modulaciones que nos traen a la memoria (no se olvide que somos italianos de adopción) las de Antonella Ruggiero, la solista del grupo genovés Matia Bazar, en otra canción que, ¡hace exactamente un cuarto de siglo!, se nos quedó también prendida —y para siempre— en el alma: Vacanze romane.



Del amor a los libros (incluso a los malos)

Noviembre 13, 2007

Preguntado por Alberto Sinigaglia por sus libros preferidos de historia, el escritor y diplomático italiano Sergio Romano aconseja en el suplemento Tuttolibri del diario turinés «La Stampa» del 3 del corriente:

Si quiere usted estar informado, jamás deje de lado los libros malos: están llenos de informaciones, son utilísimos.

Y se cierra la entrevista con la siguiente declaración de amor al libro como objeto:

Quien ama los libros, ama las cubiertas, las encuadernaciones, el papel. Uno acude a la librería porque allí está la materia prima de su amor.