Canciones de nuestra Italia (1)

Septiembre 27, 2008

Hace tiempo —casi dos años— traíamos a estas páginas, en la excelsa interpretación de Mina, el recuerdo de una canción del cantautor italiano Fabrizio De Andrè que marcó profundamente nuestra infancia, vivida desde 1967 a orillas del caudaloso Po: La canzone di Marinella. Y hace unos días, un artículo recién aparecido en la bitácora amiga Nonsololingua ha vuelto a liberar el caudal de nuestros recuerdos canoros infantiles.

Reinaba aún por aquellos años en todo su esplendor la canción italiana, y el país entero se detenía cuando, a finales de febrero, se levantaba el telón del mítico Teatro Ariston, exquisitamente decorado con las famosas flores de la Riviera, y salía, por ejemplo, una Gigliola Cinquetti, acompañada de magnífica orquesta, cantando —era 1969— La pioggia.

Motivos como éste quedaron prendidos en nuestro corazón —y éste prendado de ellos—, y los iremos trayendo a este jardín conforme vayan llamando de nuevo a la puerta de nuestra memoria.


Homenaje a Sarasate… ¡sin violín!

Septiembre 21, 2008

Gracias al amable aviso de nuestro colega Inthesity, navarro trasplantado a los madriles y siempre muy informado de las actividades de su comunidad en la Villa y Corte, supimos hace varios días del homenaje que el Gobierno de Navarra, el Ayuntamiento de Pamplona y la banda de música «La Pamplonesa» rendirían al genial Pablo Sarasate en el Templete de la Música del Parque del Retiro en el día de ayer, cuando se cumplían exactamente cien años de la muerte de ese mago del violín (y uno no puede menos de pensar en lo nefasto que fue ese año de 1908, que privó a la música española de dos músicos tan populares como Chueca y Sarasate, verdaderas fábricas de alegría y felicidad con sus mágicas notas).

Puede suponerse que no nos perdimos tan señalado acontecimiento. Incluía el programa, en su primera parte, piezas originales del músico pamplonés, entre ellas el cautivador zorzico Miramar, por él dedicado a la reina doña María Cristina, y su Suite de la Carmen de Bizet. En la segunda, sus respectivas versiones de la Obertura del Cazador furtivo de Weber, una selección de la del Fausto de Gounod y la de la Obertura de La forza del destino de Verdi.

Es la formación pamplonesa una banda no sinfónica como la de Madrid, por la que dábamos por descontada la ausencia de cuerda (¡qué mal nos tiene acostumbrados la banda madrileña, con lo bien que suenan sus magníficos violonchelos y contrabajos!). Y al buscar en el programa el nombre del solista invitado que acometería la parte reservada al violín, nos extrañó no encontrarlo mencionado. ¡Y, en efecto, no hubo tal solista! El conjunto sonó espléndidamente, la verdad sea dicha, y los diferentes arreglos para banda que se nos sirvieron, de diferentes autores, estaban muy bien resueltos. ¡Pero un homenaje a Sarasate sin violín! ¿Acaso no había en todo el Reyno —como ahora se vende en el resto de España tan hermosa región, con cursi arqueologismo—, o en el mismo Madrid, un buen violinista que rindiera al mago de ese instrumento el merecido homenaje? Y, llegado el caso, ¿cómo homenajear, pongamos, al otro navarro universal, Julián Gayarre, sino contratando a un buen tenor que nos sirva con competencia y rigor las romanzas en las que más destacó el admirado roncalés? ¿O acaso bastará con ejecutar una versión instrumental de éstas?

En resumen: el de ayer en el Retiro fue un homenaje sincero, digno y entusiástico, pero cojo, muy cojo. Aunque la jota final que se nos brindó como propina fuera de las que harían bailar al más ídem de los ídem.


Los «Ensayos» de Unamuno

Septiembre 18, 2008

Ya no es necesario poseer esta preciosa edición en dos tomos de la colección Crisol de la benemérita Editorial Aguilar (q. e. p. d.) que tenemos la dicha de albergar en nuestros anaqueles, ni cualquier otra edición en papel de los Ensayos del gran Miguel de Unamuno, para maravillarse ante la finura de espíritu y la rectitud de juicio de una de las mentes más lúcidas y preclaras del pensamiento español de todos los tiempos.

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha colgado en la red en los últimos días una parte de este conjunto de artículos y de ensayos propiamente dichos, frutos del pensamiento siempre actuales y desde luego no aptos por más de una razón para los amantes de lo políticamente correcto en historia, lingüística o literatura, entre otras disciplinas. Pueden descargarse a partir de esta ficha.

Nosotros, por nuestra parte, quizá aprovechemos este recordatorio para volver, unos doce o quince años después de la última vez que lo hicimos, a discurrir por entre sus páginas; eso sí, por las de papel de estos dos tomos un año mayores que nosotros, y cuya perfección de dimensiones, peso ¡y hasta tacto! corre parejas con la de su valioso contenido. ¡Dadnos y démonos albricias, amigos lectores!


La boina bajo la peluca

Septiembre 12, 2008

¡Ver correr las fuentes de La Granja! Era uno de nuestros más vivos deseos desde cuando éramos pequeños. Sí; habíamos paseado en varias ocasiones —no tantas como hubiéramos querido— por las frondosas avenidas y los deliciosos parterres y glorietas del Real Sitio, admirando a cada paso las creaciones de unos artistas que, regiamente impulsados, supieron hacer de tan hermoso lugar el Versalles español, superior en más de un concepto y traza al original. Pero las fuentes permanecían secas, limitadas a ofrecernos, junto con el encanto de sus formas caprichosas y bizarras, un mudo tratado de mitología.

¡Ver correr las fuentes! Viejas guías y narraciones decimonónicas nos sugerían un espectáculo selecto y refinado, en consonancia con la doble majestad del pintoresco lugar y de sus fundadores. Una experiencia concebida para espíritus ilustrados, como ilustrados fueron quienes concibieron, trazaron y materializaron, en tan silvestre y pronunciado declive, esa fabulosa red de fuentes, calles arboladas, plazoletas, estatuas, glorietas y perspectivas que deleita a la mirada y admira al entendimiento.

Por fin este año logramos, el día 25 de agosto, fiesta de San Luis Rey de Francia, cumplir el anhelo tan largamente abrigado. Pero ya entrando por la mañana a la población por su hermosa puerta neoclasicista de arco de medio punto, se nos cayó, como suele decirse con felicísima expresión, el alma a los pies: la población crecida alrededor del Real Sitio y al servicio de éste celebra sus fiestas precisamente ese día. Y uno pensaría —a fuer de soñador impenitente— que sólo con iniciativas de carácter auténticamente cívico e ilustrado podía una localidad tan hermanada con la más gentil y aristocrática de las bellezas celebrar a su santo patrono: fiestas del árbol, concursos de coros y orfeones, juegos florales, certámenes de decoración de balcones, et cœtera

¡Cuán equivocados estábamos! Los restos de unas talanqueras ya desmontadas a los lados de la calle y una multitud de gañanes beodos y semidesnudos, tirados por las aceras unos, en precario equilibrio otros, revelaba bien a las claras que horas antes allí se habían corrido toros, vaquillas o cualquier otro pobre espécimen de bóvido con cuyo sufrimiento sigue este desdichadísimo país celebrando en casi todas sus latitudes sus detestables fiestas locales. Cierto espíritu burlón que siempre nos acompaña nos dijo al oído algo así: «¡Buena es ésta! ¿Acaso te creías que por ser este lugar lo que antaño fue ibas a ver por sus calles en fiestas marquesas con tontillo y abates de níveas pelucas? ¡Esto es Segovia, es decir Castilla, es decir España! ¿Fiestas del árbol? Desde que murió el benéfico e incomprendido Arturo Soria, ¿quién las celebra ya? ¿Orfeones y juegos florales? ¡Bah! Quizá todavía se celebren en algún pueblo de la mucho más civilizada Cataluña… Deséngañate: aquí, con poquísimas y muy loables excepciones, no sabemos celebrar a los ídolos de la tribu sin su anual sacrificio de sangre. La necedad de los españoles transforma, según los casos y es de suponer que malgré soi, una dulcísima Inmaculada en una cruel Kali, y de un seráfico San Francisco hace un Moloc sanguinario». «Sangre y alcohol, con su cortejo de vómitos y excrementos —concluyó lapidariamente nuestro geniecillo—, constituyen el mágico cóctel con el que casi todos los pueblos de España celebran sus fiestas».

Llegada la tarde, y con ella la hora de asistir al deseado espectáculo de ver correr las fuentes, no pudimos dejar de dar razón a nuestro certero apuntador. A punto de hacer correr la fuente de Neptuno, y bajo la atónita mirada del Dios de los Mares (¡que ojalá hubiera podido utilizar su tridente!), hordas de mozos y mozas, dormida ya la anterior resaca y trasegando ya materia prima para la próxima, semivestidos con indescriptibles atuendos, vociferantes y soeces, se empujaban unos a otros y caían al estanque de la fuente entre el general jolgorio y la nula intervención de guardas y vigilantes del Patrimonio Nacional, que se habían limitado a colgar unos inútiles carteles advirtiendo del peligro que entraña arrojarse a las fuentes. ¡Hasta algunos grupos de divertidos espectadores locales —y no desde luego jóvenes— invitaban a semejante peña a tirar al agua a los propios guardas! Todo ello nos pareció un auténtico dislate y una profanación. ¿Cómo puede un organismo como el Patrimonio Nacional permitir semejante vandalismo? ¿Acaso piensa el Ayuntamiento de la localidad que el Real Sitio es patrimonio suyo y que puede arrasarlo impunemente para celebrar sus fiestas, cuando precisamente fue aquélla la que nació al amparo y al servicio de éste? ¡Si Felipe V e Isabel de Farnesio volvieran a levantar sus coronadas testas!

Huelga decir que, al señalarse que se correría la próxima fuente, toda la horda se dirigió allí para repetir en ella —suponemos— tan penoso espectáculo. Y decimos «suponemos» porque, defraudados y desasosegados, desechamos para siempre jamás nuestro deseo de ver correr las demás fuentes y abandonamos rápidamente los jardines, que a saber en qué estado quedarían tras semejante invasión festiva.

Y mientras bajábamos hacia el coche que nos llevaría a nuestro recoleto refugio estival en la sierra madrileña no dejábamos de pensar en que España no tiene remedio, y que ni siquiera en uno de sus lugares más hermoseados por la Naturaleza y por el hombre a porfía, en uno de sus rincones en que más brilla un espíritu ilustrado y cívico, deja de aflorar —¡y de qué manera!— la boina atávica, racial y consustancial. Incluso bajo la empolvada peluca de un Real Sitio de ensueño.


Oídos sordos académicos

Agosto 9, 2008

Hace más de dos años, publicamos en estas mismas páginas el contenido de algunas papeletas que, siguiendo el ejemplo de nuestro abuelo materno, el escritor y traductor Luis Hernández Alfonso, remitimos en su día a la Real Academia Española señalando la conveniencia, a nuestro juicio, de incorporar a su Diccionario algunas voces nuevas o nuevas acepciones de voces ya presentes en él.

No nos ha contestado la docta institución, faltaría más; pero al haber incorporado a la versión en Internet de su Diccionario las nuevas propuestas para su próxima edición, hemos querido comprobar si alguna de nuestra sugerencias de entonces había tenido un eco positivo en ella. Recordamos, pues, el contenido de aquellas nuestras primeras papeletas —a las que pronto les seguirá un manojo de nuevas: somos inasequibles al desaliento—, destacando después del texto de cada una el statu quo de la cuestión, que ya adelantamos que es para desanimar al más bragado.

APAGADO.- Como sustantivo (”El apagado del motor”). Por analogía con “encendido” y siguiendo el uso propio del español de utilizar participios pasivos como sustantivos que definen la acción y el efecto de la operación significada por el verbo (”túnel de lavado”). Lo encontramos con gran frecuencia en manuales técnicos originales en español, y su uso nos parece bastante extendido. Apaga y vámonos… No parece haber acogido la Academia nuestra sugerencia de incluir la voz «apagado» como «acción y efecto de apagar».

CANTERA en su sentido (muy utilizado en México) de “piedra” (”Un edificio de cantera verde”). Se trata, en el fondo, de un tropo. En traducciones de folletos turísticos originales de México nos hemos topado muchas veces con este uso, que suponemos generalizado en aquel país y quizá en otros de la misma área.Tampoco ha acogido el mexicanismo que proponíamos.

CIZALLAMIENTO. Muy extendido no sólo como “acción y efecto de cizallar” (que tampoco recoge el DRAE), sino también en la locución “peligro de cizallamiento” en la normativa española y europea de seguridad en el trabajo. Evidentemente, los señores académicos no corren ese peligro en su actividad (?) diaria (?).

CONURBAR. Verbo muy utilizado en México para definir la incorporación de un edificio a otro u otros. «Res de res», que dirían en Cataluña.

CORREDOR. A las acepciones ya recogidas, concretamente a la 5ª y a la 6ª, habría que añadir la de “soportal” de una plaza o calle, empleado desde luego en México y tal vez en otros países de Hispanoamérica. Deben de tenerla tomada con México, ¡coxones!.

ELEVAR. Echamos de menos, bajo esta voz, la acepción correspondiente a un uso muy extendido en ámbito burocrático: “elevar a público” un documento o acuerdo, “elevar a definitivo” el mismo, etc… No coincide, por supuesto, con la actual acepción 5ª que recoge el DRAE (”Dirigir un escrito o una petición a una autoridad”). Sigue sin incluirse este empleo peculiar del verbo.

LISTAR. La edición actual del DRAE remite a “alistar”, fundándose en que este último verbo es poco usado en el sentido de “sentar o escribir en lista”. En nuestras cortas luces, opinamos que sucede precisamente lo contrario: lo encontramos mucho más empleado, tanto en el lenguaje hablado como en el escrito, en esa acepción que el más correcto, sin duda alguna, “alistar”, que hallamos utilizado casi exclusivamente en su 2ª acepción de “sentar plaza en la milicia” (por cierto, esta definición está pidiendo a gritos una actualización; suena muy decimonónica). Con todo, especialmente en personas que ejercen funciones administrativas y de origen catalán, vemos frecuentemente empleado “listar” en la acepción de “imprimir un listado”, tanto refiriéndose a la persona que da la orden de impresión (”Ahora mismo te lo listo”) como a la propia impresora (”La impresora está ocupada porque está listando el balance”). Por cierto, tampoco LISTADO, vocablo tan utilizado desde hace muchos años, por lo menos en España, aparece recogido en el DRAE. La Academia —ella sabrá por qué— sigue sin acoger esa acepción de «listar»; sin modernizar lo de «sentar plaza en la milicia», que suena de allá por la época de las guerras carlistas, y sin incluir el sustantivo «listado». ¡Increíble, pero cierto!

PATIO DE LUCES. No está registrada esta locución, muy utilizada —y con un significado estrictamente técnico— en ámbito inmobiliario y legislativo, ni bajo PATIO ni bajo LUZ (bajo esta voz se registra en cambio, con oportuna remisión, “servidumbre de luces”, de ámbito precisamente afín). Erre que erre. Se incluye y explica «traje de luces», pero no «patio de luces». Átennos esa mosca (o mejor dicho, ese toro) por el rabo…

PRIVADO. En textos mexicanos encontramos muy utilizado este adjetivo en el sentido de “recoleto” (”Una playa muy privada”). Evidentemente no se trata de la actual acepción 3ª (”Que no es de propiedad pública o estatal, sino que pertenece a particulares”), ni tampoco, por más que a ella se avecine, de la 1ª (”Que se ejecuta a vista de pocos, familiar y domésticamente, sin formalidad ni ceremonia alguna”), toda vez que de un lugar “privado” en este sentido no puede decirse que se ejecute. De aquí nuestra propuesta de incluirlo como acepción autónoma. No se acoge nuestra propuesta.

PLANITUD. Como “cualidad de plano” lo emplean fuentes de la Administración española, y nos parece preferible a otras formas existentes como “planeidad”, “planidad” y “planicidad”. El DRAE no recoge ninguna de las cuatro. Planitud total.

REPOSTAJE. Lo encontramos muy utilizado y bien construido como “acción y efecto de repostar”. No lo incluye el DRAE. «Nasti de nasti».

En fin, como ven ustedes, para echarse a llorar. Pero lo dicho: mañana, más, pues en este tiempo hemos ido pergeñando una buena lista de propuestas para la Acamemia. En el fondo, cumplimos una misión cívica al intentar culturizar a nuestros asilvestrados e ignorantes académicos.


¿Golpe de calor?

Agosto 7, 2008

Íbamos anteayer por la mañana en un autobús con rumbo al centro de Madrid. En un Madrid mucho menos poblado que de costumbre, acaso iríamos seis o siete personas en él, a lo sumo. Iban delante de nosotros un matrimonio de mediana edad y un señor algo mayor que los acompañaba. Hablaban con acento que se nos antojó andino y en voz que, sin ser alta en demasía, resonaba más al ir el autobús prácticamente vacío. Pronto nos hicimos una composición de lugar: el señor de más edad, de la misma nacionalidad que sus acompañados, llevaba residiendo en Madrid varios años y hacía de guía a sus amigos, que por vez primera visitaban nuestra ciudad.

El aspecto y el vestuario de los tres personajes denotaban cierto nivel adquisitivo, lo que corroboraba su conversación, plagada de alusiones a negocios, a compras en tiendas caras como las que iban desfilando ante las ventanillas al pasar el autobús por la calle Serrano y, por parte del cicerone, llena de muestras de un conocimiento exhaustivo de la trayectoria política de todo el personal diplomático de la embajada de su país en España. De vez en cuando, el veterano interrumpía el hilo del diálogo para señalar a la pareja, al pasar, plazas como la de Colón o edificios como la Biblioteca Nacional (bueno: en realidad era el Museo Arqueológico que, como es sabido, ocupa la parte trasera del edificio, pero tampoco es cuestión de ir a por cotufas al golfo).

En esto llegamos a la Puerta de Alcalá, donde habíamos de descender. Al desocupar nuestro asiento y dirigirnos hacia la puerta, oímos de improviso al señor mayor las siguientes palabras, pronunciadas en el mismo tono culto y serio con que se había expresado durante todo el trayecto:

«Y ésta es la Puerta de Toledo, que construyó César cuando echó a los hijos de Hércules de España».

Sin dar crédito a lo que oíamos, nos giramos como accionados por un resorte, a la espera de que nuestros ojos captaran en el rostro del hablante una actitud jocosa que el mero sonido de sus palabras no parecía denunciar. Vana espera. El pretendido guía había pronunciado semejante sarta de dislates con la misma seriedad con que unos minutos antes hablara de unos negocios que le habían propuesto, y la pareja oyente la había acogido con la misma fe ciega que todo lo anterior.

Ya en tierra, no pudimos menos de preguntarnos sobre si lo que habíamos oído había sido el efecto de un golpe de calor sufrido por el improvisado guía. ¿O tal vez por nosotros? ¡Vaya a usted a saber!


De fabulaciones vividas

Junio 20, 2008

No es precisamente Javier Marías santo de nuestra devoción como novelista (¡en realidad pocos escritores vivos, españoles o extranjeros, pueden aspirar a altar con culto en nuestro particular templo literario y codearse allí con los suntuosos retablos que tenemos erigidos, amén de a Cervantes, a Pérez Galdós o a Balzac: el único que acude ahora a nuestra maltrecha memoria es, si acaso, el francés Eric-Emmanuel Schmitt…). Hace años, un buen amigo (¿qué es de ti, Dandy?) puso en nuestras manos dos o tal vez tres novelas de Marías y nos parecieron pretenciosas y pedantes, como si cada detalle o digresión estuvieran concebidos para pregonar a los cuatro vientos lo cultísimo que es y se cree su autor. Creemos que el escritor culto no debe, por supuesto, prescindir de su conocimiento, pero sí procurar que se le perdone, como la caridad a quien la practica.

Sin embargo, sí seguimos con interés sus semanales apariciones en el suplemento dominical de «El País», en las que se limita a decir lo que piensa de esto y de aquéllo —particularmente de males que afligen al «solar patrio»— y que obtienen casi siempre nuestra decidida adhesión por la lucidez y razón con la que, a nuestro juicio, arroja sus venablos.

Ayer aparecía en el mismo diario un reportaje de Jesús Ruiz Mantilla sobre la intervención de Marías en el ciclo Lecciones y maestros de Santillana del Mar. Y hablando de fabulaciones sobre lo real al hilo de una curiosa y terrible anécdota de su familia («La maldición del pordiosero»), dijo algunas cosas que consideramos absolutamente ciertas.

De la citada anécdota, vivida (o mejor dicho protagonizada, pues el pobre señor murió de ella) por un bisabuelo suyo, asegura que, en el mecanismo de transmisión generacional y familiar, «pasó a ser mucho más que una anécdota intrascendente. Por mucho que ocurriera en realidad fue sólo en aquel momento cuando mereció ser contada, esto es: cuando de pronto pareció ficción». Y añade: «Cuando uno cuenta o introduce la ficción en algo que ha ocurrido, la única forma de hacerlo aceptable y verosímil consiste en pasarlo por la imaginación, en ser capaz de contarlo como si en realidad no hubiera pasado».

«Contarlo como si en realidad no hubiera pasado»… En estos últimos meses, en nuestra pequeña esfera y humilde nivel, hemos empezado a relatar en estas páginas, junto con vivencias directas nuestras, algunas anécdotas o meros detalles de la vida familiar que sólo nos son conocidos por haberlos escuchado, en algunos casos, de labios de sus protagonistas o testigos, o bien por sucesivos receptores convertidos a su vez en transmisores. Mejor dicho deberíamos decir receptoras y transmisoras, y aquí viene al pelo otra verdad como un templo dicha por el famoso escritor acerca del papel de las mujeres, y siempre las mujeres, como «transmisoras de lo sucedido y lo inventado». Damos fe también de esta última afirmación: nuestra abuela materna y nuestra madre fueron verdaderos depósitos de memoria familiar, gracias a los cuales disponemos hoy de un pequeño pero tal vez jugoso acervo de vivencias fabuladas (y acaso de alguna que otra fábula vivida) que acaso nosotros también, si los dioses del Tiempo y del Ingenio nos sonríen propicios, traigamos a estos lares.

El artículo completo que nos ha servido de inspiración puede leerse aquí: Javier Marías, fabulación al poder.


La Biblioteca Digital del Botánico de Madrid

Junio 9, 2008

Quercus morisii

La traducción de un texto de botánica que nos ha sido recientemente encomendada ha vuelto a despertar nuestro interés por tan apasionante disciplina científica, vivo desde que hace unos veinte años desempeñamos funciones de coordinación y administración en una asociación profesional vinculada a la horticultura ornamental.

Y he aquí que al buscar información sobre algunos términos recurrentes en la descripción de especies y variedades nos hemos topado con una maravilla en la Red: la Biblioteca Digital del Real Jardín Botánico de Madrid, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en la que es posible acceder sin restricción alguna a casi un millón de páginas de unas mil quinientas publicaciones de interés botánico antiguas o de difícil localización y consulta. Se trata de una biblioteca que incorpora continuamente nuevos contenidos, a los que se puede acceder por autores o títulos, y que incluye también 164 publicaciones periódicas entre las más buscadas y prestigiosas en campo botánico.


Porfiar, pero no apostar

Junio 5, 2008

Partida de cartas

«Porfiar, pero no apostar». Así rezaba una de las reglas áureas que regían en nuestra familia. Con excepción de los sacrosantos Gordo y Niño de la lotería y, por parte de un tío abuelo, la quiniela semanal —por él jugada con abnegación y criterio científico durante decenas de años sin éxito, excepto la única vez que se le ocurrió darla a rellenar a dos de sus hermanas, ayunísimas de fútbol y que la rellenaron con criterios devoto-turísticos un tanto peculiares («Albacete-Zaragoza, ¡oh, la Pilarica!, pues un 2, seguro que gana», «Málaga-Deportivo de Huelva, ¡uf, dónde va a parar, con lo bonita que es Málaga!, un 1…») y que ganó así una modesta suma—; decíamos que, excepto en estos casos, en casa estaba proscrito jugar dinero ni nada que fuera más allá de unos guisantes o garbanzos secos que se sacaban de su saquito cada vez que se jugaba a la familiar tómbola, o, más modernamente ya, del dinero de pega del Monopoly.

Un verano, a principios de los años setenta y teniendo yo 11 o 12 años, pasé unos días de vacaciones, junto con mis padres y hermana, en un bonito hotel con piscina que acababa de inaugurarse cerca de Santa Cristina de Aro, en un paraje espléndido, de monte sembrado de pinos (andando el tiempo comprendería que habían sido más los pinos que tuvieron que talar para construir el hotel que los que quedaron vivos para deleite del visitante, acordándome con ello de la agudeza de un ilustre ingeniero agrónomo al que, también andando el tiempo, conocería en mi vida profesional, y que sentenciaba cada vez que veía el cartel de una urbanización: «¿El Encinar de los Reyes? No lo dude, señor Herrero: ¡Eso significa que se han cargado un encinar! ¿Que el Robledal de la Jara? ¡Pues han acabado con los robles… y con la jara!»).

En aquel hotel, cuyo nombre no recuerdo pero que sería fácil de identificar (aunque hoy seguramente esté rodeado de otras construcciones y no señero como en aquel entonces), nos encontrábamos tan bien que en muy contadas ocasiones bajábamos a Playa de Aro, y menos a la ídem de la turística población gerundense, excepto alguna tarde para cenar algo en los variopintos restaurantes que la jalonaban. Nos hicimos amigos del director y de su esposa, que con sus dos niñas hacía en el hotel la misma vida que cualquier huésped. Eran catalanes, o por lo menos lo era la mujer, que en catalán hablaba con sus hijas, y fue quizá la primera vez que oí hablar la hermosa lengua de Verdaguer y Maragall (y de la persona a la que más quiero).

Por las tardes, después del almuerzo en el acogedor comedor del establecimiento, mis padres solían subir con mi hermana a descansar un rato. Hasta hacía muy pocos años, un servidor también se había visto obligado, volens nolens, a participar en el sagrado rito familiar de la siesta (muy a su pesar entonces; hoy, que casi nunca puedo hacerla, no diría lo mismo), pero aquel verano, en consideración de mi edad, se me dio ya generosa licencia para no subir a la habitación, siempre y cuando no se me ocurriera bañarme (¡la sagrada digestión y sus tres larguísimas horas, otro dogma familiar!) ni, por supuesto, salir del hotel. Entretenía por lo tanto aquella hora u hora y media de ocio personal en los amplios y luminosos salones del hotel, jugando con una baraja al único solitario que sabía y que sé, el archifamoso de Napoleón, que me había enseñado, junto con la brisca y algún juego más, una tía abuela por parte materna, la tía Filomena, único miembro conocido de nuestra estirpe aficionado a la baraja.

Una tarde, mientras estaba enfrascado en resolver el aparente punto muerto al que había llegado en mi solitario, se me acercó una señora anciana pequeñita, muy bien vestida y de aspecto adorable, con la que nos habíamos cruzado y saludado alguna vez al entrar o salir del comedor. Era cubana (de las que abandonaron la isla cuando lo de Fidel, me dije unos años después), y con su cautivador ceceo me preguntó si me gustaba jugar a las cartas. Respondí que sí, y preguntado sobre cuál era mi juego preferido, repuse que la brisca. Propúsome entonces que jugáramos y que, para hacer el juego más emocionante, apostáramos una peseta en cada mano. Mis padres me daban algo de calderilla para mis pequeños gastos vacacionales, por lo que acepté encantado, imagino que sobre todo por verme tratado por una persona mayor, que habría podido ser mi abuela, en un plano de paridad, como un adulto, vamos.

Tras unas cuantas manos, la anciana señora se despidió para ir a descansar y me preguntó si al día siguiente querría seguir jugando. Naturalmente, le conteste que sí. Y así seguimos varios días, en un rincón del salón, jugándonos ella y yo nuestros duritos a la brisca con alterna fortuna. Por supuesto, me abstuve de comentar nada a mis padres sobre cómo pasaba parte del pomeriggio en ocupación que barruntaba considerarían non sancta.

Pero una tarde aciaga, ya fuera porque la dulce abuelita antillana, enfrascada en el juego, se retrasara en subir a su habitación, ya fuera porque mis padres y hermana bajaran antes de lo acostumbrado de las suyas, ante los ojos horrorizados de mis progenitores se desplegó la imagen de su hijo con las cartas en la mano y un montoncito de pesetas (sólo debieron de faltar un puro y un whisky para completar tan truculenta escena), entregado al juego con una desconocida, feliz y ajeno a todo lo que le rodeaba.

Ni que decir tiene que mi madre, que, frente a mi padre, algo más contemporizador, siempre tomaba la iniciativa en operaciones punitivas, en pocos segundos que se me hicieron siglos acabó con la «timba» (así la definió armando el consabido escándalo) que la señora y yo «nos habíamos montado», afeándole a ella su conducta y dándome a mí, a parte de un sermón cuyas desagradables sesiones se prolongarían durante varios días, dos o tres bofetadas especialidad de la casa («cruzar la cara», era la plástica y acertada expresión): vamos, para entendernos, de las que te seguían escociendo durante horas.

Huelga decir que ahí, en tierras catalanas y a principios de los años setenta, acabó para mí para in æternum cualquier tentación de jugar o apostar dinero, con la única excepción de mil pesetas que jugué con un amigo en un bingo hace ya casi veinte años. La lección no por severa estuvo menos acertada, o por lo menos eso creo. Pero guardo, eso sí, un recuerdo especial de aquella abuelita cubana, tal vez el primer adulto que me trató como tal.


Elogio fúnebre de la medianoche teatral

Mayo 28, 2008

De los teatros madrileños han ido desapareciendo, con el paso de los años y al albur de nuevas modas teatrales, los telones, algunos magníficos, como los del María Guerrero o el Español; no se estilan ya, como los jazmines en el ojal de la bonita canción de Chabuca Granda, y sólo cabe esperar que sigan allí, enrollados en lo alto de la caja escénica, a la espera de mejores tiempos y más sabios directores.

Cayeron también los elegantes estrenos de alta comedia, generalmente inglesa o estadounidense, en coliseos como el Infanta Isabel, con sus lindos obsequios de flores o perfumes a las señoras. ¡Cuántas veces, apenas adolescentes, tuvimos el honor de acompañar a nuestra abuela a esas auténticas fiestas del teatro!

Pero había un tercer elemento que era un clásico en los ambigús de todo teatro madrileño: las exquisitas mediasnoches con su lonchita de jamón de York o de queso, ideales para entretener el estómago en el entreacto, acompañadas de una cerveza o de una copa de vino. Al rito de la visita al ambigú nos hemos mantenido fieles a lo largo de toda nuestra dilatada carrera de espectadores teatrales, anotando con pena la progresiva e irremediable desaparición de tan modesta y apetitosa pieza de bollería de las barras atinadamente puestas por Baco en dominios de Talía y Melpómene.

Un refugio nos quedaba para cumplir nuestro rito de la medianoche: el Teatro de la Zarzuela, cuyo lujoso pero acogedor foyer nos ha visto cumplirlo estrictamente a lo largo de más de tres decenios.

Mas la otra tarde, en el intermedio de La leyenda del beso, tras subir las escaleras que desde el patio de butacas llevan al foyer pregustando ya el gustoso bocado, una amarga sorpresa nos esperaba en la barra: unas prosaicas chapatitas advenedizas habían tomado el lugar de las viejas y entrañables mediasnoches teatrales que triunfaron por derecho propio en ese Madrid teatral que, como los demás madriles, se nos va enterito, a chorros, día tras día.